TESTIMONIOS DE LA DIÓCESIS DE TOLEDO

     

1.- Entrevista a Monseñor Gabino Díaz Merchán

2.- "Diario de un perseguido"

 

 

 

 

El que fuera Presidente de la Conferencia Episcopal Española (1981-1987), Monseñor Gabino Díaz Merchán, arzobispo emérito de Oviedo, concedió una entrevista al periódico La Nueva España (26 febrero 2006) con motivo de sus ochenta años. En el diario realizó algunas reflexiones sobre episodios poco conocidos de su vida.


Hemos realizado esta nueva entrevista, exclusiva para nuestro Semanario, en base a muchas de las afirmaciones allí vertidas. El motivo es que sus padres, que vivían en Mora de Toledo, están incluidos en el Proceso de canonización de los mártires que con motivo de la persecución religiosa de los años 30 se instruye en la Archidiócesis de Toledo. En la sección aparecen, completando la entrevista, los datos biográficos del matrimonio.


Don Gabino recordaba en las primeras preguntas que el Excmo. Don Gregorio Modrego Casaus, siendo administrador de la archidiócesis toledana por la muerte del Cardenal Gomá, fue a Mora de Toledo para ordenar a unos veinte sacerdotes que habían sobrevivido a la guerra. Yo tenía 14 años y… salí impactado de esa celebración por la misión que asumían aquellos sacerdotes, porque la situación en que había quedado la sociedad era terrible y la Iglesia había quedado desmochada totalmente, con comunidades desunidas por el odio. Me pareció que podía hacer una labor como sacerdote y así empecé los estudios en Toledo.

Monseñor al ser preguntado sobre la situación económica familiar para poder emprender sus estudios recuerda: “Yo no tenía nada. Además de perder a mis padres, lo perdimos absolutamente todo, hasta la ropa. Nuestra casa la requisaron. Saqué algunas cosas cuando nos dejaron ir. Unos pendientes de mi madre, muy buenos, que tenía escondidos y nos dejaron sacar sábanas”.

“Yo estaba en la que llamaban zona roja. Ahora la llaman republicana o constitucional, pero no había allí nada de constitucional. Las fuerzas efectivas eran de tipo político-sindical y había de todo: personas con sentimientos humanos y otros que propendían fácilmente a liquidar a la gente”.
“Tenía un primo hermano en Campo de Criptana (Ciudad Real). Mi primo era el jefe de la FAI, era anarquista y al ver que empezaban a matar gente, empezó a armar a parientes y a amigos y a personas en peligro. Les dio el carné de la CNT. Los salvó, en una palabra. Mi primo vino a Mora porque el jefe del PC había sido amigo suyo en la infancia. Vino para interesarse por mi padre, que era del Partido Republicano Democrático, de Melquíades Álvarez e Hipólito Jiménez, que era de Mora. Y vino para llevarse a mis padres a Criptana, pero su amigo, Carlos Torres, le aseguró que no les pasaría nada”.
“Mi padre no se había distinguido en política. Tenía un comercio de ultramarinos al por mayor. Pero al mes fueron a por él y mi madre quiso acompañarlo, ir con él. Era una cristiana muy valiente y les dijo que ella quería morir con su marido. «No diga barbaridades, no vamos a hacerle nada», dijeron ellos. Pero los cogieron en un coche y los llevaron al lugar donde los mataron. Yo soy un niño de la guerra, en cierta forma.
Al ser preguntado por si todo aquello le marcó ideológicamente, Don Gabino, sigue respondiendo: “No. Viví la muerte de mis padres como una tragedia, a los diez años. Aunque me rodeó el cariño de mis tíos y primos, que me toleraron todo, demasiado, el cariño de los padres es algo que no se puede sustituir con nada. Mora tendría entonces quince o dieciséis mil habitantes. Mi padre era querido por los vecinos porque llegó un momento en que fiaba a todo el mundo. Había muchos obreros parados. Me acuerdo que cuando salí de casa los primeros días vestido de luto los vecinos me paraban, me besaban y lloraban. Muchas veces pensé que mis padres se habían ido a México y que vendrían algún día”.
“Tuve experiencias muy buenas que me ayudaron a encajar cristianamente mi fe y ayudaron a mi vocación. Por ejemplo, un día me invitaron a ir a aquella cárcel que había estado llena de gente de un signo y ahora estaba llena de gente del otro. Había un retén del ejército que impidió los linchamientos. Hubo juicios, si se quiere muy rudimentarios, y no se hicieron matanzas. Me invitaron a hacer guardia con un fusil. Yo no podía con él. No era como los del Frente de Juventudes, que eran de madera. Vi a los presos. Vi aquella tristeza y pedí que me dejaran marchar, y me dejaron. Tenía 13 años.

-¿Estaban en la prisión los ejecutores de su padres?
-Es posible. Yo no los conocía. Mi familia sí, porque ellos habían contado cómo murieron mis padres.

