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NUESTRAS TRECE ROSAS

PERSECUCIÓN Y MARTIRIO
DEL EPISCOPADO ESPAÑOL
1931-1939

Excmo. Sr. Eustaquio Nieto Martín
Excmo. Sr. Padre Salvio Huix Miralpeix
Excmo. Sr. D. Miguel Serra Sucarrats
Beato Florencio Asensio Barroso
Excmo. Sr. D. Manuel Basulto Jiménez
Excmo. Sr. Dr. D. Manuel Borrás Ferrer
Beato Manuel Medina Olmos
Beato Diego Ventaja Milán
Excmo. Sr. Dr. D.Manuel Irurita Almandoz

Beato Anselmo Polanco y Fontecha

 

 

Eustaquio NIETO MARTÍN
Obispo de Sigüenza (1866-1936)

Nació en Zamora el 12 de marzo de 1866. Una vez realizada la carrera eclesiástica, fue coadjutor de Santa Isabel, de Madrid, ecónomo de Santa María la Mayor, de Alcalá de Henares, y párroco de la Concepción, de Madrid. Consagrado obispo de Sigüenza el 28 de marzo de 1917. 

Durante la jornada del 18 de julio de 1936, Sigüenza se mantuvo durante una semana en una situación de perplejidad, en la que era igualmente posible incorporarse a la España sublevada o permanecer en el cuadro republicano. Las milicias rojas, ya consolidadas en Madrid, invadieron la provincia de Guadalajara, siendo ocupada la capital diocesana de Sigüenza en la mañana del 25 de julio.

 

La primera víctima de la represalia antirreligiosa fue el presidente de los Jóvenes de Acción Católica, José Mª Martínez, que cayó acribillado en el balcón de la Casa del Pueblo. Las patrullas de milicianos se dirigieron rápidamente a la residencia episcopal, sacando a empellones al obispo hasta la vecina plaza de la Fuente de Guadalajara, donde fue insultado y maltratado. Luego lo reintegraron a su residencia. Ante una tentativa de evasión a cargo de dos canónigos de la catedral, monseñor Nieto se negó en redondo, ya que quería seguir donde estaban sus ovejas.

Las horas transcurrían con continuos sobresaltos, que obligaron al obispo a trasladarse del palacio episcopal al Seminario y del Seminario al palacio. Mantuvo estrecho contacto con los padres claretianos, cuya comunidad corrió una suerte trágica, llegando a perder cinco de sus miembros. Convencido el señor obispo de las siniestras intenciones de los milicianos, se pudo ocultar en unas bóvedas del Seminario, acompañado del estudiante claretiano Conceso Ruiz. Un grupo de pistoleros forzaron al claretiano padre Porras para recorrer las dependencias del palacio y Seminario, llamando en voz alta al obispo haciéndole creer que lo buscaban para salvarlo.

Ante la voz implorante del padre Porras, obtuvo respuesta desde un rincón de la bóveda por parte de monseñor Nieto, presentándose a los milicianos junto con Conceso Ruiz. A partir de entonces ya no disimularon sus perversos propósitos, negándole incluso el agua que pidió el obispo. Lo subieron a un coche con dirección a Alcolea del Pinar, y en el kilómetro 4 en dirección a Estriégana, lo bajaron y allí mismo, dando vivas a España y a Cristo Rey, fue fusilado. Era el 27 de julio de 1936. Posteriormente fue sometido a varias cremaciones vejatorias y arrojado al fondo de un barranco.

El 5 de agosto de 1936, unos soldados del Ejército Nacional, que realizaban una incursión en el paraje, trasladaron los restos del obispo al cuartel de Alcolea del Pinar. Se reconoció el cadáver por el pectoral que se hallaba a su lado y por un ancho cinturón que usaba. Ante sus restos desfilaron las fuerzas de la guarnición, como homenaje póstumo, recibiendo sepultura en la ermita de San Roque, donde descansaron hasta su traslado definitivo a la reconstruida catedral de Sigüenza el 9 de octubre de 1946.

El primer obispo víctima de la persecución religiosa fue también el primero en recibir veneración a los diez días de su heroico sacrificio. 

 

Salvio HUIX MIRALPEIX
Obispo de Lérida (1877-1936).

Nació en la casa solariega de “Huix”, de la parroquia de Santa Margarita de Vellors (Gerona) el 21 de diciembre de 1877. Al cumplir los treinta años llamó a las puertas del oratorio de San Felipe Neri, de Vich, de donde más tarde sería el director de la casa. Dio impulso a las Congregaciones Marianas y desempeñó una cátedra en el Seminario diocesano.

En 1927 fue consagrado Obispo para la diócesis de Ibiza, donde promovió los ejercicios espirituales, la Acción Católica, el catecismo, los roperos benéficos y fundó un colegio de niñas de notoria utilidad pública. En 1935 llegó a Lérida para suceder al doctor Irurita en la silla diocesana.

 

El 18 de julio de 1936 era comandante militar de la plaza ilerdense el coronel de Infantería Rafael Sanz Gracia, favorable al alzamiento, declarando el estado de guerra el día 20, deteniendo a algunos oficiales que se oponían a la adopción de tal medida. Pero al fracasar el levantamiento en Barcelona, el teniente coronel Martínez Vallespí, que era uno de los apresados, convenció al coronel para deponer su actitud, consiguiéndolo sin gran esfuerzo, ya que se entregó sin resistencia. Detenidos los sublevados, fueron conducidos a la cárcel, siendo fusilados a continuación.  La ciudad al quedar en manos de las turbas de la CNT, FAI y POUM, sufrió grandes desmanes, llegando a quemar la catedral por orden de Buenaventura Durruti.

El 21 de julio los milicianos comenzaron a violentar las puertas del palacio episcopal, viéndose forzado monseñor Huix a salir por el huerto para dirigirse a la casa de unos parientes de los porteros, distante unos diez minutos, los cuales se la habían ofrecido a custodiarlo aquella misma mañana.

Pero el 23 el obispo se percató que su presencia llenaba de desazón al dueño, el cual le dijo que valía más que se marchase por el peligro en que los ponía a todos. A las nueve y media de la noche se marchó. Cuando caminaba por la calle del Alcalde Costa, pasó junto a un control en el que patrullaban guardias civiles y obreros. Su fe en el orden y su confianza en la benemérita le decidieron entregarse en estos términos: “Soy el obispo de la diócesis y me entrego a la caballerosidad de ustedes”. Superado el primer asombro, los obreros propusieron su ejecución inmediata, pero los guardias les convencieron que sobre aquel “pez gordo” se tenía que consultar con la Generalidad. Así lo hicieron, llegando al poco un grupo de guardias de Asalto que se hicieron cargo del detenido, trasladándolo a la cárcel y lo alojaron en una sala de la planta baja donde había medio centenar de tradicionalistas de la ciudad, que acogieron al obispo con grandes muestras de simpatía. En la víspera de Santiago entró en la prisión el párroco de Benavent, Antonio Benedet Guardia, el cual pudo salvar el cacheo a la entrada sin que fuera descubierto un copón en el que llevaba Sagradas Formas.

En la fiesta del Patrón de España pudieron los presos recibir la Eucaristía. En la madrugada del 5 de agosto, festividad de Nuestra Señora de las Nieves, los presos confesaron con el obispo y recibieron la Comunión. A las cuatro y media de la madrugada los hicieron subir a un camión con el pretexto de llevarlos a Barcelona.

Salidos apenas del casco urbano, en el punto de la carretera más próximo al cementerio, les dio el alto un grupo armado con la orden de bajar inmediatamente a los detenidos para deshacerse de ellos en el recinto del camposanto. El obispo, por petición propia, fue el último ejecutado, tras haber dado la absolución a sus veintidós compañeros.

Beato Cruz LAPLANA Y LAGUNA
Obispo de Cuenca (1875-1936)

 

Nació en Plan (Huesca) el 3 de mayo de 1875. El apellido y la fortuna familiar de la casa Alonso de Plan, conocida estirpe del valle de Xistáu, en los Pirineos aragoneses, le sirvió a Cruz para recibir una esmerada educación. A la edad de once años escogió la carrera eclesiástica. Estuvo en el Seminario de Barbastro. Cursó tres años de Derecho canónico y uno de Teología en la Universidad Pontificia de Zaragoza. Desde 1902 a 1912 ejerció la docencia en el Seminario conciliar de Zaragoza. Fue ecónomo de Caspe y luego párroco de San Gil, en la capital metropolitana. La Santa Sede le nombró obispo de la diócesis de Cuenca, teniendo lugar la consagración episcopal en la basílica del Pilar el 26 de marzo de 1922. Hizo su entrada solemne en Cuenca el 8 de abril de 1922.

En el 18 de julio de 1936, la plaza de Cuenca se mantuvo republicana gracias al teniente coronel Francisco García de Ángela, manteniendo inicialmente el orden público, aunque algunos días después con la llegada de contingentes anarquistas mandados por Cipriano Mera, se produjeron asesinatos, incendios y toda clase de desmanes. En la tarde del 20 hizo explosión una bomba en la puerta del palacio episcopal. A partir del 28 de julio los acontecimientos se precipitan y el obispo es obligado a dejar su residencia en compañía de su mayordomo Manuel Laplana y de su familiar Fernando Español, bajo custodia de milicianos, al Seminario convertido en cárcel.

El 7 de agosto, a medianoche se presentan un grupo de siniestros pistoleros, haciendo subir a un coche al obispo y a Fernando Español.  Monseñor Laplana dijo: «Si es preciso que yo muera por España, muero a gusto. Ya voy preparado y confesado».

El automóvil después de recorrer los cinco kilómetros que separaban a la ciudad del kilómetro 5 de la carretera de Villar de Olalla, pasado el puente de la Sierra, el cabecilla del piquete Emilio Sánchez Bermejo, les hizo bajar del vehículo. El obispo Laplana levantó la mano para bendecirles, pronunciando las siguientes palabras: «Yo os perdono y desde el cielo rogaré por vosotros».

Una bala le atravesó la palma de la mano, mientras les bendecía, y se le incrustó en la sien. Murió de sotana y con las insignias episcopales, ya que cuando lo detuvieron se negó en redondo a vestirse de paisano. Simultáneamente caía acribillado su sobrino y secretario, Fernando Español. Fueron sepultados al día siguiente en una fosa común del cementerio de Cuenca.

En la exhumación, que tuvo lugar el 16 de octubre de 1940, se dio a conocer las brutalidades cometidas con el cadáver del obispo después del fusilamiento: «La tapa de los sesos, que le había sido saltada violentamente, estaba colocada junto al hombro derecho; las dos piernas le habían sido rotas a golpes por encima de las rodillas; una parte de sus piernas fueron quemadas y sus ropas habían sido presa del fuego; dentro del ataúd se encontró un anillo pastoral y un paño rojo, con el cual debieron cubrir el cadáver».

Miguel SERRA SUCARRATS
Obispo de Segorbe (1868-1936)
Nació en Olot (Gerona) el 11 de enero de 1868. Estudió en el Seminario de Gerona. Doctor en  Sagrada Teología y licenciado en Derecho Civil. Fue canónigo de Tarragona, profesor de Derecho Romano y Civil y vicario general. Preconizado obispo de Canarias el 14 de diciembre de 1922, fue consagrado en Olot el 7 de octubre de 1923. Llegó de Canarias para posesionarse de la diócesis de Segorbe el 25 de junio de 1936. Hizo su entrada en la diócesis el 28 de junio de 1936 en forma privada y sin solemnidad, ya que las autoridades, lejos de asociarse al acto, no hicieron sino crear impedimentos y provocar conflictos.
 

El Alzamiento no fue apreciable en Segorbe hasta el día 21, en que la izquierda se lanzó a la vía pública procediendo a incendiar los conventos e iglesias de franciscanos y carmelitas, dirigiéndose luego, con las mismas intenciones, a la residencia episcopal. Se dieron órdenes de evitar daños al inmueble bajo la condición de que el obispo lo desalojara. Monseñor Serra abandonó su casa en traje talar y sin ocultar ninguna de sus insignias episcopales. Fue a parar al domicilio de los canónigos Luis y Pedro Morro Fosas. Allí estuvo hasta el 27 de julio en que fue llevado a la cárcel donde también habían entrado el vicario general Blasco Palomar; su hermano el canónigo Carlos Serra; los padres franciscanos José Sancho Sanchís y Camilo Tomás Domínguez; los legos Ferrando Savall, Balaguer Juan y Sauch Brusca.

En la madrugada del 8 al 9 de agosto de 1936 fueron conducidos a Vall de Uxó (Castellón) y en la carretera de Algar a unos cuatro kilómetros del cementerio y seis del pueblo, fueron fusilados los arriba mencionados, a excepción de los padres Camilo Tomás Domínguez y José Sancho Sanchís, que fueron asesinados en fecha y sitio distintos que sus compañeros; el día 11 y en la carretera que conduce de Sagunto a Canet de Berenguer, en el cauce del río Palancia, muy próximo al mar.

Las últimas palabras del obispo, dirigidas a los que le estaban apuntando, fueron estas: “Vosotros podréis matarme; pero no podréis impedir que yo os bendiga”.

