ARTÍCULOS

 

 

 

 

 

EVOCACIÓN A LOS QUE YACEN EN LA MINA DE CAMUÑAS

 

Ayer, no sé por qué, iba yo recordando mis años de juventud, llenos de desolación y guerra, y eran tantos los recuerdos que se agolpaban, que no tuve más remedio que sacudirme de ellos de la forma que muchos normales hacemos para borrar de nuestra mente figuras y espectros que, a veces, suelen acompañarnos.

La tarde era estupenda y en mi abstracción de los recuerdos, rodando y rodando, me encontré en la carretera de Andalucía. Había hecho sin darme cuenta unos ciento veinticinco kilómetros.

Paré y opté por meterme en un camino con el fin de bajar del coche, y respirar aire puro con olores de tomillo. Mirando a mi alrededor todo era bello. Con el fin de estirar un poco las piernas, me encaminé hacia un montículo. Del coche a la cima había como un kilómetro.

El aire de la tarde me acariciaba el rostro beneficiándome y, a pesar de que la temperatura era más bien baja, el camino me hacía sentir calor. Una vez en la cima, respiré hondo, descansé admirando el paisaje e intuitivamente metí la mano en un bolsillo, sacando un pitillo; lo encendí, aspiré con todas mis fuerzas, borrando de esta forma mi anterior recuerdo, con el placer del tabaco y las ansias de vivir.

El cansancio me hizo sentarme, y al resguardo del viento y con el sol de poniente, mis ojos se fueron cerrando. Sentía voces a mi lado, quise abrirlos y no pude, pero yo veía. Sentía y pude observar cómo legiones de esqueletos, todos vestidos de diferentes formas, se agrupaban a mi lado. Hicieron un corro grande alrededor de mi cuerpo y como si se tratara de un tribunal, se dispusieron a juzgar.

El esqueleto más alto de todos dijo: “Aquí tenemos un hombre culpable y responsable, no de nuestras muertes, pero sí del olvido en que estamos sumidos. Así que, señoras y señores, estos son momentos que debemos aprovechar al máximo, para que todas nuestras fuerzas se encaminen a aunar nuestras voluntades y tratar por todos los medios de que disponemos, de hacer llegar a la mente o subconsciente de este individuo, todo el desprecio que sentimos hacia el ser humano”.

Muchos de los que nos quitaron la vida -siguió diciendo este- ya están en la muerte, y los que aún quedan están errando por la tierra con su pecado. Para estos el perdón. ¿Estáis de acuerdo?”, dijo con voz profunda.

Una voz joven y dulce dijo: “Pero, ¿y los nuestros? Nuestros padres, hermanos, familiares. Yo sé que viven, han usado de nosotros para favorecerse, pero nunca se han acercado a nuestro osario a rezar siquiera una oración. Ya sabes Villarreal -dirigiéndosela voz joven hacia otros esqueletos-, que desde que caímos, hace ya unos cuarenta años, solo una docena de almas nos han visitado”. Se hizo un gran silencio.

Quizás y posiblemente el frío me hizo reaccionar y pude abrir los ojos, pero tuve la sensación de que muchas gentes se separaban de mi lado. Di un salto y poniéndome en pie, mi asombro me hizo enmudecer. Abajo en la loma, al lado contrario por donde subí, vi dos cruces y una lápida de piedra. Yo diría -aunque me tomen por loco- que vi desaparecer bajo esa tumba a esa legión de esqueletos, que momentos antes había tenido a mi lado.

Dejé pasar unos momentos y solo humo vi salir de aquella parte. Pasado mi desconcierto, me decidí a bajar. El silencio en aquellos parajes era solo roto por el viento.

Como buen cristiano, al llegar a la tumba y ver las cruces, me santigüé, recé unas oraciones y traté de fotografiar en mi retina todo aquello, pudiendo observar que la lápida tendría aproximadamente tres metros de largo por dos de ancho. Al norte, una cruz de madera roída por el tiempo y sujetada por un montón de piedras. Al sur, otra cruz de piedra está sujeta en la tierra y con una inscripción casi borrada en su totalidad. No obstante, pude leer Villarreal. Me quedé en suspenso; hacía pocos minutos que aquel nombre o apellido lo había sentido.