-¿Cómo?
-Los llevaron en un coche a unos diez kilómetros de Mora, cerca de Orgaz. A la altura del cementerio pararon. Mi padre llevaba el ánimo muy caído acordándose de nosotros, según contaban ellos. Mi madre le iba confortando. Le decía que pensara en Dios, que él no quería más a sus hijos que Dios… Los colocaron para fusilarles y mi madre le vendó los ojos a mi padre con un pañuelo, y le cogió de la mano. Rezaba y decía jaculatorias. Entonces, mi madre se volvió al pelotón y dijo: “¡Viva Cristo Rey!”. Y así murieron. Fue providencial que mi madre fuera con él, porque lo consoló, lo ayudó, lo fortaleció. Mi madre murió mártir del matrimonio, entregada a su marido, por encima de sus hijos y sin que fueran a por ella: Morir por el matrimonio es morir por la fe. Murió casi como un sacerdote que ayuda a morir a una persona. Dieron un buen ejemplo cristiano. Valoro eso más que si me hubieran dejado tierras o dinero. Esto sucedió el 21 de agosto de 1936. Don Gabino había nacido en 1894 y Doña Paz un año después. Según las actas del Ayuntamiento tenían en el momento de su muerte 42 y 41 años respectivamente.

-Esa forma de matarlos y de contarlo después ¿no despierta ánimo de venganza?
-En los primero momentos de Mora, después de la liberación, que decíamos, los presos que habían estado en la cárcel fueron a buscar a Carlos Torres, el jefe del Partido Comunista. Yo fui con ellos. Seríamos unos cien. Llegamos a la casa y no estaba. Había escapado. Estaba la madre y lloraba porque le rompían los muebles, en fin, una especie de revancha. En ese momento uno de los presos se subió a una silla y nos dijo a todos: «Estoy avergonzado porque somos cristianos y esto un cristiano no lo puede hacer. Esta mujer es inocente y su hijo, si ha hecho algo, que lo juzgue el tribunal. Esto no puede ser». Aquello me impresionó muchísimo, muchísimo… Vi que tenía razón y me marché.

-¿Y su reflexión cristiana sobre ello?
- Todo eso me hizo madurar en la idea de que un cristiano no puede dejarse llevar del odio, aunque sea en nombre de la justicia. Eso te destruye. Siempre, a partir de entonces, reaccioné de esta manera y me fui acercando a una vivencia religiosa, más profunda, más interior y más comprometida.

-¿Cómo explica usted esa violencia antirreligiosa?
-En el año 1931, me acuerdo aunque tenía 5 años, se recibió la República en mi casa con alegría. Pero cuando empezaron las quemas de conventos y amenazas en el Parlamento, todo eso hizo cundir una especie de odio visceral. Yo no soy historiador, pero lo que viví es que la República fue atacada por los dos lados, por los generales que se sublevaron y por los partidos de izquierdas, que quisieron dar pasos a un estado diferente que no era democrático: era la dictadura del proletariado. Y por una razón muy clara, que también influyó mucho en mí, había mucha gente en la miseria. Recuerdo en mi pueblo a miles de personas en la plaza sin poder trabajar, sin poder llevar a sus casas un pequeño jornal. Esa situación de una gran parte del pueblo español que estaba en la miseria eso era un caldo muy malo para estas situaciones de revanchas, de odio.

-¿Cómo juzga el papel de la Iglesia institucional durante la guerra?
-Es muy difícil dar un juicio, pero fíjese en el plan. Toledo: matan unos trescientos curas en un mes o mes y medio. A algunos les obligan a subir al púlpito a blasfemar; como se niegan, les disparan. A otros les cortan sus partes… Hubo sadismo en algunos casos. ¿Cómo va a reaccionar la Iglesia a favor de la República cuando además la República no se veía por ningún lado en la zona roja?

 

DIARIO DE UN PERSEGUIDO

Monseñor Anastasio Granados García

(Nació en Espinoso del Rey (Toledo) el 7 de Septiembre de 1909, hijo de Francisco Granados Sánchez y de Modesta García Rodríguez. Su padre era herrero de oficio. Sacerdote de la Archidiócesis de Toledo en 1934, fue nombrado Obispo Titular de Cidramo y Auxiliar de Toledo el 5 de mayo de 1960. Diez años después fue nombrado Obispo de Palencia, hasta el año de su fallecimiento en 1978. Recogemos este testimonio de primera mano de uno de los sacerdotes que lograron sobrevivir a la persecución religiosa en la provincia de Toledo. Aunque este lenguaje, giros expresivos y calificativos, ya no se usa hoy en día hemos preferido dejar este escrito tal y como fue redactado. )

HUYENDO DE LOS ROJOS TOLEDANOS

Para mis queridísimos tío Atanasio y tía María,
con mucho agradecimiento y mi bendición

                   + Anastasio, obispo de Palencia

 