Beato Florentino ASENSIO Y BARROSO
Obispo de Barbastro (1877-1936)

 

Nació en Villasexmir (Valladolid) el 16 de octubre de 1877, en el valle del río Hornija. En junio de 1901 recibió el orden del presbiterado, ejerciendo durante año y medio en Villaverde, siendo trasladado posteriormente a Valladolid donde el arzobispo Cos le fue confiando sucesivamente su secretaría particular, la mayordomía de palacio y la cátedra de Metafísica en el Seminario. Durante quince años fue confesor del Seminario.

El 12 de octubre de 1935, monseñor Tedeschini, nuncio apostólico en España, hizo saber a don Florentino que la Santa Sede lo proponía a la dignidad episcopal con sede en Barbastro (Huesca). Se evitó toda publicidad en la toma de posesión del 14 de marzo de 1936, pues el Cabildo de Barbastro creía contraproducente su nombramiento. Un grupo de fieles adictos acudió a recibirle. Su programa pastoral, que apenas pudo esbozar, se centraba en la predicación sagrada y la catequesis. Barbastro fue una de las plazas en que más rápidamente actuaron las fuerzas del Frente Popular.

 

El 19 de julio, el comité le hizo saber que quedaba detenido en la propia residencia episcopal. Así hasta el día 23 en que le fue ordenado trasladarse al colegio de los PP. Escolapios, donde fue encarcelado junto con su capellán Manuel Laplana y su mayordomo Marcelino Abajo. Se produjo un choque violento entre los cabecillas del comité de Barbastro y las milicias rojas llegadas de Barcelona. Estas últimas recorrieron la ciudad sometiendo a su pillaje cuantos objetos valiosos hallaban a su paso. El comité, desbordado, quiso dar un escarmiento para intentar recobrar la autoridad, ordenando el fusilamiento de tres milicianos catalanes, lo que provocó un viaje a Barbastro del anarquista Buenaventura Durruti, el cual recriminó violentamente a los responsables del comité, pero rápidamente cambió el blanco de sus diatribas, urgiendo a voz en grito desde el balcón del Ayuntamiento la supresión de personas “peligrosas”, citando al obispo Asensio. Se constituyó un tribunal de investigación, sometiendo a interrogatorio a monseñor Asensio, preguntándole si había celebrado antes del 18 de julio reuniones de carácter político. La respuesta fue negativa. 

La noche del 8 de agosto de 1936 fue citado a comparecer ante el tribunal popular instalado en el Ayuntamiento. Presagiando lo peor, se acercó al prior de los benedictinos y le dijo: “Por lo que pudiera ocurrir, deme la absolución”.

Fue encerrado en la cárcel y a la una de la madrugada habló a los religiosos y demás personas que allí había. “Hijos míos –les dijo-, voy a daros mi última bendición, y después, como nuestro Maestro Jesús, celebraré mi última cena con vosotros”. Algunos se echaron a llorar, y añadió el prelado: “No, no lloréis, porque esta noche es muy grata para mí. Elevemos nuestras plegarias al Todopoderoso para que salve a España de nuestros enemigos”.

A las tres de la mañana fue sacado violentamente de la cárcel y fusilado en el kilómetro 3 de la carretera de Sariñena. Era el 9 de agosto de 1936.

Manuel BASULTO JIMÉNEZ
Obispo de Jaén (1869-1936)

Nació en Adanero (Ávila) el 17 de mayo de 1869. Realizó sus estudios eclesiásticos en la capital de la diócesis, pasando después a Valladolid, donde obtuvo con brillantez la licenciatura en Derecho. Como sacerdote regentó dos canonjías: la magistral de León y la lectoral de Madrid. El 16 de enero de 1910  fue consagrado obispo en la iglesia de los Paúles de Madrid. Su primer campo pastoral fue la diócesis de Lugo, en donde permaneció durante diez años. En junio de 1920 fue a Jaén, punto de partida de su pontificado. En su escudo rezaba el lema: “Quien a Dios tiene, nada le falta”.

 

El 18 de julio de 1936 estaban concentradas en la capital las fuerzas de la Guardia Civil de toda la provincia, al mando del teniente coronel Pablo Iglesias Martínez, el cual no hizo ninguna tentativa para alzarse, lo que facilitó el triunfo del Frente Popular, cuyos elementos más exaltados se lanzaron a la calle dispuestos a barrer los focos facciosos. Primero se dirigieron al palacio episcopal, reclamando a voces las armas que suponían existir en el interior. Cuando estaban intentando descerrajar las puertas a culatazos, el obispo se las abrió de par en par, comprobando las turbas que allí no había armas, pero prometieron volver. 

En la mañana del 11 agosto le fue pasada al obispo una confidencia, haciéndole saber que su nombre y el de sus familiares figuraban en lista para aquella noche en el segundo tren que iba a salir con el mismo destino. Fueron unas trescientas personas las que fueron materialmente prensadas dentro del tren.

El jefe de estación de Santa Catalina, inmediata a la de Atocha, Luis López Muñoz, testigo presencial, hizo la siguiente declaración una vez finalizada la contienda: 

«Cuando hacia las doce del día 12 de agosto llegó el tren a la estación de Santa Catalina, grandes grupos de mozalbetes armados lo esperaban y comenzaban a dar gritos de alegría, pidiendo que se les entregaran los prisioneros. Entonces se presentaron dos camiones de guardias civiles y de Asalto, que intentaron conducir el tren hasta Alcalá de Henares; pero el populacho se opuso. Se llamó por teléfono al ministerio de la Gobernación y a la Dirección de la Guardia Civil consultando el caso; como las órdenes no eran muy concretas, se puso al aparato un individuo llamado Arellano, que, según parece, era el jefe de los libertarios, y tuteando al ministro de la Gobernación, Casares Quiroga, le dijo que, si no les entregaban los prisioneros, matarían a los guardias. Contestación del ministro:”Si es la voluntad del pueblo, que se los entreguen”.

Los guardias se retiraron, dejando el tren abandonado y en poder de los revoltosos, que le hicieron andar por la vía de Vallecas. Antes de llegar a este pueblo, en un sitio llamado Caseta del Tío Raimundo, detuvieron el tren, siendo aproximadamente las tres de la tarde. Allí fueron haciendo bajar a los prisioneros y los fusilaron en tandas. El que mató al señor obispo declara que lo hizo disparando una escopeta cargada de plomo a una distancia de metro y medio».

Dos de los supervivientes, Jacobo Navarro y Leocadio Moreno, dijeron que el obispo cayó de rodillas, exclamando: 

«Perdona, Señor, mis pecados y perdona también a mis asesinos».

Manuel BORRÁS FERRÉ
Obispo auxiliar de Tarragona (1880-1936)

Nació en la Canonja (Tarragona) el 9 de septiembre de 1880. A los veintitrés años recibió el presbiterado y poco tiempo después fue notario de la curia eclesiástica y del tribunal metropolitano de Tarragona. Desde 1905 fue subdirector diocesano del Apostolado de la Oración y en 1910 se le nombró confesor del Seminario Pontificio, y cuatro años más tarde, al posesionarse de la diócesis de Solsona el doctor Vidal y Barraquer, nombra a Borrás secretario de cámara y gobierno y poco después vicario general.

El 2 de julio de 1934, el cardenal José Vidal y Barraquer le confería la consagración episcopal a su gran colaborador, primero en la sede de Solsona y luego en la tarraconense, y la Santa Sede le asignó la diócesis titular de Bísica. Hombre muy piadoso dejaba por doquier un halo de espiritualidad. Puso en marcha en Tarragona la Adoración Nocturna y la obra de Ejercicios Parroquiales y la Acción Católica tuvieron gran apoyo en el obispo auxiliar de Tarragona.

 

Los días 19 y 20 de julio de 1936 los jefes y oficiales de la escasa guarnición, que se hallaban comprometidos con el alzamiento, esperaron a ver como se desarrollaban los acontecimientos en Barcelona. Tras el fracaso del general Goded en la Ciudad Condal, el teniente coronel de Infantería Ángel Martínez-Peñalver Ferrer, procuró mantener el orden y abortar cualquier intento de levantamiento, con lo cual la ciudad, dominada por el Frente Popular, recobró aparentemente la tranquilidad, que duró poco, pues días después, siguió una ola de crímenes, incendios, profanaciones de iglesias y asesinatos de sacerdotes, militares no adictos y civiles de derecha.

A las once de la noche del día 21, entraron en el palacio unos agentes del comisario de la Generalidad con orden de conducir al cardenal y al obispo al punto que ellos eligieran, con tal que no fuese en Tarragona capital. El cardenal aceptó decidiendo como destino el monasterio de Poblet. A los dos prelados se les acondicionó en la residencia del presidente del Patronato de Poblet.

El 23 por la tardeun coche con matrícula de Barcelona paró a la puerta del Patronato. Sus ocupantes reclamaron al cardenal Vidal y Barraquer. Con su secretario Juan Villadich partió el coche de los patrulleros. El vecino de Poblet, Guitert, telefoneó al Gobierno de la Generalidad para prevenirles del desaguisado cometido con su eminencia. Barcelona tomó medidas urgentes confiando al diputado Soler y Pla, con un policía a su servicio, la recuperación del cardenal y del obispo auxiliar. Antes de llegar a Montblanch, el coche de los patrulleros se cruzó con el del diputado.

Cumpliendo con la consigna del Gobierno catalán, salvaron al cardenal y a su acompañante, aunque aún tuvieron que luchar con los comités de Vimbodí y Montblanch, ya que no querían dejarse arrebatar esa importante presa. Monseñor Borrás, desde su despedida del cardenal sufrió una odisea. Se acordó en el Patronato de Poblet buscarle un escondrijo más seguro, habilitándole en un molino de la Casa Girona. El que hasta entonces había sido valedor del prelado, el señor Todá, llamó el día 24 de madrugada al jefe del comité de Espluga para informarle de la presencia del obispo en su casa. El coche de milicianos llegó a los pocos minutos, trasladando al obispo desde Poblet a Montblanch, recluyéndolo en una celda de la cárcel de este último pueblo.

Curiosamente el día 24 de julio la cárcel de Montblanch abrió una celda por la mañana para el cardenal y para Villadrich y otra por la tarde para el obispo auxiliar. Pero a la madrugada siguiente los emisarios de la Generalidad sacaron a Vidal y Barraquer, pidiendo éste que le permitiesen llevar consigo a su gran colaborador monseñor Borrás, pero no lo consintieron. El cardenal, una vez en Barcelona marchó a Italia merced a una intervención de la Santa Sede. Intentaron varias veces llevarse a Tarragona al obispo Borrás para deshacerse de él.

Al final, el 12 de agosto de 1936 bajo el pretexto de tener que declarar ante un tribunal de Tarragona, hicieron subir al obispo auxiliar en la caja de un camión, partiendo en dirección a Valls. Tras avanzar tres kilómetros y medio se detuvieron antes del Coll de Lilla. Le obligaron bajar a tierra y un par de descargas de fusil acabó con su vida. Recogieron entre todos un montón de leña seca, colocaron sobre él el cadáver boca abajo y le prendieron fuego.

Beato Narciso de ESTÉNAGA Y ECHEVARRÍA
Obispo de Ciudad Real (1882-1936)
Nació en Logroño el 29 de octubre de 1882. Huérfano de padre y madre, quedó en manos de personas caritativas que lo llevaron primero a Vitoria y luego a un colegio para huérfanos en Toledo. El director de dicho colegio le consiguió una beca en el Seminario de Vitoria, donde inició poco después los estudios eclesiásticos. Cursó la segunda parte de su carrera en Toledo, donde consiguió con brillantez el grado de doctor. Estudió Derecho acreditándose como notable abogado. Hombre de estudio y de pluma, con predilección por los temas históricos y los relacionados con el arte. Fue ordenado sacerdote en 1907.
 

Tras quince años de ministerio sacerdotal fue nombrado para el obispado de Ciudad Real en diciembre de 1922 cuando contaba con cuarenta años de edad. Consagrado en Madrid el 22 de julio de 1923, a las tres semanas hacía su entrada en Ciudad Real. Intervino en el Congreso Catequístico Nacional de Granada de 1929, del Ibero-Americano de Sevilla y del Eucarístico de Toledo. Era correspondiente de las Reales Academias de la Historia y de la de Bellas Artes de San Fernando, académico de número y director de la Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo, cruzado caballero del hábito de Santiago y caballero de la Orden de la Corona, de Bélgica.

El 18 de julio de 1936, el Frente Popular se hizo con las riendas en Ciudad Real. El gobernador civil, Germán Vidal Barreiro, decidido militante en las filas de Casares Quiroga, permitió una situación equívoca, alternando las masacres más sanguinarias con otras medidas de cierta moderación. Hasta primeros de agosto en que permaneció la Guardia Civil en la capital, el obispo tuvo cierta confianza. Pero luego fueron trasladados a Madrid y el palacio quedó a merced de los comunistas.

El 13 de agosto fue obligado por la fuerza a abandonar su morada, juntamente con su fiel capellán, Julio Melgar, instalándose en casa de Saturnino Sánchez Izquierdo, quien, por cierto, había de pagar con la vida tan hidalga hospitalidad.