Absorto estaba en este panorama incomprendido por mí, y con mis pensamientos en lo que estaba ocurriendo, que no me di cuenta que hasta este sitio llegaba otra persona ajena a lo que yo estaba viviendo. La verdad es que tuvo que estar delante mí para darme cuenta.

Hombre de unos setenta años, señalando, me dijo vivir como a medio kilómetro, en la finca “La Cabezuela”. Me dijo haber nacido en Camuñas y haberse criado y vivido como gañán por aquellos contornos. Ahora era el guarda jurado de la finca.

Le ofrecí un cigarro, que aceptó y, echándose la gorra hacia adelante, me preguntó:

            -“¿Es que tiene usted alguien aquí?”

            -“No”, le respondí con simpatía.

-“Aquí murió mucha gente. De agosto hasta noviembre del año 1936, era raro el día que no traían un camión o dos. Los ponían al lado de la mina y los fusilaban. Unas veces con escopeta y otras con fusiles”.

Al hacer una pausa para dar una chupada del cigarro, le pregunté:

            -“¿Pero usted lo vio?”
           
El hombre clavó los ojos en mí y contestó:

-“Mire usted, aquí nací, a pocos kilómetros, y si Dios me concediera el morir en esta tierra, le estaría eternamente agradecido”.

Él se dio cuenta de que yo le observaba, que miraba sus manos encallecidas y su cuerpo agachado, posiblemente de tanto trabajar. Él no dio importancia a esta observación y siguió su relato.

“-Mire usted, la mayoría, al recibir los impactos, caían dentro de la mina y el que caía fuera, sin siquiera darles el tiro de gracia, le arrastraban y le dejaban caer. A pesar de los cuarenta o cincuenta metros de profundidad que tiene la mina, hubo quien no muriera al caer y noches hubo que, en el silencio, se oía gritar pidiendo auxilio. Pero cualquiera subía...”

Hizo una pausa y, pasándose la mano por la frente, como si de esta guisa pudiera sacar más frescos los recuerdos, dirigiéndose a mí, me dijo:
           
-“¿Lleva usted prisa?”

-“No”, le contesté.

Me gustaba oírle; su voz era quebradiza, pero en sus palabras se denotaba sinceridad. Pareciera como si este hombre se diera cuenta de lo interesante que aquello me resultaba y, sin dejarme apenas hablar, siguió su relato.

Había por aquellos días de verano, varias cuadrillas en la finca “La Cabezuela”, mujeres y hombres. Nadie quería acercarse a la mina o lugar de fusilamiento, unos por temor, otros porque no les gustaba ver aquellos crímenes, pero de entre todas las cuadrillas había una mujer que nos quería hacer la vida imposible. La decíamos, aunque a escondidas, “La Miliciana”. Pues bien, esta mala hembra se las arregló para que un buen día los milicianos encargados de los fusilamientos, nos obligaran a presenciarlos”.

El hombre, al contarme todo esto, parecía que lo estaba viviendo. Yo no quería cortarle.

En pleno verano, la descomposición de los cuerpos, qué le voy a contar, era insoportable el acercarse. Hubo días que tuvieron que echar gasolina y, desde arriba,  con bolas de esparto, arrojarlas para que se prendieran”.

Le corté en su conversación, ofreciéndole otro cigarrillo que él volvió a aceptar.

Mire usted, ahora, gracias a Dios, nos podemos permitir el lujo de ver la televisión, pero la verdad es que algunas veces cojo unas rabietas muy grandes, ya que parece ser que nos quieren lavar el cerebro, contándonos historias que yo no sé si habrán ocurrido, pero yo les emplazo a los que quieran, para que visiten esta tumba que jamás ha sido casi visitada y vean en este lugar un pequeño “Paracuellos”.

Lo que voy a contarle ahora, señor mío, es tan cierto, como que yo en estos momentos estoy con vida.

Fue el 4 de agosto, sí, me parece que fue esa fecha. Estábamos preparando las bestias para salir al campo, cuando un camión descubierto lleno de hombres, todos armados, paró en la puerta de la finca. Uno de ellos, adelantándose, dijo:

-“¡Vamos, todo el mundo a la mina! No preocuparos, que nadie de vosotros va a morir, pero sí queremos que presenciéis la muerte de unos cuantos fascistas”.