 Mes de julio

         Día 21. Hasta este día, el orden en Talavera había sido perfecto, merced a la concentración de más de doscientos guardias civiles; pero en la madrugada de este día, la Guardia Civil había salido para Toledo, dejando las armas y la ciudad en manos de los rojos. Estos cacheaban, ordenaban abrir balcones, hacían registros en los domicilios y se manifestaban en plena euforia. Eran los dueños del pueblo y los mantenedores del orden.
         Yo salí de casa, di la Sagrada Comunión a dos personas en la Fundación Santander y, a requerimiento de las monjas Benitas, celebré la santa misa en su monasterio. En el trayecto nadie me molestó, y solamente pude apercibirme de alguna “jaculatoria” que me echaba un socialista al pasar junto a mí.
         Más tarde accedí a que viniese a casa el barbero, me arreglase para disimular la tonsura y me afeitase. Entretanto, había llegado mi hermana con un traje del comercio. Me lo probé delante de un dependiente y estuvieron todos de acuerdo en que me sentaba muy bien; el único que discrepaba era yo, que no me avenía a que el pantalón me rozase el mismísimo tacón de los zapatos pero, cuando me dijeron que era así como se llevaba, tuve que callar.
         Todavía a estas horas (eran las 10) yo pensaba muy ingenuamente que se trataba de un episodio cómico a que daba lugar la falta de Guardia Civil y las noticias de las radios rojas, contando con que todo quedaría en cacheos y registros hasta que llegase el Tercio, al que esperábamos todos. Los marxistas también esperaban por todas las carreteras, armados con escopetas viejas y pistolones. Tal era mi ingenuidad, que nunca pensé que tuviera que estrenar el traje recién comprado. Me puse a tomar a máquina unas notas sobre literatura, encerrado en el patio de la casa.
A eso de las 11, oí una algarabía en la calle y supe inmediatamente que se trataba de hacer un registro en la Fundación Santander, y que se llevaban presos al portero y al cocinero, después de haber conducido al mentado Colegio a un profesor llamado don Juventino Nieto y al sacerdote don Gregorio Molano. La excitación de los socialistas crecía por momentos; se hablaba de pistolas halladas hasta en el cáliz; se corría al grito de “No los dejéis escapar”. A uno de los milicianos, que habían acordonado las aceras, se le escapó un tiro, con la alarma consiguiente. Yo empecé entonces a vestirme de paisano y a intentar salvar el Santísimo Sacramento de la capilla de la Fundación Santander; pero, en vano, porque los socialistas, lejos de abandonar el edificio después del registro, se instalaron en él y lo convirtieron en Comité.
De repente, apareció en casa tío Atanasio, buenísimo amigo mío de la Fresneda, que había ido a Talavera a sus negocios y, en vista de que no los podía concluir, había ido a visitar a mis padres.
Allí se encontró con una sobrina carnal, maestra, que pasaba unos días en casa, con la cual se preparó el viaje en la forma siguiente: yo iría con tío Atanasio a la Fresneda, pasando por Alcaudete; y mi padre iría con la maestra Eulalia por Torrecilla de la Jara, llevando mi sotana y mi breviario.
A las tres salía la camioneta de Alcaudete, y una media hora antes salía yo de casa, disfrazado, acompañado de mi padre y de tío Atanasio. Aunque llevaba la gorra bien encajada, no me excusé de que me conociera la Sra. Eufrasia y más adelante la esposa de “Moquillo”, celebérrimo socialista, con lo cual di por supuesto que estaría enterada toda la ciudad a los pocos minutos. Antes de subir al auto, se me cacheó con bastante cortesía, usando el pobre diablo que lo hacía esta frase expresiva: “Maestro, ¿hace Vd. el favor?”. El viaje corto, de 25 Km., no tuvo nada de anormal fuera de los saludos con puño en alto y del encuentro con camionetas llenas de gente que iba a Talavera a por escopetas.
Llegados a Alcaudete, nos dirigimos a casa de don Clemente Villasante, donde estaba también su coadjutor, don José Fernández Avilés. Allí me confesé con el párroco, estuve con la familia y con la de don Valeriano cerca de dos horas y, por fin, arrancamos montados en sendas mulas.
Al llegar a la Fresneda supe que acababa de llegar don Bernardo Sánchez con mi padre.

Día 22. Creyéndonos estar a salvo de cualquier contingencia, nos pusimos la sotana y subimos a una finca del Comandante de Marina, don José Pardo, para celebrar la santa misa en su oratorio semipúblico. Todo el día fue de absoluta tranquilidad. Yo dormí en casa de Bautista y don Bernardo, en casa de tía Casimira.

Día 23. Después de celebrar la santa misa, recibimos aviso de que los de Torrecilla venían persiguiéndonos, porque “éramos los jefes de la revolución”. Comimos en el campo y subimos a un cerro desde el que se divisaban los caminos para huir cuando viéramos aparecer a los perseguidores. Entramos en el pueblo después de anochecer y salimos a dormir a la era de tío Casimiro.

Día 24. Salimos de nuestro hotel bastante temprano, para que la gente del pueblo no se apercibiese de nuestra estancia; nos lavamos al atravesar el río Gévalo, secándonos, unos con el pañuelo, otros con la camisa. Pasamos todo el día en la finca “Los Villarejos”, donde habíamos celebrado la santa misa, teniendo que fabricarnos nosotros las hostias con una plancha. Por la noche, yo fui a dormir a casa de tío Atanasio, pero sobre las 11 de la noche, la tía Ana vino a dar el aviso de que los socialistas de Torrecilla habían dicho a su marido, el tío Columbano, que al día siguiente vendrían a prendernos. Por fortuna, la cosa no era tan grave y pudimos dormir en cama aquella noche.