En la mañana del 22 de agosto se detuvieron frente a la casa dos automóviles, de los que bajaron unos milicianos que reclamaron con golpes e insultos, al obispo. No se hizo esperar monseñor Esténaga y su capellán, subiendo ambos al coche. Aquella misma tarde fueron encontrados sus cadáveres acribillados en las cercanías de Peralvillo del Monte, a orillas del Guadiana y a ocho kilómetros de Ciudad Real.

 

 

Beato Manuel MEDINA OLMOS
Obispo de Guadix (1869-1936)

Nació en Lanteira (Granada) y diócesis de Guadix, el 9 de agosto de 1869. Inició sus estudios eclesiásticos y tras recibir el sacerdocio a los veintidós años, obtuvo el doctorado en Sagrada Teología y las licenciaturas en Derecho y Filosofía y Letras. El puesto que más dedicación le exigió fue el rectorado del insigne Colegio del Sacromonte. Preconizado obispo auxiliar de Granada en diciembre de 1925, recibió la consagración episcopal el 26 de mayo de 1926. A los dos años, el 12 de octubre de 1928 fue nombrado obispo de Guadix-Baza, posesionándose de la diócesis el 30 de noviembre del mismo año.

La semana a partir del 20 de julio de 1936 fue de continuos sobresaltos. La Guardia Civil se alzó en las primeras horas de la sublevación, pero inmediatamente fue bloqueada en el cuartel. La víspera de Santiago, monseñor Medina recomendó a los que estaban con él en el colegio de la Divina Infantita situado al lado del palacio, que hiciesen confesión general, dando ejemplo él mismo. Le brindaron que se marchara a Lenteira, a lo que se negó por considerar que constituía una dejación de su diócesis en momentos de tanto peligro.

 

 

 

 

A las diez de la mañana del 27 de julio, dos cabos, dos carabineros, dos paisanos, el alcalde y su hijo, practican un registro, cacheando al obispo y obligándole con violencia a entregar todo lo valioso del palacio. Se le despojó de la birreta, del anillo pastoral y de la cruz pectoral. Junto a los sacerdotes Domingo Arce Manjón, Pérez López y Vargas Roda los hicieron entrar en un automóvil para ser conducidos a la estación del ferrocarril. Allí los subieron a un vagón de transporte para ganado, que iba a llevarlos a Almería. Inesperadamente liberaron al canónigo Vargas, y el resto una vez llegados a la ciudad almeriense los condujeron a la casa del vicario general, recibiéndolos Diego Ventaja Milán, obispo de Almería. En este domicilio se constituyó una pequeña comunidad eclesiástica compuesta por dos obispos y cuatro sacerdotes.

El 5 de agosto fueron detenidos, haciéndoles desfilar por las calles, aguantando, camino de la comisaría, toda clase de insultos e improperios. Fueron devueltos al domicilio, esta vez en automóvil.

El 12 de agosto volvieron a buscar a los dos obispos y a los cuatro sacerdotes, esta vez en calidad de detenidos, llevándolos al convento de las Adoratrices, habilitado como cárcel.

El 24 de agosto trasladan a los dos obispos a la sala sexta, repleta de presos políticos, obligándoles a vestir de seglar. A las once de la noche del 27 de agosto, junto a más de 40 sacerdotes y 50 paisanos, fueron instalados en varios camiones y conducidos al barco prisión Astoy Mendi. Al día siguiente fueron trasladados del Astoy Mendi al acorazado Jaime I. Posteriormente fueron devueltos al barco de procedencia, cursando el capitán una orden haciéndoles saber que todos los que fueren sacerdotes o profesores se tenían que inscribir en una lista para ser devueltos a la prisión de las Adoratrices. Con esa misma lista, el 30 de agosto un miliciano empezó a gritar los nombres. Amarradas las manos, en fila india los bajaron hasta el muelle. Subieron al camión a los dos obispos, seis sacerdotes y a otros seglares hasta constituir una expedición de unas 17 personas. Los llevaron por la carretera que va a Motril y Málaga y en el kilómetro 93 los bajaron y a pie los internaron por un barranco llamado de los “Chismes”, en jurisdicción municipal de Vícar, donde los asesinaron.

Luego los quemaron rociándoles previamente con gasolina, y, una vez consumidas las ropas y carne y calcinados los huesos los echaron a una fosa común. Estuvieron los restos calcinados insepultos unos días, hasta que piadosas manos de vecinos los enterraron. De esa vil forma murieron Diego Ventaja Milán, obispo de Almería y Manuel Medina Olmos, obispo de Guadix.

D. MANUEL MEDINA,
PASTOR CARITATIVO

por Monseñor Juan García-Santacruz y Ortiz

Don Manuel nació el 9 de agosto de 1869 en la villa de Lanteira, Cenete, una de las comarcas más típicas de la vertiente norte de la granadina Sierra Nevada. Hijo de modestos labradores, fue bautizado a los dos días de su nacimiento, recibiendo los nombres de Justo y Manuel.

En Lanteira creció; sus calles, plazas y campos sirvieron de escenario para sus juegos infantiles; la escuela del pueblo brindó el primer encuentro con las letras al pequeño Manuel, el templo parroquial alberga entre sus muros los fervores del niño, del adolescente, del joven, del adulto, habidos en largos ratos de intimidad con el Señor.

A los trece años obtuvo el grado de bachiller en el Instituto de Almería y, seguidamente, ingresó en los seminarios, Menor y Mayor, de San Torcuato, donde realizó ejemplarmente los estudios eclesiásticos y asimiló la formación ofrecida. Muy joven aún, a los veintidós años, recibió el sacramento del Orden Sacerdotal y el encargo de ejercer el ministerio pastoral en la parroquia del Sagrario, en Guadix.

Por los caminos de Dios

Unos meses después, y siendo ya doctor en Teología, ganó por concurso-oposición una canonjía en la famosa Abadía del Sacromonte en Granada, donde conoció al gran pedagogo D. Andrés Manjón, fundador de las Escuelas del Ave María. Y en Granada se desarrolló la etapa más larga de su vida.

El encuentro de D. Manuel con el P. Manjón fue tan importante que marcó profundamente su futuro; surgió entre ambos una gran amistad; descubrió Manjón en nuestro futuro obispo al excelente colaborador en quien confiar la subdirección de las Escuelas, junto a importantes tareas pastorales y actuaciones de categoría considerable, como la participación en el I Congreso Catequístico Nacional de Valladolid en 1913, o la visita a las Escuelas de Valencia, y otras muchas de semejante interés. Parecía que Manjón preparaba a D. Manuel para que, a su muerte ocurrida en 1923, le sucediera en la dirección de la prestigiosa institución por él fundada. Y así fue.
Supo simultanear la actividad con el estudio, acreditando su excepcional categoría intelectual con la obtención de grados en ciencias civiles, como la licenciatura en Derecho y en Filosofía y Letras. Pero los éxitos no alteraron su original sencillez y supo mantenerse en un equilibrio constante, fruto de una extraordinaria virtud. Ahí están las claves para entender la santidad del nuevo beato y unas lecciones muy importantes para el cristiano de hoy, que vive en un mundo en el que tanto se exaltan la competitividad, las apariencias y el afán de poder. Dios lo había dotado de una gran inteligencia y, desde pequeño, su voluntad se había curtido gracias a la educación, severa y afectuosa a la vez, de su cristiana familia.

Cuando, en 1926, fue nombrado obispo auxiliar de Granada tuvo que dedicarse a su nuevo ministerio sin abandonar las tareas que anteriormente le habían sido confiadas. Acertadamente resume todo este período Montero Vives con las siguientes palabras: “El itinerario rectilíneo que se revela a lo largo de estos cuarenta y un años al servicio del Ave María, nos muestra que D. Manuel Medina fue un amigo fiel, un sacerdote celoso de su ministerio, un canónigo ejemplar, un escrito fecundo, un pedagogo y catequista consumado, un obispo al servicio de los niños más p obres y un digno sucesor del santo y sabio pedagogo D. Andrés Manjón”.

La intensa labor realizada en la etapa granadina sirvió a D. Manuel de preparación para el último y más notable de sus ministerios. Por bula papal de Pío XI, fechada en Roma el 2 de octubre de 1929, era nombrado obispo de Guadix. El 3 de diciembre siguiente hizo su entrada en la diócesis con un lema bien significativo: “Restaurar todas las cosas en Cristo”. Y, a partir de entonces, desarrolló una intensa labor pastoral que no se agotaría hasta su muerte, ocho años después. No es posible condensar este apretado período en el reducido espacio de unos escasos folios; me limitaré a subrayar algunos de los aspectos más sobresalientes:

A) En primer lugar, destaca su dedicación al ministerio episcopal. Apenas había transcurrido un mes de su incorporación a la diócesis, cuando inició la visita pastoral en la catedral, siguiendo a lo largo de tres años y medio, el recorrido de toda la geografía diocesana por caminos difíciles e intrincadas veredas que le llevaron a los lugares más recónditos de esta accidentada zona. Y en cada visita, un apretado programa de predicación, reuniones, encuentros con los distintos grupos de personas, y confirmaciones, casi siempre masivas.

Pero esta dedicación, con ser tan absorbente, no impidió su atención a otras actividades. Baste recordar que, en este mismo tiempo, escribió diez importantes documentos sobre temas de actualidad, tan variados como la enseñanza del catecismo y la nueva Constitución Española; en 1929 asistió al I Congreso Nacional de Acción Católica celebrado en Madrid, igual que al III Congreso Catequístico Nacional de Zaragoza en 1930. Y todo ello sin abandonar las tareas ordinarias del gobierno de la diócesis.

B) Otra de sus actividades preferidas fue precisamente la catequesis. Además de su gran experiencia personal en el Ave María, D. Manuel, como obispo auxiliar, había tenido una importante intervención en el II Congreso Catequístico Nacional de Granada, en 1926, cuya organización estuvo a su cargo. Volcó este valioso bagaje en nuestra diócesis, dedicándole una especial atención, como lo prueban las tres cartas pastorales sobre el tema, la creación de una cátedra de Pedagogía Catequística en el Seminario, la organización de semanas catequísticas en Baza y en Guadix en octubre de 1933, y otras como las más de cuarenta memorias presentadas en el III Congreso Catequístico de Zaragoza, al que llevó también una considerable representación de personas de la diócesis.

C) Entre los puntos preferenciales de D. Manuel destaca el Seminario. Desde su llegada a Guadix como obispo, lo visitaba frecuentemente, se interesaba por su funcionamiento, intervenía en sus celebraciones y departía familiarmente con los alumnos. Cuando, al llegar la II República, se recortó la asignación estatal a la Iglesia, la matrícula de aspirantes al sacerdocio se redujo a la mitad, ante esta difícil situación D. Manuel hizo un esfuerzo enorme recurriendo a la oración y a la solidaridad de los cristianos para resolver este grave problema y mantener el Seminario abierto.

D) Esta misma solicitud sintió y expresó D. Manuel con los sacerdotes, a los que trató como verdadero padre, pero sin dejar de exigirles como correspondía a su condición de pastor. A este fin supo acercarse a ellos con exquisita discreción. Hay una relación escrita que pone de manifiesto el fruto de este esfuerzo: “Ha visitado y escuchado a todos, informándose personalmente de su vida, costumbres, personas con las que conviven y en especial, sobre la atención de cada uno de ellos a los avisos referidos a la vida sacerdotal. Como regla general, solo ha conocido sacerdotes observantes, y si hay algunos tibios o faltos de celo los ha corregido con severidad y caridad”. Esta preocupación se extendía también a los problemas materiales del clero, agravados por las circunstancias políticas del momento, buscando recursos para que los sacerdotes no sufrieran las consecuencias del recorte presupuestario y recibieran puntualmente su ayuda mensual.

E) Finalmente, quiero destacar otro aspecto muy característico de su personalidad. Me refiero al espíritu de pobreza, meritoriamente vivido, y a su constante preocupación por los problemas sociales. Los datos aquí serían muy numerosos y altamente expresivos. En el plano doctrinal, baste con citar su exhortación pastoral sobre “La nueva Constitución Española” (29-VI-1931) y otra sobre “El capital y el trabajo” (12-X-1931), donde recogiendo las enseñanzas de León XIII y Pío XI, expone las líneas maestras para resolver la cuestión social. Y en el terreno práctico, los testimonios son abundantísimos: desde su plan de vida en la residencia episcopal, marcado por la austeridad, hasta su especial sensibilidad por el mundo de los necesitados, que le llevó a entregar su pectoral y su anillo pastoral para que fuesen subastados en beneficio de la clase trabajadora.

Mártir de la fe

Las complicaciones sociales que surgieron en España, a partir del año 1936, tuvieron su repercusión natural en la vida de la diócesis, situada en una de las zonas más pobres de nuestra patria. La función pastoral del obispo se hacía cada día más difícil y compleja. Pero ello no impidió a D. Manuel que, en esta etapa turbulenta, realizara la visita ad limina en 1932, y ejerciera la misión de administrador apostólico de Almería (1934-1935) compaginando este nuevo cargo con su atención esmerada a la diócesis y a las Escuelas del Ave María.

El estallido de la contienda civil interrumpió bruscamente la intensa actividad pastoral de nuestro obispo. Y la muerte violenta, que él había presentido y anunciado en diversas ocasiones, puso fin a su vida como un signo evangélico de entrega a la Iglesia y una rúbrica de encendida fe.