Nadie se atrevió a desobedecer y todos los que allí nos encontrábamos subimos por el camino, seguidos por el camión. Según íbamos subiendo hacia la mina, los pensamientos eran dispares, pues muchos de nosotros creíamos llegados los últimos momentos de nuestra existencia.

-“Ahí, poneos ahí”, dijo una voz desde el camión, cuando hubimos llegado al lugar. Mis ojos recorrieron rápidamente todo el contorno y al lado de la mina había como unas cuarenta personas, hombres, mujeres, y dos jóvenes que no llegarían a los veinte años. Apuntando con fusiles hacia el grupo, cinco milicianos. Al lado de ellos se encontraba la mala hembra, con una sonrisa irónica, viendo como –sumisos- habíamos tenido que obedecer.

Bajados todos aquellos que venían en el camión, procedieron a poner delante de la mina y en su borde a grupos de cinco personas, todas ellas atadas. Sonó una descarga y cerré los ojos, luego otra y otra, otra más... casi quedé sin sentido. De pie, sin caerme, perdí la cuenta de las descargas. Fueron segundos horribles. Noté un silencio sepulcral. Creí que todo había terminado y abrí los ojos. Del grupo solo quedaban los dos más jóvenes. Después de haber presenciado todo aquello, les obligaron a ponerse al borde de la mina. Iban a disparar y la voz de la joven se nos quedó grabada para siempre...

Ella, con una voz quebradiza y dirigiéndose a los milicianos, echándose las manos al pecho, descolgóse una cruz que llevaba y dirigiéndose hacia ellos, les dijo:

-“Por favor, ¿querrán quedarse con ella para que se la entreguen a mis familiares?

El que hacía de jefe de todos ellos, se acercó para recogerla, y fue entonces cuando la muchacha, aferrándose a su cuello, tiró de este hacia el interior de la mina. Solo un golpe seco se escuchó. En el desconcierto, el joven aprovechó, salió corriendo y jamás nunca supimos de él”.

Era tanta la emoción que sentía en el relato de aquellos hechos, que mi voz enmudecía al quererle decir que callara, que ya era bastante. Anochecía, tenía que volver al coche y decidí despedirme. Volví a ofrecerle otro pitillo y con la esperanza de volvernos a ver, le dije adiós.

Casi en sombras subía al monte y sombras me parecían la hojarasca, los tomillos, la gente que allí yacía. Llegado a la cima, oí la voz del viejo:

-“Oiga, señor, el joven que se escapó era mi hijo. Aquel día murieron siete personas de la familia de don Emiliano Encinas, sacerdote de Camuñas; uno de ellos fue quemado vivo”.

 ANÓNIMO.

Este artículo fue publicado en los años sesenta.

 

QUINCE MIL CAÍDOS SIN HISTORIA

 

No pretendemos con este reportaje remover viejas heridas ni resucitar odios quizá apagados. Nuestra única motivación ha sido la de hacer honor a unos miles de españoles caídos por su patria víctimas del terror marxista, y a quienes la historia no ha dado en sus páginas la cabida que merecen.

Antonio Montealegre, delegado de Fuerza Joven en Alcázar de San Juan, fue quien nos puso sobre la pista. Él nos proporcionó los informes realizados por expertos, así como los resultantes de sus estudios sobre el tema. Igualmente fue quien nos puso en contacto con las personas que nos podían dar información. Junto a él, todo fueron puertas abiertas. Pro eso queremos agradecerle su colaboración, sin la cual este reportaje quizá no hubiera visto nunca la luz.

 

Aproximadamente a la altura del kilómetro 131 de la carretera Madrid-Cádiz, y a unos dos de la misma en dirección oeste, dentro del término municipal de Camuñas, en la provincia de Toledo, se encuentra la mina conocida como “El Quijote”. Se halla situada en la finca “Las Cabezuelas”; por ello, muchas personas la conocen también por ese nombre.

En la ladera de una colina rodeada de viñedos está la mina, que se abriera tiempo atrás con la intención de buscar plomo, y cuyo cometido en el transcurso de nuestra guerra, fue muy distinto de aquel. A partir de los primeros días de la contienda, las milicias rojas comenzaron a utilizar la sima para arrojar en ella a todas aquellas personas que podían resultarle molestas, aunque no tuvieran significación política. El simple hecho de ir a misa podía ser un buen motivo para terminar en la fosa.