Día 25. Fiesta de Santiago Apóstol. Nos permitimos el lujo de tener plática en la misa. Tuvimos en la finca a Julián, el novio de la criada Presenta, que era miliciano. Comimos en la dicha finca y, por la tarde, recibimos la visita de tío Cipriano con sus dos hijas, Eulalia y María Josefa.
Bajamos al río a comer unos peces pescados por tío Apolonio, Bautista y algún otro. Volvimos en caraba con más de media docena de caballerías y, al regresar con la luz del día, se hicieron comentarios en el salón de baile sobre los curas. Aquella misma noche, un hijo del carbonero Macario fue a Torrecilla a dar cuenta de que estaban los curas y de su indumentaria para que pudieran reconocernos fácilmente. Aquella noche, en previsión de un asalto al pueblo por los vecinos de Torrecilla, dormimos en la era de tío Pedro junto con tío Cipriano y otro de Torrecilla que estaba escondido allí.

Día 26. Era domingo. Nos levantamos temprano, esperamos en el campo a que se hiciera bien de día, atravesamos el río y subimos a la finca de “Los Villarejos” para celebrar la santa misa, disponiéndonos a salir después para Robledo del Mazo, donde pensábamos que habría completa tranquilidad, y donde el sacerdote, íntimo amigo, nos había invitado a pasar unos días.
Emprendimos el viaje en tres caballerías, guiados por Apolonio. Caminamos cuatro horas por pedregales y, cuando esperábamos encontrar el risueño pueblo a la fada de las sierras, divisamos dos camionetas con sendas banderas rojas. A la sorpresa siguió el titubeo y a este, ante la imposibilidad de retroceder por habernos visto ya los milicianos, sucedió la afectada tranquilidad. Dos milicianos de Sevilleja de la Jara nos echaron el alto y nos preguntaron a boca de jarro de dónde éramos y a qué partido pertenecíamos.
Apolonio contestó que éramos de Torrecilla y que acababa de dejar la escopeta con la que había hecho guardia en el pueblo y, mientras decía esto se metía más y más la navaja entre la alpargata.
Don Bernardo llevaba en el bolsillo el breviario y yo, un crucifijo y el rosario. De nada de esto se dieron cuenta los cacheadores, que eran de lo más infeliz que pisa la tierra. Yo empecé a burlarme un poco diciéndoles que no debían cachear más que a los que tuvieran cara sospechosa y que nosotros teníamos cara de personas decentes.
Comimos en una casa, donde nos metimos de rondón, dimos una vuelta por el pueblo, cuando los rojos siguieron su camino, hablamos con el médico y con la hermana del sacerdote, y emprendimos la vuelta, parándonos en el Salto, propiedad de don Félix Forero, para escuchar la radio. La esposa del encargado me dijo que anduviera yo con cuidado porque en la cara se me conocía que yo era sacerdote. Mi compañero se ve que disimulaba mejor con su sombrero de paja que sombreaba y hacía buen marco a su cara, poblada con barba enjuta y con su chaqueta verdosa; prestada, por cierto.
Llegamos a la “Madroña”, labranza de Bautista, cenamos bien y nos acostamos en la era. Pude ver lo que no recordaba haber visto nunca, a tres familias durmiendo en paja. Cada madre tenía hecho un hoyo capaz para ella y para sus cuatro o cinco niños.
Aquel día habían bajado de Torrecilla los milicianos en busca de escopetas y, de paso, en busca de curas. Para demostrar su fuerza, más de cuarenta rodearon el pueblo indefenso, y después hicieron la instrucción ante el sencillo vecindario.

Día 27. Los compañeros de Bautista, algunos por lo menos, le significaron que en la finca estábamos estorbando porque era compromiso tenernos allí. A estas fechas, el alcalde pedáneo de la Fresneda, cediendo a presiones de Torrecilla, había hecho saber a Bautista que debíamos salir del pueblo porque, de lo contrario, nos delataría. En vista de todo esto, se convino que bajáramos hasta dar vista a “Los Villarejos”, adelantándose Bautista para visar si podíamos llegar a la finca para celebrar la santa misa. Bajamos por fin, y empezó don Bernardo cerca de las diez. Poco después de la comunión, los ladridos del perro insistentes indicaron que alguien desconocido se acercaba: eran los escopeteros rojos.
Inmediatamente, la criada vino a decirnos que ya llegaban para cogernos. Nos confesamos, pero después la misión de los escopeteros era contar el ganado para ir requisando cabezas, a medida que su estómago lo exigiera y el Comité lo consintiera. Con esto respiramos, después del primer peligro serio. Oportunísima en dar sensación de seguridad estuvo en este trance Isabel.
En vista de que no faltaba peligro en aquella casa, se convino que pasáramos el día en la era de Bautista, en el sitio llamado “Los Peazones”, y que al anochecer nos llegáramos a la finca “Los Villarejos” para cenar y dormir en aquella casa de tan generosa y caritativa hospitalidad.