No es preciso recordar los detalles de su calvario desde que, el día 27 de julio de 1936, fuera detenido en Guadix y quemado su cadáver, junto con D. Diego Ventaja, obispo de Almería, y un nutrido grupo de sacerdotes, religiosos y seglares, en el Barranco del Chisme, término de Vícar (Almería). Pero sí es importante recordar que D. Manuel había recibido varios ofrecimientos para salvarse de la muerte, y los rechazó enérgicamente alegando su condición de pastor, que no puede abandonar a sus ovejas en momentos de peligro. Hay que destacar, igualmente, que murió perdonando como prueba inequívoca de su fidelidad a Cristo.


El presente artículo apareció publicado en la obra NO TENGÁIS MIEDO: TESTIGOS ANTE EL TERCER MILENIO de Francisco Javier Rodríguez Gómez y Jorge López Teulón (Zamora 1996). Monseñor García- Santacruz es el actual Obispo de Guadix (Granada).

 

 

 

Beato Diego VENTAJA MILÁN
Obispo de Almería (1880-1936)
 

 

Nació en Ohanes, provincia de Almería y Diócesis de Granada, el 22 de julio de 1880. Su formación eclesiástica en el Sacromonte granadino culminó en la Universidad Gregoriana de Roma, donde obtuvo el doctorado en Filosofía y Teología. Vuelto a Granada se incorporó de nuevo al Sacromonte, primero como capellán y profesor y cuatro años más tarde, como canónigo por oposición. El 29 de junio de 1935 en la catedral de Granada fue consagrado para regir la diócesis de Almería. En la ceremonia estuvo don Manuel Medina Olmos, obispo de Guadix. El 16 de julio de 1935, monseñor Ventaja hizo su entrada como obispo de Almería. Tuvo un corto y difícil pontificado.

 

En 1936 había cuatro logias en Almería capital, con 273 masones y seis logias en pueblos de la provincia. Fueron los artífices directos e indirectos de la campaña antirreligiosa, que llenó de ataques a la Iglesia las columnas de la prensa izquierdista y los mítines callejeros de motivación electoral. Esa fue la atmósfera que tuvo que respirar el obispo de Almería en su primera etapa de gobierno eclesiástico. Fue casual la presencia del prelado el día del Alzamiento, ya que el día 15 de julio llegó a su residencia procedente de Granada, donde había resistido fuertes presiones para que se quedase allí en vista de la tensa situación reinante tras el asesinato de José Calvo Sotelo. Hizo oídos sordos, pues quería pasar entre sus fieles la fecha aniversario de su entrada en la diócesis. 

El día 22 de julio, hacia las nueve de la mañana sonaron fuertes golpes en la puerta trasera del inmueble episcopal, siendo derribada por una turba de milicianos armados, practicando un minucioso registro. Trasladaron al obispo al cuartelillo de Seguridad donde le hicieron proposiciones formales de fuga y le ofrecieron un coche a tal efecto. A la media hora volvió al palacio. Dos días después tuvo la ocasión de escapar en un destructor inglés anclado en el puerto de Almería que le ofrecieron dos súbditos británicos empleados en Fuerzas Motrices del Valle de Lecrín, pero monseñor Ventaja la rechazó con plena conciencia de lo que hacía. A las tres de la tarde del día 24 de julio de 1936 entraron en palacio tres individuos que obligaron a don Diego Ventaja a dejar su residencia porque iban a instalar en ella el Gobierno Civil, trasladándolo a un nuevo domicilio una vez recogidos algunos documentos importantes. 

Monseñor Ventaja tuvo conocimiento por el gobernador civil de Almería del traslado de don Manuel Medina Olmos, obispo de Guadix, a su domicilio, que era el del vicario general. Al poco paraba un coche a la puerta, y de él bajaron monseñor Medina y los sacerdotes Torcuato Pérez y Segundo Arce. En este domicilio de la plaza de Careaga quedó constituida una pequeña comunidad eclesiástica. A partir de aquí el triste destino del obispo Diego Ventaja Milán siguió la misma trayectoria que la de monseñor Manuel Medina Olmos, ya descrita en la biografía del obispo de Guadix.

     

D. DIEGO VENTAJA,
FORTALEZA EJEMPLAR

Por Monseñor Rosendo Álvarez Gastón

La beatificación de un obispo, por el testimonio patente de su vida y de su muerte, es un acontecimiento excepcional para la Iglesia en España y para toda la Iglesia católica. Ello nos invita a reflexionar, ya que constituye una llamada e invitación para pastores y fieles todos, en este momento en que toda la comunidad está empeñada en un esfuerzo de renovación, para impulsar una nueva evangelización y fortalecer la vida cristiana.

Nos lo recordó el Sínodo Extraordinario de 1985: “En circunstancias dificilísimas a lo largo de toda la historia de la Iglesia, los santos y santas fueron siempre fuente y origen de renovación” (II, A, 4). Para añadir: “Hoy necesitamos fuertemente pedir a Dios con asiduidad santos”. A los que hay, a los que ya tenemos, hemos de mostrarlos, darlos a conocer, para que el pueblo de Dios los contemple y admire, y sirvan de ejemplo con su testimonio.

Obispo santo

            En nuestro caso, Diego Ventaja Milán es obispo, es mártir, es profesor, pedagogo, educador y predicador, pero, ante todo, es santo. Los santos son testigos elocuentes de la acción sobrenatural de Dios en la vida del hombre. La santidad tiene su fundamento en la vocación bautismal, en la gracia santificante recibida, en la participación de la vida divina, en la vivencia de la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma y nuestra relación a través de las virtudes teologales, para ser en todo conformes con la imagen de Jesucristo, de acuerdo con la predestinación del Padre.

La santidad consiste en vivir unido a Dios, hacer su voluntad en todo, amándole sobre todas las cosas, con todo el corazón, y al prójimo como a uno mismo. Si queremos que haya en la Iglesia vocaciones consagradas, apóstoles comprometidos, matrimonios cristianos, jóvenes enamorados de la virginidad y el celibato por el reino de los cielos, este es el mensaje que hemos de transmitir en nuestra predicación, en nuestras catequesis y con nuestras propias vidas.

La universal vocación a la santidad en la Iglesia, que se manifiesta sin cesar en los frutos de gracia que produce en los fieles la acción del Espíritu Santo, es un don, una puerta abierta al gozo supremo y a felicidad incomparable, un camino de plena realización, que nos lleva a exclamar con San Pablo: “Bendito sea Dios y Padre de nuestro señor Jesucristo, que en Cristo nos bendijo con toda bendición espiritual en los cielos; por cuanto que en Él nos eligió antes de la constitución del mundo, para que fuésemos santos e inmaculados ante Él en caridad, y nos predestinó a la adopción de hijos suyos por Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad” (Ef. 1, 3-5).

Diego Ventaja Milán es un obispo santo. Apenas un año de ministerio episcopal en Almería. Nombrado obispo por el papa Pío XI el 4 de mayo de 1935. Consagrado en la catedral de Granada el 29 de junio por el arzobispo D. Agustín Parrado García, con la participación del obispo de Guadix-Baza, D. Manuel Medina Olmos –compañero de ministerio, de martirio y de beatificación- y el obispo de Tuy, D. Antonio García y García. El día 16 de julio hizo su entrada en la Santa y Apostólica Iglesia Catedral de Almería. Poco más de un año después, el 28 de agosto de 1936, tras cuarenta días de doloroso vía crucis vivido con ejemplar humildad y fortaleza, fue encontrado digno de la palma del martirio por la fe en Jesucristo, por fidelidad a su ministerio y por su condición de obispo.

Obispo y mártir

La fuerza de la fe, la energía del Evangelio, la presencia del Espíritu Santo y el ejemplo de Jesús, que ofreció el sacrificio de su vida por todos, han promovido y hecho posible esta fecundidad en la Iglesia.

Los obispos de Almería y Guadix y sus compañeros han sido mártires por el motivo más esencial, antiguo y permanente: por la profesión de fe, por la fidelidad a Jesucristo, por el cumplimiento de la vocación cristiana y de la misión encomendada, animados por la esperanza de la salvación y de la vida eterna, movidos por la caridad, el amor a Dios y a los hermanos hasta entregar la propia vida.

Nuestros mártires han ejercitado la paciencia en las tribulaciones, el perdón ante los insultos, la humildad hasta el extremo de las más grandes humillaciones, el dolor moral de los desprecios y el dolor físico de los tratos vejatorios. Y todo, con el perdón en los labios, con la bendición en las manos y visible amor en sus corazones. En el caso del obispo Diego Ventaja podemos añadir que con una mirada penetrante, difícil de olvidar, que fue una llamada al arrepentimiento de sus verdugos.

Estos mártires, como los que lo han sido en los veinte siglos de la vida de la Iglesia, han dado un claro testimonio de fe en Jesucristo y de adhesión a su Iglesia, de valentía y firmeza a toda prueba, y de perseverancia en la persecución hasta el final. Testimonio, también, de compasión hacia el fanatismo destructor, la ignorancia, los odios desatados y los pobres verdugos, empujados por ideologías e intereses que solo llevan a la muerte.

La Iglesia de Almería, apostólica por su primer obispo San Indalecio, contempla con inmensa alegría la singular grandeza que mueve a sus mártires al frente de los cuales está su obispo Diego Ventaja Milán que, en reconocimiento de la supremacía de Cristo ofrecieron heroicamente sus vidas, regando esta tierra reseca con su sangre, expresando así que, si Dios lo es todo y todo lo hemos recibido de Él, es justo entregarse totalmente a Él, único absoluto, fuente inagotable de vida y de paz.

Durante las duras pruebas que Dios permitió que experimentara la Iglesia en España, hace ya algunas décadas, mártires como Diego Ventaja Milán, supieron permanecer fieles al Señor, a sus comunidades eclesiales y a la larga tradición católica de nuestro pueblo. En el caso de nuestro obispo, su entrega al Señor y a la Iglesia fue tan firme que, aún teniendo la posibilidad de ocultarse y ausentarse, decidió, a ejemplo del buen pastor, permanecer entre los suyos para ejercer el cuidado pastoral para el que había sido elegido. En ningún momento abrigó sentimientos que enfrentaran a hermanos contra hermanos. Así entregó su vida poniéndose al frente demás de un centenar de sacerdotes y algunos religiosos y seglares, que con él ofrecieron el sacrificio supremo del martirio.   

Una vocación temprana

Nacido en Ohanes, pueblo de las Alpujarras almerienses, el 24 de junio de 1880, pronto se traslada a Granada con sus padres, humildes servidores y profundamente cristianos. En septiembre de 1890 comienza sus estudios en el colegio-seminario del Sacromonte. Cumplidos los 14 años y terminado el cuarto curso de Latín y Humanidades,  el año 1894 es enviado a Roma, al nuevo Colegio Español, para afrontar todos los estudios eclesiásticos en la Universidad Gregoriana.

El 20 de diciembre de 1902 es ordenado sacerdote, y vuelve de Roma con sus tres doctorados. Hasta su nombramiento de obispo, vive treinta y tres años de fecundo ministerio sacerdotal, en torno al Sacromonte de Granada, y en las escuelas del ave María. Gran catequeta y pedagogo, profesor en el colegio-seminario, predicador incansable, destaca en él su profunda espiritualidad, su desprendimiento, su humildad y su celo sacerdotal. Tras poco más de un año de ministerio episcopal, cumplió su carrera y llegó a la meta, apenas cumplidos los cincuenta y seis años.

Nuestra Iglesia, nuestras comunidades hambrientas, tan necesitadas de vocaciones consagradas, desean santos al frente de las parroquias, la diócesis y movimientos. Santos catequistas, santos pedagogos, santos animadores, profesores y educadores santos, santos religiosos y religiosas, santos sacerdotes y obispos. Obispos santos que prediquen la palabra de Dios, celebren los sagrados misterios y sirvan en la caridad a los hermanos, y así, en esa línea, sacerdotes y agentes todos de pastoral. Santos que hablen de Dios y lleven a Dios, que comuniquen alegría esperanza, que den preferencia en sus actividades a los pobres y necesitados. Que no olviden que el precepto primero es el amor hasta el extremo.

No es fácil ser obispo hoy. Nunca lo ha sido. Todos conocen nuestras limitaciones y, sin embargo, todas las comunidades quieren obispos extraordinarios en todo. Contando con estas limitaciones, si nos apoyamos en Dios, si nos refugiamos en el Espíritu, y apoyamos en la fuerza del Evangelio, si vivimos el seguimiento de Jesús, nuestro ministerio será fecundo. Ser obispo es vivir el martirio, la inmolación de cada día y la entrega permanente. Nuestros obispos mártires lo vivieron todo de una vez, uniéndose al sacrificio supremo de Cristo, que es el que salva.

“Lo único que para mí habéis de pedir, dice San Ignacio de Antioquia, obispo y mártir, a los cristianos de Roma, es que tenga fortaleza interior y exterior, para que no solo hable, sino que esté también interiormente decidido a portarme como cristiano. Lo que necesita el mundo, no son palabras persuasivas, sino grandeza de alma. Si logro el martirio, entonces será libre con Jesucristo y resucitaré libre con Él. Ahora, en medio de mis cadenas, es cuando aprendo a no desear nada. Ahora es cuando aprendo a ser discípulo”. Hermosa lección de un obispo mártir.