Allí eran arrojados hombres, mujeres (algunas, embarazadas), ancianos y niños. En algunas ocasiones se arrojaban los cadáveres de los asesinados por los milicianos; en otros casos, ni se tomaban la molestia de matarlos y les echaban vivos.

Como antes decíamos, los historiadores se han ocupado poco del tema, aunque algunos lo tocasen de pasada, como en el caso de Hugh Thomas, en su libro “La guerra civil española”, uno de cuyos párrafos dice:

“… En Alcázar de San Juan, a un joven que se distinguía por su piedad le arrancaron los ojos. En la provincia de Ciudad Real, los crímenes fueron realmente atroces. A la madre de dos jesuitas le obligaron a tragarse un crucifijo. Ochocientas personas fueron arrojadas al pozo de una mina. A menudo, el momento de la muerte era acogido con aplausos, como si se tratara del momento de una corrida. Luego venían los gritos de “Libertad”, “Muera el fascismo”. Más de un sacerdote se volvió loco ante estas atrocidades”.

Hugh Tomas se refiere en estas líneas a una de las partidas de personas que allí eran arrojadas. Lo que puede dar una idea de las que, durante el transcurso de toda la guerra, pudieron correr la misma suerte. De los informes realizados y de los testimonios obtenidos de personas que lo vivieron, hemos podido calcular un número aproximado de 15.000, ya que no solo eran arrojados a la mina los habitantes de los alrededores, sino que pudimos comprobar eran traídos camiones de Sevilla, Córdoba y otras provincias andaluzas, así como de Madrid y provincia, más otras muchas zonas de España.

Poco antes de finalizar la guerra, al pozo se arrojaron tres camiones de cal viva, quedando los restos sepultados. Todos los documentos sobre el tema fueron destruidos.

El informe de 1962

En 1962 un grupo de expertos en minas, a las órdenes del ingeniero José Granados Moreno, bajó al interior de la sima por iniciativa del dueño de la finca, Antonio Rodríguez, cuyo padre se encuentra sepultado en ella. El objetivo era realizar un presupuesto de lo que costaría extraer los restos para un posible traslado al Valle de los Caídos.

Reproducimos a continuación, algunas de las partes del informe resultante de aquella exploración, lo que nos ayudará a hacernos una composición de lugar:

“Antes de iniciar el reconocimiento se procedió a medir la profundidad del pozo, aprovechando que habían sido separadas dos de las cuatro losas de granito que lo cubren (habían sido colocadas por los hijos de los caídos, para tapar la entrada del pozo) y habían abierto un boquete de unos 50 centímetros de diámetro en la bóveda que hay debajo de las losas.

La profundidad de este pozo, al cual llamaremos principal, es de 20 metros desde la boca a los escombros que cubren la calderilla. Sus medidas son 3,5 x 2,5 metros. A unos 18 metros del pozo principal existe otro, al que llamaremos auxiliar, el cual también se encontraba tapado por una bóveda, pero en la cual se había abierto un espacio de 2,5 x 2 metros.

Se procedió a medir su profundidad y nos dio una distancia de nueve metros desde la boca al fondo. Este pozo auxiliar se comunica con el principal por medio de una galería en rampa, que forma una línea quebrada”.

Más adelante decía el informe:

“Se ha podido comprobar que, bajo los escombros, el pozo principal continúa su profundidad, aunque no podemos asegurar cuántos metros podrá tener. Se abrió un roza de unos 0,60 metros de profundidad en la parte más baja de los escombros del pozo principal y se han hallado vestigios de cal, sin poder asegurar si ésta procede de la que arrojaron sobre los cadáveres o es procedente de las obras realizadas posteriormente, aunque por la cantidad observada, es de suponer que se trata de la que cubre los cadáveres”.

Tras el informe se incluía el presupuesto para la extracción de los restos, que ascendía a 33.033,55 pesetas. No hemos podido precisar los motivos por los que no se llevó entonces a cabo.

En la actualidad, el pozo principal sigue cubierto por las losas; no así el auxiliar, que se encuentra abierto. Una cruz de madera colocada por nuestros militantes y otra de piedra, que colocara la sobrina de uno de los caídos, completan, junto con los pozos, el escenario.