Día 28. Aquel día empezamos a cavilar que sería conveniente separarnos, porque dos era muy difícil que se escondieran. Optó mi compañero por ir a su pueblo. A este fin se concertó con el tío Feliciano, el cabrero, para que fuera a otra finca a buscar un pastor de Segurilla, el cual habría de acompañar a don Bernardo. Cumplió el tío Feliciano fielmente su encargo y, a media tarde, se nos presentó, y poco después el otro cabrero, padre de un seminarista. Hacia las 8 de la tarde salía don Bernardo y el cabrero con dirección a la labranza, donde éste prestaba sus servicios.
Se perdieron. Atemorizaron a dos que dormían en una era, pasándolo ellos no mejor, de forma que corrían unos de otros sin conocerse. Por fin llegaron a la labranza llamada “El Pilón”, donde don Bernardo permaneció dos días sin ver posibilidad de ir a su pueblo.
Entretanto, yo me encontré en la finca “Los Villarejos” con el buenísimo Antonio, fundador de la Juventud Católica en Espinoso del Rey, de donde era veterinario. Él me contó detalles de la muerte de don Inocencio López Alonso, ecónomo de Belvis de la Jara. Le mataron a las 11 de la mañana del día 27 en un puente; el asesino fue un desgraciado llamado “el obispo”.
Una hora después de haber recibido los dos tiros, en la espalda y en la cabeza, todavía vivía y pudo decir a los que iban a recogerle: “Pido perdón al pueblo y perdono a todos. Ruego que suelten a los presos y que me echen a mí la culpa de todo; que no maten a nadie más. Rematadme, que no puedo más”.

Día 29. Ninguna novedad. El día, en la era y la noche, en “Los Villarejos”. Al pueblo no podíamos ir porque el alcalde había dicho claramente que no podíamos estar allí.

Día 30. Por la mañana fusilaron a once de Alcaudete, entre ellos a los queridísimos sacerdotes. También cayó este día Pedro, mi queridísimo condiscípulo de escuela, y el cuñado del veterinario de Espinoso. Nadie nos hubiera convencido entonces de que un mes más tarde, había de correr la misma suerte este buenísimo chico, que me preguntaba en la mesa sobre el martirio. No eran, sin embargo, estos los primeros que morían en Alcaudete; el día 26 había sido asesinado el simpático Julio, el sacristán, que dejaba seis hijos pequeños.
La noticia del asesinato de los sacerdotes, a quienes les habían asegurado los del Comité que no corrían peligro ninguno y hasta los habían puesto guardias para defenderlos, me hizo pensar que, estando yo en término municipal del Alcaudete, podría estar también en peligro próximo. Por esto determinamos que la misa del día siguiente se tuviera a las 6.

Día 31. Acudieron muy temprano a oír la santa misa los miembros de la familia Pineda, que estaban en la finca “El Molino”. Uno de los asesinados el día anterior había sido el hijo mayor de Pineda. Todos confesaron y comulgaron en la misa, siendo aquella misa la última que yo pude celebrar hasta mi liberación, y la última confesión y comunión del Sr. Pineda, de sus dos hijos y de su futuro yerno. ¡Qué pena y qué emoción!
El día transcurrió como el anterior, pero con dos novedades: el encuentro con don Bernardo, que regresaba del “Pilón” provisto de un carnet socialista y con noticias de su casa y la visita de mi tío Faustino, que había estado con mis padres.
Cuando acudí a la casa de “Los Villarejos”, capté una ingenuidad de la sobrina pequeña de los dueños, la cual me espetó a boca de jarro la siguiente pregunta: “¿Es cierto que se va Vd. porque los de Alcaudete lo quieren matar?
Como es cierto que los niños dicen las verdades, procuré investigar y supe que, en efecto, estaban decididos los de Alcaudete a venir por mí. Esta noticia me hizo explicarme el viaje precipitado de Julián, el miliciano novio de la Presenta, y la expresión que me dirigió ella diciéndome que dejaba la casa. Una vez comprobado que se me preparaba la celada, salí de la casa acompañado del simpático e inteligente Miguel, y me dirigí a la labranza del tío Feliciano, pidiéndole que me ocultase en sitio donde ni los pájaros pudieran llegar.
Me trató con gran afabilidad, me dio de cenar leche en un cántaro roto y me invitó a dormir en el chozo. A poco, se oyeron los ladridos de los perros y voces de hombres, que eran, por fortuna, Arias, el criado de Bautista, y el simpático Moisés, los cuales me traían encargo urgente de salir porque los de Alcaudete, según noticias recibidas en el mismo pueblo por tío Atanasio y en Talavera por mi hermana, querían a todo trance prenderme y vendrían aquella misma noche o al día siguiente de madrugada. Aquí empezó la peregrinación.
En la era de “Los Peazones” esperaba Eusebio, el fiel criado de tío Atanasio, quien nos consoló diciendo que íbamos a escondernos, aunque creía que esos cafres darían con nosotros.
Empezamos a caminar por terreno labrado, fuera de camino, guiados por Bautista y, tras mucho andar tropezando y cayendo, llegamos a una loma donde se dispuso que pasáramos la noche arropados cada uno con una manta de mulas. El colchón era la tierra, con las hendiduras de los surcos, la lana, el rastrojo; la cabecera, mi chaqueta y mi gorra. Y no digo más porque no lo había.