El presente artículo apareció publicado en la obra NO TENGÁIS MIEDO: TESTIGOS ANTE EL TERCER MILENIO de Francisco Javier Rodríguez Gómez y Jorge López Teulón (Zamora 1996). Actualmente Monseñor Rosendo Álvarez es el Obispo emérito de Almería.                                                                                                          

Juan de Dios PONCE Y POZO 
Administrador apostólico de Orihuela (1878-1936)
 

 

Nació el 18 de noviembre de 1878, de padres modestos y piadosos, en la ciudad de Guadix (Granada). Estudió la carrera eclesiástica y fue alumno del Colegio Español de Roma y de la Universidad Gregoriana. Contaba en su historial académico con los doctorados en Sagrada Teología, Filosofía y Derecho Canónico. Para suplir al obispo de Orihuela, monseñor Irastoza que se encontraba enfermo y agotado, la Santa Sede pensó en el canónigo y provisor del obispado de Guadix, el doctor Ponce. El 29 de octubre de 1935 fue nombrado administrador apostólico de Orihuela (Alicante). 

 

Hasta octubre de 1936 pudo mantenerse a salvo bajo la protección de varias familias, que lo tuvieron oculto en Orihuela, mientras la calle respiraba hostilidad contra la Iglesia. El palacio episcopal fue desvalijado por las hordas rojas. La presencia del doctor Ponce en los domicilios acogedores se hacía por momentos más comprometedora para sí y para los que le rodeaban. Optó, pues, por la evasión, disfrazándose convenientemente con el propósito de marchar a Barcelona. Pero un guardia de Asalto que prestaba servicio en la estación de Novelda reconoció al administrador apostólico. Lo detuvo y lo condujo esposado a la prisión local.

Pocos días más tarde lo trasladaron a la preventiva de Orihuela, donde estaban otros sacerdotes oriolanos. A las doce de la noche del 30 de noviembre de 1936, unos agentes sacaron de la cárcel al doctor Ponce y a otros nueve sacerdotes con el pretexto de una declaración que habían de hacer los presos en Alicante.

Hicieron subir en un camión a los diez hasta el cementerio de Elche, junto a cuyas tapias fueron fusilados. Sus cadáveres recibieron sepultura en el mismo campo santo, y allí permanecieron hasta su honorífica exhumación el 9 de julio de 1939.

 

Manuel IRURITA ALMÁNDOZ
Obispo de Barcelona (1876-1936)
 

 

Nació el 19 de agosto de 1876 en Larraínza (Navarra). Cursó sus primeros estudios en el colegio de los padres capuchinos de Lecároz y posteriormente en el Seminario diocesano de Pamplona. En Valencia transcurrió su vida sacerdotal desde 1905 a 1927. Culminó su formación eclesiástica con los grados de doctor en Filosofía y Sagrada Teología, conseguidos en la entonces Universidad Pontificia.

En diciembre de 1926, la Santa Sede lo preconiza obispo de Lérida recibiendo la consagración episcopal el 25 de marzo de 1927, finalizando su pontificado en marzo de 1930 con su designación para la sede de Barcelona. Tras el fracaso de Goded en el alzamiento, comenzó la marea revolucionaria y la terrible persecución contra el clero y los católicos.

 

El 21 de julio monseñor Irurita estaba diciendo misa en la capilla episcopal cuando se oyó el tumulto de los asaltantes. Finalizado el santo sacrificio, salió con algunos familiares por la puerta secreta, logrando ocultarse en el domicilio de la calle Call nº 17 del ejemplar católico catalán y joyero de profesión Antonio Tort, el cual había dado también acomodo a las religiosas Carmelitas de la Caridad MM. Elvira Ruiz y Micaela, HH. Montserrat Sabanes y María Torres. Se dispusieron tres departamentos, uno ocupado por el obispo y su familiar Marco Goñi, otra reservado a las religiosas y el tercero ocupado por la familia Tort. Una de las habitaciones se destinó a oratorio. A las seis y cuarto de la mañana empezaba la misa. A las doce se rezaba el ángelus y una parte del rosario. A las cinco se rezaba otra parte del rosario y a las ocho la visita al Santísimo.

 

 

El 1 de diciembre de 1936, allanaron la vivienda doce milicianos de la Patrulla de Control número 11, de Pueblo Nuevo, que radicaba en la calle Pedro IV nº 166, realizando un concienzudo registro, descubriendo algunos objetos religiosos que fueron profanados y robados. Se apoderaron del Dr. Irurita, de Marcos Goñi, de Antonio Tort, de su hermano Francisco, de la hija de Antonio, Mercedes, y de las HH. María Torres y Montserrat Sabanes. Primero se los llevaron al comité de San Adrián, del que pasaron al central de San Gervasio y finalmente a la checa de San Elías. Todo ello en el plazo de cuarenta y ocho horas que mediaron entre la detención domiciliaria y el fusilamiento de los cuatro varones de la expedición, en Moncada y a las doce de la noche del 3 de diciembre de 1936.

Uno de los hombres que dispararon en el cementerio de Moncada, detenido una vez finalizada la guerra civil para ser juzgado por sus crímenes, declaró al capellán castrense de la cárcel de Lérida, Rvdo. Eusebio Vidal, que el Dr. Irurita, cuando estaba en el paredón aguardando la descarga, habló a los allí presentes en esta forma:

«Os bendigo a todos los que estáis en mi presencia, así como también bendigo a las balas que me ocasionarán la muerte, ya que serán las llaves que me abrirán las puertas del cielo».

CARRER DEL BISBE IRURITA

                                                                                               por Jorge López Teulón

                                                                      
     Escribo sólo como sacerdote y lo hago por la devoción al obispo mártir Irurita, que yace enterrado en la Capilla del Cristo de Lepanto de la Catedral de Barcelona, pero sobre todo lo hago porque han pasado ¡15 días! y nadie ha contestado a Josep María Sòria, autor de una pésima novela en entregas que ha publicado La Vanguardia en 4 páginas, a razón de una por día (¡con lo grandes e incómodas que son las páginas de ese periódico!) con el único fin de seguir esparciendo una perversa siembra de dudas para posicionarse en contra de la beatificación del Doctor Manuel Irurita Almandoz, obispo de Barcelona, que fue asesinado el 3 de diciembre de 1936. Se acaba de cumplir el 70 aniversario de su martirio.

Unas líneas biográficas
           
Manuel Irurita Almandoz nació en Larrainzar (Navarra) el 19 de agosto de 1876. Doctor en Sagrada Teología en el 1906 y en Filosofía en el 1907. Beneficiado de la Catedral de Valencia en el 1899. Profesor de Canto Gregoriano, de Lengua Hebrea y de Teología Fundamental en el Seminario de Valencia. Visitador de religiosa y Promotor de las Misiones diocesanas hasta que de Valencia pasó a Lérida, siendo nombrado obispo de esta diócesis. Excelente músico, fue nombrado presidente de la Asociación Ceciliana Española en el Congreso Nacional de Música Sagrada de Vitoria del año 1928. Trasladado al obispado de Barcelona, se distinguió por su bondad y santidad. Ocupa el número 115 de los obispos que rigieron la diócesis de Barcelona y lo hizo desde 1930 a 1936.

Estalla la guerra
           
El 21 de julio de 1936 Monseñor Irurita estaba diciendo misa en la capilla episcopal, cuando se oyó el tumulto de los asaltantes. Finalizado el santo sacrificio, salió con algunos familiares por la puerta secreta por la puerta secreta, logrando ocultarse en el domicilio de la calle Call, nº 17, donde vivía el Sr. Antonio Tort, el cual había dado también acomodo a las religiosas Carmelitas de la Caridad, MM. Elvira Ruiz y Micaela, HH. Montserrat Sabanes y María Torres. Se dispusieron tres departamentos, uno ocupado por el obispo y su familiar Marco Goñi, otra reservada a las religiosas y el tercero ocupado por la familia Tort. Una de las habitaciones se destinó a oratorio. A las seis y cuarto de la mañana empezaba la misa. A las doce se rezaba el ángelus y una parte del rosario. A las cinco se rezaba otra parte del rosario y a las ocho la visita al Santísimo.

Así estuvieron hasta que el 1 de diciembre de 1936, allanaron la vivienda doce milicianos de la Patrulla de Control número 11, de Pueblo Nuevo, que radicaba en la calle Pedro IV nº 166, realizando un concienzudo registro, descubriendo algunos objetos religiosos que fueron profanados y robados. Detuvieron al Dr. Irurita, a Marcos Goñi, a Antonio y Francisco Tort, a Mercedes, hija de Antonio, y a las HH. María Torres y Montserrat Sabanes. Primero se los llevaron al comité de San Adrián, del que pasaron al central de San Gervasio y finalmente a la checa de San Elías. Todo ello en el plazo de cuarenta y ocho horas que mediaron entre la detención domiciliaria y el fusilamiento de los cuatro varones.

El Doctor Irurita fue asesinado en el cementerio de Montcada y Reixach, la noche del 3 al 4 de diciembre de 1936, a los 60 años.

“Ahora, sobre todo, se necesitan obispos que vean a Jesús, sacerdotes que vean a Jesús, maestros que vean a Jesús. Hora es ya de que caigamos en la cuenta de que con Jesús lo tenemos todo y sin Jesús no tenemos nada. Yo quisiera que sacarais este fruto. Con Jesús lo tengo todo, con Él soy suficientemente sabio, rico, feliz. Tengo a Jesús, lo poseo, le amo; lo demás nada hay que me interese (…). Hacen falta ahora católicos y católicos de profundas convicciones, de voluntad decidida, de fortaleza ejemplar, valientes y dispuestos a padecerlo todo, a sacrificarlo todo, la bolsa, la nómina, la carrera, si es preciso. Peor esos hombres solo los tendremos cuando mueran todas las cosas, cuando mueran a sí mismos para vivir la vida de Jesús”.

Estas palabras fueron pronunciadas por el Doctor Irurita en el mes de julio de 1935. Las recoge César Alcalá en un artículo sobre el tema publicado en el nº 78 de la revista digital Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica.

El serial de La Vanguardia

            La primera entrega (28-XI-2006) la titula Josep María Sòria “Franco rechazó el canje de Irurita”. El autor de los artículos afirma que en los archivos secretos del Vaticano hay cartas de octubre de 1937, es decir, diez meses después del presunto fusilamiento, en las que Franco y la Santa Sede negociaban la liberación de Irurita con las autoridades republicanas por presos del otro bando.

            El segundo artículo (29-XI-2006) se enreda en base a un manuscrito de un miliciano anarquista conocido por Josep… ¡habla de un rumor que corrió y que creó malestar entre los milicianos!

            En el tercer día (30-XI-2006) el canónigo Mosén Josep Aragonés dice que, teniendo 12 años –ahora tiene 80- lo vio, junto a seis personas más y lo reconoció. Rechazaba el sacerdote que pudiera tratarse de una aparición.
Finalmente, el 1 de diciembre el título ya terminaba de manejar la conciencia del que pacientemente hubiera resistido las tres entregas anteriores: “Una ambigua prueba del ADN”. Y subtitula “Los análisis del cadáver del obispo Irurita son concluyentes, pero no determinantes”.

En fin, la cruzada particular que alberga las páginas de La Vanguardia no es nueva. Ya el 9 de enero de 2000 publicaba otro artículo titulado El misterio del obispo Irurita. En esa ocasión era Josep Playá Mases el que organizaba el artículo para seguir sembrando dudas y más dudas. Entonces se pudo leer: “Se exhumó una vieja polémica sobre el momento de la muerte del obispo y si realmente era un mártir de la guerra civil o había sido asesinado después de acabar esta”.

 En manos de la Santa Sede

Todo lo publicado durante cuatro exasperantes días, hace que se desequilibre la autoridad moral de una posible opinión cuando no enfrente otros argumentos iguales o más válidos que lo suyos. ¿Por qué silenciar tantos otros?

A misteriosas apariciones tras la guerra, (¿es que se fugó el Señor Obispo a algún paraíso y ellos saben dónde está o estuvo?) se suma un diario de una anarquista con rumores, y papiros encontrados en archivos secretos al más puro estilo de los Da Vinci y compañía…

1.- ¿Qué pasa con el testimonio de mucha gente que vio el cadáver del Doctor Irurita en el cementerio de Montcada y Reixach? ¿Qué pasa con el testimonio de la hija de Antonio Tort? ¿Acaso vale más la declaración del canónigo Aragonés?

2.- Por qué no se cita a Mosén Eusebio Vidal, capellán de la prisión de Lérida y que, en el año 1955, escribió: “En mi labor apostólica con los presos, uno de ellos tuvo conmigo la confidencia de manifestarme que estuvo en el fusilamiento del Excmo. y Rvdmo. Sr. Obispo de Barcelona, Dr. Irurita, y que mientras estaba ene l paredón aguantando la descarga, habló a los allí presentes en esta forma: “Os bendigo a todos los que estáis en mi presencia, así como también bendigo a las balas que me ocasionarán la muerte, ya que serán las llaves que me abrirán las puertas del Cielo”.