Hasta las piedras temblaban

A partir de este momento, quisimos conocer el testimonio vivo de los familiares de los asesinados, y nos desplazaos al pueblo de Herencia, donde tomamos contacto, en primer lugar, con Carmen Conde, militante de nuestro movimiento, quien nos contaría algunas de las crueles anécdotas que en aquellos días se produjeron:

“Un sacerdote, al que obligaron a ver cómo arrojaban a las personas al pozo, vomitó de horror. Cuando le arrojaron a él, se agarró a uno de los milicianos, llevándoselo consigo al fondo de la sima. A Concha Millana, “La Millanilla”, tras afeitarla y tenerla un tiempo de sirvienta, la arrojaron al pozo al grito de “Ahí os mandamos una cocinera”.

Poco después tuvimos la ocasión de hablar con Antonio Rodríguez, propietario de la finca “Las Cabezuelas”, y cuyo padre, como antes dijimos, se halla sepultado en la mina. Él nos contó que recuerda cómo allí eran llevadas gentes no solo de los alrededores, sino de toda España.

“Para que os hagáis unan idea de la profundidad del pozo, os contaré que de pequeño jugaba con mis hermanos a tirar piedras, y el sonido se perdía sin oírlas llegar al fondo. Para hacer sitio a nuevas víctimas, cuando el pozo se llenaba, lo rociaban con gasolina y lo prendían fuego. Ya en agosto del 36 recuerdo la primera hoguera, que duraría varios días. Apenas acabar la guerra, un peón caminero me contó que allí había miles de cadáveres cubiertos con cal”.

Antonio nos cuenta igualmente algunos de los hechos que acaecieron por aquel entonces.

“Alfredo González fue uno de los pocos que pudieron huir cuando le iban a tirar, pero luego fue denunciado por la mayorala de la casa “Los Machos”, donde se refugió, y le cogieron. Nadie puedo salvarle entonces y fue arrojado a la sima. En cambio, su hermano Manolo tuvo mejor suerte y, tras escapar, pudo esconderse sin que le encontraran. Todavía hoy vive. Recuerdo otro caso que fue muy comentado. Al sacerdote Antonio que se agarró a uno de los milicianos y se lo llevaba con él hacia el fondo, le cortaron las manos para que lo soltara”.

Continuando con nuestras indagaciones, nos acercamos al Ayuntamiento de Herencia, por si quedase algún documento o escrito de la época que pudiera resultarnos de utilidad. Allí nos encontramos con Emilio Osuna, quien nos contó que su padre también había sido arrojado a la mina tras tenerle cuarenta y ocho horas detenido.

“Puedo asegurar que solo de Herencia hay más de cincuenta personas sepultadas”.
Posteriormente nos encontramos con Enrique González, hermano de Alfredo y Manolo. Él nos dijo que había perdido a su padre y cuatro hermanos asesinados por los milicianos. Luego, nos contaría la fuga de su hermano Manolo, la cual vamos a relatar como la única pequeña historia que tendría un feliz final en medio de tantos horrores.

“A Manolo le llevaban junto a otro, un tal Jesús Rodríguez. Les habían dicho que les llevaban a Ciudad Real, pero cogieron el camino de la mina; entonces Manolo se dio cuenta del peligro y se situó en el borde del asiento, agarrando la manecilla de la puerta; al ir a desviarse, y aprovechando que el vehículo redujo la velocidad, se tiró afuera de cabeza y huyó corriendo; le tirotearon alcanzándole en una pierna y en la espalda, pero a pesar de ello, logró esconderse en el campo. Más tarde, y después de pasar varios días escondido, llegó a Herencia, donde permaneció oculto hasta el verano de 1937 en que, tras otras muchas vicisitudes, logró llegar a Madrid, donde permaneció conmigo hasta su incorporación a filas. Aparte de esto, solo puedo decirte una cosa: que en Herencia, cuando el sol se ponía, hasta las piedras temblaban de los horrores que en la mina se cometieron”.