Mes de agosto

Día 1. El nuevo mes nos iluminó con la tempranera luz de su primer día, que tenía ancho campo para llegar hasta nuestra alcoba. Con la luz, del día, sobre las cinco de la mañana, pude darme perfecta cuenta del sitio en que nos encontrábamos, a pocos metros de un trigal y en frente de la labranza “La Madroña”.
El plan era ocultarnos detrás de unas carrascas, casi tan altos como yo, para ver si el enemigo llegaba, sin que él pudiera vernos a nosotros. Entretanto, se hacía una campaña en el pueblo para hacer creer a todos, amigos y no amigos, que habíamos ido a las sierras: no tenían que vernos ni los hijos de Bautista, que estaban en la labranza.
Cuando nos cansamos de mirar y no ver a nadie, y fuimos sintiendo los efectos del sol, salimos del trigal para buscar la sombra de una encina próxima, la cual por desgracia, estaba en terreno ya segado. Pero la habilidad de don Bernardo halló feliz solución, acercando haces y preparando una magnífica sombra. Faltaba un elemento importante, la comida.
Hacia la una llegó nuestro querido seminarista Eustasio, montado en una burra, que portaba unas aguaderas bien provistas. Comimos bien y hasta tuvimos segundo plato, que fue leche. El problema del agua se solucionó yendo Eustasio a un pozo cercano, a llenar el cántaro. Excusado es decir que con el cántaro tuvimos agua para beber dos días y hasta para lavarnos un poquito (sin desperdiciar mucho) y que en las aguaderas venía también una tartera con queso y lomo.
El día no se presentaba mal: los de Alcaudete no habían ido a “Los Villajeros”. Pepe Gómez, que había llegado a La Fresneda, había dado noticias optimistas y nosotros teníamos comida por entonces. ¿Qué más habíamos de pedir? Lo peor era que no podíamos decir misa.

Día 2. Se repite lo del día anterior con ligeras modificaciones. Por la mañana viene tío Atanasio con su yegua a traernos el desayuno y, como de lejos oíamos la yegua y no conocíamos al jinete, empezamos a pensar que sería un escopetero rojo y rezamos el Acto de Contrición por lo que pudiera tronar. Tío Atanasio nos trajo una carta de la esposa de Pepe Gómez a su marido, en la que daba noticias interesantes de la marcha de la campaña. Por la tarde nos llevó la cena Moisés.

Día 3. Llegó a visitarnos y a llevarnos el desayuno tío Atanasio, quien nos animó a acercarnos más al pueblo. Bajamos al valle. Yo, estrenando las alpargatas de tres reales, que recibieron con aquella caminata un golpe de muerte, siguiendo a tío Atanasio que cabalgaba en su yegua llevaba en una mano las bridas y en la otra el cántaro vacío.
Nos escondimos en una ladera, hablamos de la caza de perdiz, vimos a un pastorcito el cual también nos vio a nosotros, y planeamos el viaje a sitio seguro. Una vez que tío Atanasio fue al pueblo, don Bernardo bajó a un pozo a llenar el cántaro y yo crucé a otro valle y empecé a subir otro monte, cargado con las alforjas y varias mantas de las mulas.
Por fin nos juntamos debajo de un árbol y continuamos nuestra ascensión hasta llegar a una viña, cuyas tapias saltamos. Allí pasamos el día. A las 8 de la noche vino Bautista trayéndonos la cena y la ropa para mudarnos. Comenzamos a bajar y llegamos a unas parras, bajo cuyos pámpanos nos echamos a dormir tranquilamente.

Día 4. Hacia las 7 nos visitó tío Atanasio, que traía su cabra para disimular. Se pensó trasladarnos a un trigal próximo, propiedad de tío Atanasio, y para ello hubo que aprovechar el momento en que Eulalio, que segaba cerca de nosotros, miraba al lado opuesto. La travesía se hizo sin novedad.
Cuando penetramos en el trigal y, dentro de él, nos cobijamos bajo la colosal encina, capaz de recoger a una docena de personas, cuyas ramas bajaban hasta tocar las mieses, respiramos a pleno pulmón viendo que desde fuera nadie podía vernos y que nosotros podíamos observar todo nuestro frente.