3.- ¿Y el informe del vicario general, José Morera, que en el año 1943, ratificaba la autenticidad de los restos mortales del Señor Obispo? Su informe ratificaba que el vestido del cadáver pertenecía, sin duda, al obispo y que su complexión y físico, así como el análisis de sus dientes, se correspondían con los del obispo.

4.- Dígase que no se entendía con el Cardenal Vidal y Barraquer, parangón del catalanismo frente a un obispo navarro. Porque tal vez lo que puede parecer como un inconveniente, a lo mejor es positivo para la santidad del Doctor Irurita.

5.- Dígase que tampoco se entendió con el Presidente Luis Companys y Jover, al que tuvo que padecer Irurita. A Companys le acompaña, se quiera o no, la responsabilidad política y personal directa en la represión en Cataluña durante la Guerra Civil, represión que no solo no desconocía y permitía, sino que apoyó con sus medidas legislativas y de gobierno.

6.- Y si el Doctor Irurita no murió cuando se ha dicho y tampoco fueron sus asesinos aquellos a quienes se les ha atribuido el crimen, qué quieren hacernos creer que el Señor Obispo murió después de la toma de Barcelona y que, claro está, los autores de su muerte fueron otros que quisieron vengarse de sus ideas políticas…

¡Ya conocemos de sobra las tesis partidistas y sesgadas del benedictino de Montserrat, Hilari Raguer! Ofrezcan claridad y en lugar de opiniones surrealistas, traigan afirmaciones veras: ¿qué es esa figuración de que Irurita fue objeto de intercambio secreto entre los republicanos y el gobierno de Franco? ¡Sean objetivos, por Dios! Difundan las mil y una anécdotas que se cuentan durante los años de pontificado del Doctor Irurita que certifican de sobra su santidad y los deseos de imitar a Jesús, Buen Pastor. 

Para terminar

            Resulta que a principios de los 70 descolgaron el apellido del obispo, de la placa de la calle que recordaba a Irurita. Y pasó de ser Carrer del Bisbe Irurita a Carrer del bisbe, nombre actual. Dicha calle va desde la Plaça de la Seu a la Plaça Sant Jaime, y en esa pequeña calle se sitúa a un lado la Catedral y al otro el Obispado y la Generalitat. He querido titular así este artículo: Carrer del Bisbe Irurita. Lo he querido hacer para reivindicar su verdadero nombre…, pero en realidad no hace falta, porque bastantes páginas de Internet, muy poco sospechosas de integrismo católico, me regalan la vista situando todavía en los parámetros descritos el Carrer Bisbe Irurita… ¡que no se entere el Tripartit!, o comprará el dominio…  

 

Beato Anselmo POLANCO FONTECHA
Obispo de Teruel (1881-1939)

 

 

Nació el día 16 de abril de 1881 en Buenavista de Valdavia (Palencia). Ingresó en el noviciado agustiniano de Valladolid. La docencia y la formación ocuparon desde 1907 toda su vida. En 1922 fue nombrado rector del Real Colegio Seminario de Valladolid y cuatro años más tarde lo volvían a reelegir. A partir de entonces pasó sucesivamente por los cargos de definidor (1929) y provincial (1932). Estas tareas le depararon frecuentes y largas ausencias de España, que transcurrieron fundamentalmente en Filipinas, Estados Unidos y América del Sur. La elevación al episcopado de Teruel le llega en junio de 1935. El lema paulino “Me gastaré y desgastaré por vuestras almas” fue leyenda en su escudo episcopal y norma de su conducta.

 

 

 

El 19 de julio de 1936, el teniente coronel de Infantería Mariano García Brisolara se sublevó y cumpliendo órdenes del general Cabanellas, proclamó el estado de guerra, quedando la ciudad incorporada al bando nacional. Al mes exacto de estallar la guerra, el 20 de agosto, Teruel se ve amenazado por los rojos. Con mayor o menor intensidad es una ciudad sitiada. Sabiendo lo que comprometía, escribió en marzo de 1937 una pastoral que podía conceptuarse como anticipo de la colectiva del episcopado español, a cuyo pie estampó su nombre en julio del mismo año, firmando con ello prácticamente su sentencia de muerte. En Barcelona la prensa roja vigilaba la actividad del obispo Polanco, considerada su intrepidez apostólica como un bastión político de la resistencia.

El 7 de enero de 1938, los seis cuerpos de ejército rojos rompieron las defensas del coronel Rey d’Hancourt, que se vio precisado a firmar la rendición. Al ser destruido por las bombas el Seminario y el palacio episcopal turolense, fray Anselmo se refugió en el monasterio de Santa Clara, donde fue apresado el 8 de enero de 1938. Lo trasladaron a Rubielos de Mora de donde partió con otros prisioneros a la prisión valenciana de San Miguel de los Reyes, donde estuvo ocho días, encontrándose con otros compañeros de hábito.

 

 

 

El 17 de enero de 1938, ya sin hábito talar, lo hacen subir a un autobús de prisioneros que parte de Valencia a Barcelona, donde lo encierran en el cuartel bajo el nombre de Pi y Margall, habilitado en el convento dominicano de Montesión de la Rambla de Cataluña de la Ciudad Condal. Está seis días, hasta que el 23 de enero se le traslada a la que ha de ser su prisión definitiva, el “Depósito para prisioneros y evadidos 19 de julio”, instalado en otro convento: el de las Siervas de María, en la calle Enrique Granados cerca de la Plaza Letamendi. Fray Anselmo fue el único de los doce prelados españoles cuya ejecución tuvo como prólogo trece meses de cárcel. Ante la anuencia disimulada y tácita de los guardianes, empezó primero por rezar el oficio divino y el rosario con los demás presos.

Hacia el 30 de agosto tuvo el consuelo de volver a celebrar la misa los domingos. El proceso propiamente dicho contra el obispo de Teruel no se vio hasta septiembre, siendo la principal acusación el haber firmado la carta colectiva del episcopado español, redactada por el cardenal Isidro Gomá y Tomás, y hecha pública el 1 de julio de 1937. Tras tres interrogatorios se mantuvo firme en su posición. El Gobierno de Barcelona quería ahorrarse el escándalo de un nuevo asesinato episcopal en las postrimerías de la guerra; prueba de ello fue la lentitud e indecisión del proceso.

 

El año 1939 se abre con malos augurios para los republicanos de la ciudad de Barcelona, ya que la victoria de Franco es irremediable. El 23 de enero de 1939 los presos fueron evacuados a Santa Perpetua de la Moguda en compañía de los coroneles Barba y Rey d’Hancourt, el reverendo Felipe Ripoll, el teniente coronel de Policía José Coello, otros cautivos procedentes de Teruel y un grupo de italianos prisioneros de guerra. Desde entonces no tuvieron punto de reposo, pasando en traslados sucesivos a Capdevanol, Puigcerdá, Ripoll, San Juan de las Abadesas, Figueras y Can de Boach, en Pont de Molins.

El 7 de febrero de 1939, un camión con 30 soldados mandado por el comandante comunista Pedro Díaz, jefe de una columna de las tropas de Enrique Líster, un comisario político, un teniente y varios subalternos, llegó a Can Boach entre diez y once de la mañana. Se hicieron con los presos y una vez maniatados los instalaron en un camión, y éste, con una primera expedición de 14, tomó la carretera de Les Escaules, para detenerse al kilómetro y medio, muy cerca del barranco Can Tretze, punto previsto para el fusilamiento. Funcionaron con rapidez las ametralladoras, y el piquete volvió a recoger otra expedición, esta vez de 26, cuyos componentes fueron igualmente acribillados junto a sus compañeros exánimes. Acercaron los cadáveres al cauce exhausto del Muga, los rociaron con gasolina y les prendieron fuego.

En este lugar, en el año 1940 se levantó un monumento con la siguiente leyenda: “Caminante: por aquí huyó la furia roja, dejando como huella de su paso cuarenta mártires...Piensa en ellos con una oración. 7-II-39”.

 

SU MARTIRIO, UNA LLAMADA

por Monseñor Antonio Ángel Algora Hernando

La beatificación de Anselmo Polanco, religioso de la Orden de San Agustín y obispo de nuestras diócesis de Teruel y Albarracín, y de su vicario general Felipe Ripoll, sacerdote secular, esta siendo para todos los diocesanos una nueva llamada a ser testigos de Cristo en nuestro tiempo.

En efecto, muchas veces y de muchas maneras Dios nos ha hablado (Cf. Heb. 1,1) y ahora nos llama también en cada una de nuestras vidas. Podemos, pues, preguntarnos en este signo de Dios en nuestro tiempo, ¿cómo es la beatificación de nuestros dos nuevos mártires, qué llamadas recibimos de Él? Y no solo de forma personal, sino también de modo comunitario, como Iglesia diocesana de Teruel y Albarracín.

En la reciente carta pastoral que he publicado, aludo en primer lugar, a la llamada a la fidelidad a nuestra respectiva vocación.

La fidelidad de ambos mártires estimula la fidelidad en nuestra respectiva y propia vocación. A mí también me compromete el tener, en la lista de predecesores de esta sede, a este obispo beato y mártir. A los canónigos de la Catedral ya todos los sacerdotes del presbiterio, también os estimula ver la permanente y fiel actitud de D. Felipe.

A los religiosos y religiosas os ayudará la vida y entrega del P. Polanco y el servicio que os prestó D. Felipe, a valorar la vida religiosa al servicio de la Iglesia en medio del mundo.

A los seglares, por quienes ambos tuvieron y sintieron honda preocupación pastoral, os descubrirá cuál es el compromiso en la consagración y transformación del mundo según el espíritu del Evangelio.

En segundo lugar, sentimos una especial llamada a perseverar en la oración y en el compromiso apostólico.

Para todo ello nos será necesario, como lo fue para los mismos mártires, perseverar en la oración y, simultáneamente, en el compromiso evangelizador y apostólico, precisamente ahora que el Papa nos invita a una nueva evangelización en este final de siglo y adviento del tercer milenio.
En tercer lugar y como resumen de lo que nos exige también el tiempo presente, hemos de ser testigos y dar, por tanto, testimonio público de lo que somos en Cristo. La fortaleza de estos mártires nos impulsará a testimoniar nuestra fe públicamente, sin actitudes agresivas ni vergonzantes, sino con convicciones firmes, incluso en las situaciones más difíciles que hayamos de soportar.

Estamos llamados a atestiguar a Jesús, y a no avergonzarnos de su Evangelio, en la entrega cotidiana  de nuestra vida que, en nuestros mártires, llegó a la cumbre del amor y de la entrega absoluta, incluso hasta en su misma muerte.

Por último y como resumen de todas las virtudes que se manifiestan en su martirio, hemos de sentir fuertemente nuestro compromiso cristiano desde la Iglesia para la nueva evangelización.

El P. Polanco ingresó dentro de la Orden Agustina en una provincia religiosa destinada a la misión ad gentes. Eso le ayudó después a mantener en cada lugar donde ejerció su ministerio, también en nuestras diócesis, un sentido apostólico y misionero en su vocación sacerdotal y a ayudar a los laicos y a los consagrados, a vivir su vida cristiana como un apostolado, intentando allegarse a los que todavía no conocían o no amaban y seguían a Jesucristo.

Esta misma pasión apostólica podremos revivirla nosotros en la contemplación de su vida y martirio, para que continúe en esta tierra la misión de Jesús que ellos también prolongaron.

Ellos que durante toda su vida fueron y se sintieron hijos de nuestra Señora, la Madre de la Iglesia. Que con ella vivieron el cautiverio, rezando como en tiempos de libertad, todos los días, la oración del Santo Rosario. Que en ella pusieron su fidelidad y a ella encomendaron, sin duda, su tránsito de este mundo al Padre.

Nos consigan del Señor la fuerza para permanecer en la oración y en el amor con Santa María, y el vigor necesario para que nuestra Iglesia diocesana sea valiente y evangelizadora en la situación que ahora mismo vivimos y atravesamos.


El presente artículo apareció publicado en la obra NO TENGÁIS MIEDO: TESTIGOS ANTE EL TERCER MILENIO de Francisco Javier Rodríguez Gómez y Jorge López Teulón (Zamora 1996). Por entonces Monseñor Algora, actual Obispo de Ciudad Real, ocupaba la sede turolense.

 

 

 

1987

Primera homilía de san Juan Pablo II con motivo de la primera beatificación de mártires de la persecución religiosa

 

Carta de un mártir

"¡ Viva Cristo, mi Rey! Carta de un mártir. España 1936", texto y música de la Orden de Hijas de María Nuestra Señora. Con imágenes de películas martiriales: Raza (1941); Oblatos de María Inmaculada de Pozuelo (2011); Un Dios prohibido (2013) y Bajo un manto de estrellas (2014).