Mercedes Rodríguez Montes es una mujer española ciento por ciento, y entusiasta incondicional de Blas Piñar. Ella nos contaría algunos de los casos de los que en aquellos días sucedieron. Con lágrimas en los ojos, recordaba la triste muerte de Aurelio Rodríguez, un carretero al que fueron a buscar a su casa y tirotearon en la cama. Su mujer, Úbeda Bolaños, se agarró a él, siendo también herida. A ambos les metieron en un camión y les llevaron a la mina, donde les arrojaron juntos; ella estaba todavía viva.

“Al cura Tapia le llevaron a la sima. Él bendijo a los que habían de ser sus verdugos. Después le arrojaron vivo. A Ismael Moreno, que no podía levantarse de la cama, le cosieron a balazos. Su mujer tuvo que apagar las ropas del lecho, que ardían de los tiros. A mi tío Vicente, que se subió al tejado porque le acosaban, le acribillaron a tiros y luego le echaron a la mina”.

Mercedes nos acompañó a casa de su amiga Encarnación Álvarez, señora de edad, que también vivió las atrocidades de la guerra. Allí encontramos a Aurelio Rodríguez, quien después nos proporcionaría la fotografía de los caídos en Herencia, y que reproducimos junto a estas líneas. Ellos nos relatarían otras historias de las que en aquellos días se produjeron.

“A Jesús Rodríguez y otro grupo les cogieron en sus casas; luego, les llevaron a una cueva que había en un monasterio y allí les torturaron hasta hartarse. Después les llevaron a la mina y allí les arrojaron, a unos muertos y a otros vivos. A Victoriano Rodríguez le emparedaron; a Emilio García le mataron en plena calle; a Moisés Beteta le asesinaron en el camino delante de unos niños, y como estas podríamos contarte cien historias, que no llegarían a dar ni siquiera una mínima idea de los horrores que aquí se cometieron”.

Del mismo modo que en Herencia, en el pueblo de Camuñas otras muchas personas se brindaron a recordar para nosotros, las matanzas de los milicianos. Sería imposible reproducirlas todas. Antonio Romero, delegado de Fuerza nueva, nos contó la historia de Emilio Martín, al que mataron en la carretera, y la de Roso Gallego, al que asesinaron en la calle, arrojando ambos cadáveres en la mina. Pero, como decimos, sería imposible por razones de tiempo y espacio relatar todos los casos que, como los citados, nos contaban las personas que los vivieron.

Lo que sí queremos hacer constar, como dato y prueba de primera magnitud, es el hallazgo de Antonio Oliva, que algún tiempo después de finalizada la guerra, encontró junto a los pozos de la mina, gran número de casquillos, así como un proyectil chafado pegado a un trozo de camisa azul.

Que no caiga en el olvido

Y hasta aquí la historia. Como afirmábamos anteriormente, más de 15.000 compatriotas que murieron con el nombre de Dios en los labios y el de España en el corazón, reposan en la mina “El Quijote”.

Nosotros hemos querido sacar su pequeña gran historia a la luz. Es hora, pues, de que los españoles de bien rindan a sus camaradas caídos el homenaje que se merecen, y que su sacrificio no permanezca en el olvido, sepultados entre viñedos y escoltados por una sencilla cruz de madera.

Desde estas líneas brindamos la idea que nosotros consideramos urgente de realizar, con los medios que sean, un monumento en el lugar, o bien que los restos sean extraídos de allí y trasladados al Valle de los Caídos.

         El estudio sobre los sucesos no termina aquí. Antonio Montealegre quiere continuar la investigación y nos ha pedido que desde estas páginas, hagamos una llamada a todos aquellos que quieran colaborar con él. Todas aquellas personas que sepan de familiares suyos que puedan encontrarse en este pozo, pueden ponerse en contacto con Antonio, escribiendo a Alcázar de San Juan, a la calle Miguel Barroso, 7. Igualmente, de existir un grupo de espeleólogos y biólogos que estuvieran dispuestos a bajar a la sima, deben contactar con Antonio en esa misma dirección.

Por nuestra parte, queda hecho todo lo que podíamos hacer, pero estamos seguros que este reportaje movilizará a los españoles de honor, que sienten respeto por los muertos y recuerdan con orgullo a sus caídos.

A la hora de poner fin a estas líneas, no se nos plantea ninguna duda de cómo deben terminar:

¡Caídos en la mina “El Quijote”, presentes!

 

JOSÉ MARÍA IGLESIAS
Publicado en la revista Fuerza Nueva,26.1.1980