Día 5. Bien de mañana, antes de las 5, aparecían en la loma opuesta los pastorcillos y vaquerillos del pueblo, particularmente el de tío Casimiro, muy rabioso, por cierto. Nos traía el desayuno tío Atanasio o su cuñado el tío Emeterio, que por tener el huerto en el valle y las olivas tocando el trigal, decía que no “se escalece nadie” de que viniera.
Hacia mediodía vimos a otros personajes que no eran tan agradables como los queridos que nos traían el desayuno: eran dos escopeteros de Alcaudete que buscaban algo. Felizmente buscaban perdices en vez de curas y las piedras que tiraban al valle y las miradas que echaban en dirección de nuestro escondite, eran mucho más inocentes de lo que nosotros pensábamos. Por fin, remontaron y traspasaron la cima del montecillo, dejándonos tranquilos.
Por la noche también se nos traía la cena; los emisarios eran Bautista o tío Emeterio.

Día 6. Se repetía lo del día anterior sin lo de los escopeteros, pero con la visita de una regular culebra que nos venía a hacer los honores, la muy coquetona, pensando sin duda que la íbamos a obsequiar con la leche sobrante de nuestro café, cuyo olor la atraía irresistiblemente. Don Bernardo se encargó de desengañarla con certeros cantazos.
En este día se empezó a segar el trigo en que estábamos escondidos, y uno de los segadores era el tío Columbano, el alguacil, que demostró en una conversación, que seguíamos sin que él se percatase, su entrañable amor a los curas, deseando azotarlos con cardos.

Día 7. Como la noche anterior me habían entregado carta de Mercedes con la grata noticia de que estaba bien toda la familia del Sr. Cardenal, me sentí agradecido al cartero Cayetano, cuyo santo era este día, y me decidí a felicitarle haciendo unos ripiosos versos que declaraban un poco veladamente nuestro escondite.
Por la tarde vino a vernos tío Atanasio y nos mandó bajar del escondite para trasladarnos a otra mansión más cercana al pueblo. Con toda suerte de precauciones llegamos al pueblo sobre las 9, y entramos en casa de Bautista. No sé qué impresión extraña y extraordinariamente agradable recibí, al poder cenar debajo de techado. Aprovechamos el tiempo para afeitarnos, para cenar y para leer las noticias que nos traía Pepe Gómez, recién recibidas de su esposa.
Después de cenar, serían casi las 11, nos trasladamos al guango de tío Pedro. El sitio era verdaderamente estratégico y señorial. Había sido construido para guardar paja, pero hacía varios años que estaba abandonado. Tenía dos pisos, pero el entarimado de arriba, o sea, las cañas, llegaban tan solo a la mitad, y las que restaban eran extremadamente endebles, lo cual me permitió meter toda la pierna cuando intenté echarme a dormir.
La parte de abajo era estercolero. Había una puerta de una anchura más que regular, pero abierta completamente por falta de maderas; las escaleras eran un yugo y arriba había una puertecilla que no tenía picaporte ni llave, y dos vanos de ventana. El sitio era estratégico porque estaba encima del pueblo, al cual dominaba totalmente, porque estaba a la vera del camino que habían de llevar nuestros perseguidores, y porque no había posibilidad de cerrarse.
Pero todas estas condiciones hacían menos probable que se sospechara de nuestra estancia allí.

Día 8. La cabra de tío Atanasio cubría toda la trampa, porque con ella salía nuestro buen amigo llevando en un caldero nuestro desayuno, cubierto con hojas de parra. Todo el día quedábamos solos y al atardecer, recibíamos de nuevo la visita de tío Atanasio o de Bautista para traernos la cena.

Día 9. Serían las 12 de la mañana y teníamos entre nosotros a tío Atanasio, cuando al mirar por una de las muy amplias ventanas, vimos un caballo atado a la ventana. Bajó tío Atanasio y después supimos que no tenía la cosa importancia. Por la tarde vimos escopeteros de Alcaudete, a los hijos de tío Macario que iban hacia Torrecilla y a cuatro milicianos de Torrecilla, que regresaron a su pueblo pasando muy cerca de nosotros; estos habían ido al pueblo a exigir dos jamones.
Por una equivocación de las beneméritas esposas de nuestros protectores, nos encontramos este día con abundante comida y con gazpacho, pero con una cuchara del café para los dos. La maña de don Bernardo suplió la deficiencia.

Día 10. Nada de particular. Continuamos en nuestro palacio encantado, pero con el alma en un hilo temiendo que algún indiscreto muchacho viniese a coger nidos, o que algún otro personaje quisiera refugiarse allí, y topara con nosotros. Venturosamente, sólo una gallina se atrevió a turbar nuestra soledad.
Por la tarde apareció Apolonio, que estaba un poco enfermo, el cual nos dijo que íbamos a ser trasladados a su pajar. Bajamos por su era, penetramos en la casa, cenamos lo que la buenísima María nos había preparado y pasamos al pajar. Era esta pieza digna de estudio: una habitación en el alto, especie de troje, que no tocaba la pared por uno de sus extremos; el hueco que quedaba entre el final de las tablas y la pared, constituía la “pajera” y en ella estaba la escalera, por donde subíamos.
Nos acostamos sobre unos costales de paja y nos pareció comodísima vivienda, aunque a don Bernardo le preocupaba un poco la vecindad de los ratones que daban muestras de impaciencia por encontrarse con nuevos vecinos.