 

 

CINE MARTIRIAL

 
Bajo un manto de estrellas
Un Dios prohibido
Raza
Cerca del Cielo

 

Iglesia noticia. Radio Santa María

 

El martirio de las cosas

 

DON LUIS MORENO NIETO

Don Luis Moreno Nieto (1917-2005), fue el corresponsal de guerra más joven de España. En esta foto  aparece en el Alcázar de Toledo tomando notas (Colección Luis Alba). Periodista de raza, con más de 10.000 artículos y más de 50 libros, era el Cronista oficial de la Provincia de Toledo. Su contribución a la historia de la persecución religiosa en Toledo y su ciudad es decisiva. Sus obras: “Mártires de Toledo” (1942); “Los mártires seglares de 1936 en Toledo” (1988) o “Mártires del siglo XX” (1993) o finalmente, “Toledo: 1931-1936. Memorias de un periodista” (1996), así lo demuestran. Según el mismo escribía: “tuve el honor de compartir cautiverio en julio de 1936 con el deán de la Catedral José Polo Benito, viviendo las trágicas jornadas de su inmolación”. Aunque no pudo vivir la primera beatificación de sus mártires de Toledo (2007), justo es que recordemos a aquel que siempre quiso hacer justicia con la historia de la persecución religiosa.

 

    En memoria del Cardenal Isidro Gomá

Ha vuelto a suceder. Y, cada vez que pasa, contemplo con asombro lo que pudo escribir un periodista hace casi 75 años, y que, escondido en las carpetas de montones de papeles, los familiares de nuestros mártires conservan como preciado tesoro. Me los presentan para que ante mi vista escrute cada dato que sirva para confeccionar la biografía del Siervo de Dios.

Esta vez, se trata de una página del Heraldo de Aragón del martes 13 de octubre de 1936: ¡no han pasado ni tres meses de la desgracia nacional que se vivirá por tres años!

En la página 4, en un rincón, puede leerse: “Hoy llegará el Cardenal Primado, doctor Gomá”… Al día siguiente de la fiesta de la Virgen del Pilar “es esperado el doctor Gomá, quien desea hacer una visita a nuestra excelsa patrona, la Virgen del Pilar. El ilustre purpurado, que ha permanecido unos días en Toledo tras su liberación, tendrá que residir por ahora en Pamplona…”

Pero lo que deseo rescatar se encuentra en la página 3: se trata de la entrevista realizada, el 12 de octubre de 1936, al Cardenal de Toledo, el doctor Gomá. Podía haberme saltado todos los preámbulos y ofreceros la CONVERSACIÓN entre periodista y cardenal… pero, como esto no se encuentra en internet, os lo copio entero.

Antes os ofrezco esta cronología de los hechos que se narran:

8 de junio de 1936 – Monseñor Gregorio Modrego y Casaus es nombrado Obispo auxiliar del Cardenal Isidro Gomá y Tomás.
El Cardenal Primado parte para Tarazona, el 12 de julio, con la intención de presidir la consagración episcopal de Monseñor Modrego, que iba a tener lugar el 24 de julio. Tras el Alzamiento, esta debió retrasarse y el Cardenal se retiro a Pamplona.

18 de julio – estalla la Guerra Civil española.

27 de septiembre – termina la guerra en la ciudad de Toledo.

1 de octubre – visita del Cardenal Gomá a Toledo. Por seguridad debe regresar a Pamplona. Ese mes mismo, el día 27, regresaría a la ciudad Imperial

11 de octubre – Finalmente tuvo lugar la consagración en Tarazona de Monseñor Modrego (en Toledo residió primero como obispo auxiliar (octubre de 1936- agosto de 1940) y luego, tras la muerte del Primado, ejerce de Administrador Apostólico hasta diciembre de 1942, en que es nombrado Arzobispo de Barcelona).
13 de octubre – El Cardenal Primado, Monseñor Gomá concede la primera entrevista al “Heraldo de Aragón”

TOLEDO,
ESTRUJADA POR LA AMARGURA Y SEGADA POR EL DOLOR


El Eminentísimo Cardenal Primado de España, doctor don Isidro Gomá y Tomás, Arzobispo de Toledo, ha tenido la gentileza de conceder a HERALDO DE ARAGÓN la primera impresión formulada a la Prensa de España, después de su reciente visita a la ciudad imperial, celebrando interesante interviú con nuestro enviado especial a Tarazona don Joaquín San Nicolás Francia. A continuación publicamos tan importante información, valiosísimas primicias otorgadas al HERALDO por el venerable Primado de la Iglesia Española, acompañada de frases de elogio y aliento que fervorosamente agradecemos al insigne purpurado.

    El Cardenal Gomá preside una Procesión de la Virgen del Sagrario en una destruida Plaza de Zocodover (Toledo) tras el final del Asedio al Alcázar

LA ILUSIÓN POR ENTREVISTAR AL CARDENAL PRIMADO

Como una obsesión me persiguió durante el viaje a Tarazona la idea de escuchar al Eminentísimo Cardenal Primado de España, doctor Gomá, la impresión que le produjo su primera visita a la Sede Primada, después del feroz dominio de las turbas rojas. Era difícil encontrar ocasión, y me abrumaba la alta jerarquía de aquel a quien quería acercarme.

Fue el sabio canónigo de la Catedral turiasonense, don José María Sanz, quien, al conocer mi propósito, lo apadrinó paternalmente. Él me allanó el camino hasta el Obispo Auxiliar de Su Eminencia, quien, a su vez, se ofreció a guiar mis pasos en el difícil empeño.

No había gran dificultad, como no fuera la de elegir momento propicio. El corazón bondadoso de su Eminencia no habría de dudar en concederme la gracia que tenía el propósito de pedirle. Pero las ceremonias del día, la adaptación del tiempo disponible al programa preparado, constituían una dificultad. Por fortuna, el doctor Modrego aceptó con gustó mi deseo y no tardó en depararme la difícil ocasión.

Terminada la consagración del Obispo Auxiliar, y cuando pasaba a ofrecer mis respetos a Su Eminencia, fue el propio doctor Gomá quien me dijo, casi al oído, unas rápidas palabras: -Suba a verme a la tarde. Después de la recepción… Aquellas palabras trocaron mí ilusionando afán de periodista en alegría completa. El paternal afecto con que me fueron dichas me llenó de confianza.


EL MOMENTO PROPICIO

En el Colegio de las Hermanas de la Caridad estaban reunidos con el Cardenal los señores Obispos de Pamplona y Tarazona, y el nuevo Obispo Auxiliar de la Sede Primada, consagrada en la solemne fiesta relatada en otro lugar de este periódico.

Terminada la refección y abiertas las puertas de la sala me vio el Cardenal, recordó su invitación y me llamó con la afabilidad en él característica. -Dentro de unos momentos, estaré con usted, me dice. Y momentos después, en el fondo del salón, me invita a acercarme.

La personalidad del Eminentísimo Cardenal Gomá, figura excelsa de Cardenal de la Iglesia Católica, lleva siempre consigo un hálito de justa celebridad. Hombre de profunda cultura, ha escrito obras científicas de fama universal, que con fruto de una constante labor de investigación, cimentada en el conocimiento profundo de las Sagradas Escrituras. Sus trabajos de exégesis bíblica, su labor infatigable en numerosas publicaciones de índole social y apostólica, sus célebres discursos en Asambleas y Congresos; aquella pieza magistral que fue su discurso de Buenos Aires con motivo de la Fiesta de la Raza el 12 de octubre de 1934, y que constituyó una lección de Historia de España y un juicio exacto sobre los problemas de la Hispanidad y Americanismo, del que
se hizo eco la gran Prensa internacional; en fin, el nombre y la obra del Cardenal Primado hacen del doctor Gomá una figura de imponente relieve.

Y, claro está, me acerco a él con respeto y timidez. Por fortuna, su carácter franco y abierto, su semblante fuerte y dulce a la vez, su mirada paternal y acogedora, su porte señorial, austero y sobrio, el contorno de su figura de línea grave, son puertas abiertas a la confianza.

Y su palabra es incomparable estímulo para quien deseara compenetrarse con su pensamiento, bucear en sus emociones, encontrar el hilo sutil de su sabiduría. La expresión perfecta de su léxico, cincelado por la cultura latina, tan recia y viril como profunda; sus frases perfectamente construidas; sus párrafos enérgicos como esculpidos en granito; sus apóstrofes viriles en los que resuena el eco de los Santos Profetas y de los Santos Padres de la Iglesia, establecen rápidamente el contacto cordial de los espíritus y mantienen la conversación en una altura que es emoción, cordialidad y no vértigo ni petulancia enfadosa. El timbre de su voz, de gravedad suave, la lentitud de la dicción, la claridad sonora del acento llena el corazón de dulce pesadumbre ante el relato de la tragedia toledana. La descripción de sentimientos y emociones es como un tapiz de terciopelo, que contiene, en atrevidas síntesis, toda la amargura de un corazón que encuentra a sus hijos envueltos en una tragedia de sangre y ruina. El corazón del oyente se abandona a la música aterciopelada de las palabras y a los ojos acuden las lágrimas.


LA CONVERSACIÓN

-¿Qué impresión ha causado en el ánimo de su Eminencia la vista de la Toledo Imperial, después de la reconquista?

-Bajo el aspecto externo -dice el Cardenal con voz sosegada y firme- al entrar en Toledo sólo la frase de Jeremías podría dar la justa y precisa definición: el “ipsa opressa est amaritudine”. Esto es, Toledo “ha sido estrujada por la amargura”.

Sí -agrega su Eminencia con reiteración enérgica-. La ciudad de piedra ha sido segada por el dolor, triturada por el ciclón devastador de la metralla cañonera; las piedras de Toledo, con las brechas abiertas en los muros, dan la impresión de que están vacías las cuencas en el semblante, antaño vetusto, dorado por los años, de la invicta ciudad… “Et ipsa opressa est amaritudine”.

-¿Y la Catedral Primada de España, Eminencia?

-La Catedral de Toledo, tesoro de los tesoros del mundo, ha sido mártir del expolio sacrílego más espantoso y desolador. ¡El robo de la Biblia de San Luis, el Códice miniado único en el mundo, el más famoso por su manufactura! ¡Tanta y tantas joyas! ¡La capa de perlas del Cardenal Mendoza! ¡El manto de la Virgen del Sagrario, cargado de ochenta mil perlas! ¡La bandeja del rapto de las Sabinas! ¡La Custodia de Arfe, viril alhaja sobre un trono precioso de repujada plata de afiligranado gótico! Hecha pedazos, sus trozos aparecen en confusión enorme sobre el suelo… ¡Tantas y tantas joyas!

Un velo de emoción vuelve mate el tono de las palabras de su Eminencia, que aún murmura:

-Las palabras del santo Arzobispo de Sevilla parecen escritas para este trance: “Cargaste muy dura mano sobre mí, quebrantando mi carne con cruel venganza de azotes, con llagas, con hierro, con inmundicia, con peste, con cárcel de tinieblas”.

-¿Y su Palacio, señor Cardenal?

La voz vuelve a llenarse de matices, los matices del dolor y del apóstrofe santamente iracundo:
-En mi morada aparece la marca de la pezuña del jabalí. ¡Así es, la marca de la pezuña del jabalí que se clava y después se retuerce revulsiva y cruel!...

-¿Y el sapientísimo Clero de Toledo?


-¿Qué diré del “peso de la inoportuna calamidad que me oprime y me despedaza sin piedad”, según las palabras de San Isidoro? Tengo noticia segura de ser ya de la Archidiócesis ciento cinco sacerdotes sacrificados. Sobre setenta, dentro de la ciudad; diecisiete Hermanos Maristas; trece Jesuitas y carmelitas. Han muerto todos los servidores del Prelado; todos los de la Curia arzobispal…

El dolor humano fluye de las palabras de su Eminencia, en cuyo acento vibra un clamor de tremenda injusticia de tanta barbarie. Y la voz más queda se hace solemne en el atardecer, dentro de aquella estancia en penumbra, cuando comienza la dolorosa evocación de los mártires:

-¡Pobre provisor, don Agustín Rodríguez, canónigo lectoral, artista en carne y alma, artífice enamorado de la piedra y de la talla, que diseñó con tanto fervor la reforma de nuestro salón de Concilios con un proyecto digno de su gran talento y de su exquisita emoción!

¡El deán de Toledo, maestro de periodistas, infatigable escritor, investigador y publicista que murió abrazado con el hijo del general Moscardó, cuando ambos fueron simultáneamente fusilados!

¡Hombres como el Chantre de la Catedral Primada, don Joaquín de Lamadrid, vasco de corazón insigne, dedicado a recoger criaturas para fomentar vocaciones eclesiásticas y de cuyo desvelo salió el Obispo de Ciudad Real, otro mártir de esa revolución!

¡Don Rafael Martínez Vega, alma de la Catedral hoy huérfana de su amor, Arcediano con temple de artista que hacía revivir con su milagroso talento las piedras catedralicias!

-¿Y el Alcázar, Eminencia? ¿Qué impresión la vuestra ante el escombro glorioso del Alcázar de Toledo?

-El Alcázar es un esqueleto sobre la roca que domina la plaza de Zocodover con sus edificios traspasados de parte a parte… El Alcázar -y aquí el temblor de la emoción se hace más perceptible- es el índice del heroísmo, cargado de emoción religiosa, y es el guión que, tajante y tajado, aparece como la sustancia viva de una epopeya colosal.

Aprovecho la pausa que abre en la conversación el dolor de su Eminencia, con la evocación de tan pesado recuerdo, para poner unas pobres palabras mías, humilde comentario a su emoción. Y su Eminencia, recobrando el volumen de la voz y la energía en el concepto, subraya:

-¡Sí, hijo mío! La ciudad de Toledo, ¡Toledo!, compendio y síntesis de la riqueza histórica, patrimonial, artística, cifra del Arte cristiano de España, aparece segada por el dolor, triturada por la metralla, cubierta con despojos de crimen y saqueo…, “estrujada por la amargura”. Cuando llegué allí, a aquel campo de desolación, las gentes lloraban al verme, lloraban sin lágrimas porque sus ojos no podían más. Besaban los hábitos de los sacerdotes que me acompañaban, se arrodillaban alrededor de mí, querían que les bendijera, me clavaban sus miradas con una amargura infinita e indefinible, absortas, temblorosas… “¿Pero es el cardenal?”, se preguntaban. “¿Es el Cardenal?” ¡Qué pena y qué tortura en el espíritu y qué opresión en el corazón!

Es precioso que la interviú termine. Está cayendo la tarde y la vieja ciudad, anegada por la penumbra de un crepúsculo prematuro, ablandado el ambiente por la lluvia, parece llenarse con el dolor de estas evocaciones supremas. Nos sentimos acompañados por las sombras de los mártires que no hace más que unos pocos meses eran lumbrera de Fe, de Caridad y de Sabiduría en la Sede Primada de la Iglesia Hispánica, castigada con “dura mano”, con “azote, con llagas, con hierro, con inmundicia, con peste, con tiniebla”. Fundidos en el mismo dolor el Príncipe de la Iglesia y su humildísimo oyente y siervo, tiembla en nuestros labios una oración. Poco después, en la calle, oímos la salmodia del Queiles batido por el triste llorar de las nubes y un frío entumecedor nos llega a los huesos.

Nos abandonamos a la sensación inolvidable de esta breve conversación con la figura señera del Episcopado español. Para el viaje de regreso a Zaragoza llevamos la compañía inapreciable de su bondad, de su afabilidad, de su cariño expresado con benévolas palabras, hacia este periodista, y también, y muy especialmente, hacia este HERALDO DE ARAGÓN convertido en tribuna de patriotismo y de fe, en exponente vibrante de españolismo.

JOAQUÍN SAN NICOLÁS FRANCÉS

Procesión de la Virgen del Sagrario en la Calle Comercio (Toledo) tras el final del Asedio al Alcázar.
Archivo Rodríguez

 

Procesión de la Virgen del Sagrario en una destruida Plaza de Zocodover (Toledo) tras el final del Asedio al Alcázar. Archivo Rodríguez

Posdata: Mi recuerdo al transcribir esta pequeña historia se dirige al recordado don Pedro Sobrino Vázquez, canónigo que fue de la Catedral de Toledo. Biógrafo del Cardenal Gomá, fue nuestro profesor de Cristología.

Las fotografías son del Archivo Rodríguez y corresponden a la Procesión de la Virgen del Sagrario en una destruida Plaza de Zocodover (Toledo) tras el final del Asedio al Alcázar

http://toledoolvidado.blogspot.com/2009/05/toledo-tras-el-asedio-del-alcazar.html

BREVES TEXTOS QUE SOBRE
ESTOS HECHOS MARTIRIALES
ESCRIBIÓ EL CARDENAL GOMÁ


“¡GLORIA A LOS MÁRTIRES!”

“Junto a sus cadáveres, taladrados por los proyectiles de la ametralladora, ultrajados por la vesania de los asesinos, abandonados a cielo abierto a la voracidad de las aves y de las fieras, calcinados por las llamas de la gasolina, hechos pedazos por la cuchilla del verdugo, parémonos unos momentos los vivos ante los muertos; y preguntémonos qué hicieron para trocar su vida, miserable como la nuestra, por la inmortal que hoy disfrutan”.
“Yo creo que en toda la historia del Cristianismo no se ha dado en ninguna nación un grito tan universal, tan voluminoso, tan compacto, tan vibrante, como el grito de amor que ha salido del pecho de los mártires de España en el siglo veinte.

Más todavía: no sé si será temeridad o será ofensa para otros pueblos lo que voy a decir: Yo creo que en ninguna nación del mundo, en una persecución sañuda como la de España se hubiese producido el fenómeno del martirio, es decir, el fenómeno del amor a Cristo, en la forma tan espontánea, casi diría tan natural, cómo se ha producido en España”.

“Vedles a la hora de morir. El asesino les intima que renieguen de su fe; o sencillamente dispone la pistola o la ametralladora para taladrar sus cuerpos con el plomo mortífero. Yo no sé, si en aquellos momentos un escalofrío de muerte recorrería todos sus miembros, si un movimiento espasmódico sacudiría lo más entrañable de su ser, que no en vano se encara un hombre con la muerte cierta en la plenitud de su vida. Pero sí sé que en la mayoría de los casos una sola palabra de transacción con los principios revolucionarios, un solo gesto de compenetración espiritual con sus verdugos, una sola blasfemia les hubieses librado de la muerte, tal vez les hubiese abierto horizontes de vida placentera. Y no quisieron: sostuvieron y superaron aquellos momentos con el corazón impávido”.

“En el choque de la civilización contra la barbarie, del infierno contra Cristo, debían sucumbir primero, porque en el corazón se asestan los golpes mortales, los adalides de la civilización cristiana, los abanderados de Cristo. Junto con ellos han caído los hombres más representativos del catolicismo español… la historia cantará con notas épicas los sublimes episodios de muchas de estas muertes. Gloria a los mártires”.

“Para nosotros, los que hemos quedado de la hecatombe, el sentido… deberá ser el de una restauración totalitaria de la vida cristiana… tenemos todavía una fuerza inmensa. Además de la fuerza del Evangelio y de Jesucristo, contamos con esta alma nacional que podemos llamar “naturaleza cristiana” que nos da hecho la mitad del esfuerzo”.

 

    La Cruz y los mártires

El pasado 10 de diciembre, Talavera de la Reina acogió la Cruz de los Jóvenes y el Icono de la Virgen que el Papa Juan Pablo II regaló para celebrar las Jornadas Mundiales de la Juventud.

La Cruz primero peregrinó durante toda la mañana por los centros escolares de la Ciudad: las Misioneras de la Providencia, los Hermanos Maristas, las Madres Agustinas, la Milagrosa, La Salle y la Compañía de María. A las 21.00 horas, después de una breve peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Guadalupe (Cáceres), la Cruz regresó a Talavera, donde los jóvenes de la ciudad protagonizaron, junto a los arciprestazgos de El Real de San Vicente, Belvís de la Jara y Pueblanueva, el viacrucis que recorrió desde La Colegial las calles del centro para llegar a la Basílica de Nuestra Señora del Prado. Allí se llevó a cabo la vigilia de oración y adoración a la Cruz, que presidió el Señor Arzobispo, Monseñor Braulio Rodríguez.

Los encargados de la Vigilia, magníficamente preparada, decidieron dar cabida al testimonio de los jóvenes, ya beatificados o en proceso de serlo, que sufrieron el martirio durante la persecución religiosa sufrida en España en la década de los 30. Nos mostraron sus rostros y, así, recordaron a los jóvenes actuales cómo éstos, en otros tiempos difíciles, supieron abrazarse a la cruz para dar la vida por Cristo y la Iglesia.

Junto a los beatos Francisco Maqueda (21 años) y Miguel Beato (25 años) de Villacañas y Villa de don Fadrique respectivamente, alumnas del Colegio de las Madres Agustinas portaban unos grandes carteles con las fotografías de los Siervos de Dios Manuel Martín (29 años) de Talavera de la Reina; Piedad Suárez de Figueroa (27 años) y Santiago Mosquera (16 años) de Villanueva de Alcardete; Francisco Sánchez Ruiz (26 años) de Sonseca; Andrés Pérez Fernández (15 años) de La Torre de Esteban Hambrán; la doctora Carmen Miedes (32 años) de Toledo y Pablo Quintana (21 años), seminarista de Villasequilla.

En la Vigilia se leyeron unas palabras del Siervo de Dios Manuel Martín Fernández-Mazuecos. De él se recordó que cuando finalizó el Bachillerato siguió estudiando Derecho en Madrid, donde se licenció a los 19 años. Regresó a su ciudad natal para establecerse en un modesto despacho de abogados. Manolo Martín fue portero del Club Deportivo Talavera. Pero, sin duda, fue la sección juvenil de la Acción Católica el objeto preferente de sus desvelos. Nombrado vicepresidente de la Unión Diocesana de Toledo y Directivo del Centro de Talavera de la Reina, su entusiasmo por la Acción Católica le atrajo las iras y persecuciones de los enemigos de Cristo. Cuando comenzó la persecución religiosa alentaba a sus compañeros, que como él iban a ser encarcelados. Les decía: “Imitemos el ejemplo que nos dio nuestro Divino Maestro, que por nosotros sufrió y murió”. Tras un mes de cautiverio, donde sufrió toda clase de humillaciones y ensañamientos por parte de sus carceleros, el 21 de agosto de 1936, un mes después de ser detenido y encarcelado, alcanzó la palma del martirio. De sus escritos se leyeron estas palabras:

 “Por estar firmísimamente convencidos de la elevación y la grandeza de sus ideales, los jóvenes católicos (de la Acción Católica) se lanzan a los caminos enarbolando la Cruz. Llevar almas de joven a Cristo, inyectar en los pechos la fe. Así canta nuestro himno triunfal. Llevar almas, conquistar almas, y ganarlas para Cristo. Llevar la luz de la fe a tantos espíritus oscurecidos por las luchas humanas, a tantas inteligencias nubladas por el vapor de las pasiones y los egoísmos terrenos; recoged a tantos jóvenes que huyeron de Cristo y ponerlos a los pies del crucifijo, cual cautivos redimidos.

¿Os dais cuenta, jóvenes católicos, de la grandeza y sublimidad de nuestra empresa? Un día dijo Jesús a sus discípulos: “Como mi Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros. Id y predicad el Evangelio a todas las gentes”. Y surgió el apostolado divino, la misión gigantesca de salvar a las almas, que debe constituir para vosotros la principal preocupación. Ser apóstoles, tomar parte de ese apostolado a que la Iglesia nos llama”.

Que, como reza la oración de la JMJ´2011 y evocando el testimonio de los mártires, Dios “derrame su gracia sobre las tierras de España… conceda, a quienes nos visiten, la conversión en su vida y los haga firmes en la fe, en la esperanza y en la caridad”.

 

HACE 75 AÑOS

Cuando en 1986 tuvo lugar en la Catedral de Toledo la reapertura del proceso del Beato Liberio González y de sus compañeros mártires el cardenal Marcelo González Martín declaraba: “Conservar y vivir la memoria de los mártires es un deber de cristiano. Queremos encontrar más motivos para amar a la Iglesia, porque cuando se logran estas beatificaciones el corazón se ensancha al contemplar a esta Iglesia, madre fecunda, que en cualquier momento de la historia engendra estos hijos".

Veintidós años después, el 28 de octubre de 2008, en el primer aniversario  de la beatificación en Roma de 498 mártires, el cardenal Antonio Cañizares, también en la Catedral de Toledo afirmaba: “Nosotros aquí, esta tarde, en la Santa Iglesia Catedral, como signo de comunión de la Iglesia que peregrina en nuestras tierras diocesanas, damos gracias porque la sangre derramada, como la Cristo, para confesar el nombre de Dios, de los gloriosos mártires" de todos los tiempos, singularmente de los mártires toledanos de los que hoy, en todas nuestras comunidades, hacemos memoria, "manifiesta las maravillas del poder divino"; "pues en su martirio", el Señor "ha sacado fuerza de lo débil, haciendo de la fragilidad" su "propio testimonio" (Cf. Prefacio de Mártires).

 

 

 

Aquellos mártires escribieron y rubricaron con su sangre una de las páginas más impresionantes de la fe cristiana y de la Iglesia católica en España.Fueron y constituyen hoy un signo del arraigo y de la vitalidad de la fe, y ofrecen una señal de futuro y esperanza para el tiempo presente, que no se alcanza cuando se vive y camina en el mundo "sin Dios" (Cf. Ef 2,12). Ellos llegaron a conocer a Dios, al Dios verdadero, vivieron de Él y murieron ante Él y por Él, y así recibieron y nos dan la gran esperanza, aquella que entraña que somos definitivamente amados, suceda lo que suceda, por Dios, que es Amor, y que este gran Amor nos espera (Cf. Benedicto XVI, Spe Salvi, 3).
La diseñadora Paula B. Pupo ha elaborado para la Postulación este logotipo que nos acompañara a lo largo de todo el 2011 para recordar el testimonio de nuestros mártires… Desde www.persecucionreligiosa.es animamos a los párrocos y las delegaciones de Pastoral a tener presente la vida y martirio de los Beatos y Siervos de Dios de la persecución religiosa: hablar a los fieles de su testimonio, celebrar su aniversario, etc.
Los mártires regaron con su sangre nuestro suelo diocesano, que aprendamos de ellos que nos enseñan, junto al verdadero amor a Jesucristo y a María Santísima, el valor de la entrega en fidelidad.