Día 11. Por la mañana pudimos examinar detenidamente la nueva residencia. Hacia las 7 nos subieron el desayuno, nos lavamos y se nos facilitó todo un cúmulo de cosas útiles, tales como un taburete que haría de mesa y a lo mejor de silla, un farol, un caldero lleno de agua y una saca de paja grande. El día transcurrió sin novedad. Recibimos la visita de tío Atanasio.

Día 12. El día fue movidísimo. A las 11 recibimos el primer susto por haber escuchado el comentario que hacía María sobre una visita que acababa de llegar y que vería la cama sin sábanas. Nosotros creímos que se trataba de un registro de los rojos, y era simplemente una visita de cortesía de Arias, de su sobrino Miguel, que venían a saber las noticias que la noche anterior había captado Apolonio en el Salto de Forero.
Hacia las dos de la tarde vino el susto de veras. Apareció en nuestro pajar María dándonos la noticia de que habían llegado varios milicianos diciendo “salud, salud”, y preguntando por Bautista. Era lo suficiente para ponernos en guardia. Después llegó muy azorado Apolonio, mandándonos saltar del pajar y tirar todos los libros que teníamos porque nos buscaban en firme, decididos a registrar todas las casas. Salimos del pajar, saltamos la tapia pasando a casa de tío Emeterio y metiéndonos en la tercera de las pocilgas de cerdos que había en el corral.
Allí pasamos un rato amargo, unas dos horas. Los sentimos decir que a los curas había que matarlos a todos “porque no hacen más que engañar a la gente y sacar dinero”. Oímos un tiro y pensamos que habían matado a Bautista por no querer descubrirnos y nos preparamos para morir.
Por fortuna, la cosa había sucedido de esta manera: se presentaron unos 17 escopeteros, en su mayoría de Belvis, preguntando por los curas y por Bautista. Bautista estaba en su labranza y Justa, cuando regresaba de llevarle la comida, dijo a los que la preguntaban que los curas habían sido despedidos cuando el alcalde pasó aviso de que no podían continuar en el pueblo, y que de esto hacía 15 días.
Esta fecha coincidió con la que habían dado en “Los Villarejos”, y con lo que les dijo tío Atanasio. Pidieron de comer y se les proporcionó en casa de tío Atanasio, pero no contentos algunos con huevos y chorizos, salieron a matar alguna gallina, y este fue el tiro que oímos. Como el tiro sonó cerca de tía Ana, la buena mujer enfermó y empezó a dar gritos, con lo cual nos hizo un favor, porque se marcharon los milicianos apresuradamente.
La razón de buscarnos era la siguiente: un pastorcillo había dicho que los curas nadaban por riberos de La Fresneda, y uno del Comité de Belvis mandó a una cuadrilla de los más brutos, con orden de fusilarnos en medio de la plaza de La Fresneda, porque andábamos cerca de donde trillaba un hijo suyo y éramos capaces de asesinarle. 
Esta misma tarde salieron para Madrid los sobrinos de don José Pardo. Cuando salimos de la pocilga, vimos que Apolonio había llevado un sofocón tremendo porque le habían amenazado con fusilarle a él si no decía dónde estábamos. Se decidió que saliéramos nuevamente al campo, lo cual efectuamos después de cenar, habiendo recibido noticias de mi hermano y del de don Bernardo.
La salida fue hacia las diez de la noche, en dirección al trigal de “La Madroña”. Llegamos muy cerca de las doce, muy cansados del caminar y del susto de la tarde.

Día 14. Vigilia de la Asunción. Sin más novedad que la lluvia tenue de por la tarde y un fuerte dolor de cabeza que atacó a don Bernardo. Por lo demás, las necesarias precauciones para que no nos vieran los pastores y porquerillos que por allí andaban.
A la caída de la tarde vino Bautista y nos trajo comida caliente. Cuando anocheció hicimos una salida para encontrar el manantial del agua, con el cual dio don Bernardo gracias a su conocimiento de los terrenos de labor.

Día 15. Asunción de la Santísima Virgen. La celebramos sufriendo los rigores del calor, añorando la compañía de los sacerdotes de nuestra parroquia de Talavera, de los que no sabíamos nada absolutamente. Por la tarde no llegó Bautista, según nos había prometido, y con esto pasé una noche, la más triste y angustiosa que recuerdo, temiendo que no hubiera venido por haber sido apresado por los milicianos rojos.

Día 16. Vimos a Eustasio que guiaba a los cerdos con su característica calma, lo cual me tranquilizó algo. A mediodía nos trajo la comida y que todo iba bien, y que por la noche bajaríamos al pueblo.
A las 9 de la noche llegó Bautista y nos condujo al pueblo con toda clase de precauciones. Quizás pasaron de ciento las paradas que hicimos en el camino. Al llegar a la entrada del pueblo, topamos con tío Atanasio quien  nos dijo que no había dicho nada a Apolonio y que por aquella anoche fuéramos al guango de tío Pedro. Lo hicimos y nos acostamos sin cenar y sin agua. 

Día 17. A las tres de la madrugada vino tío Atanasio y nos llevó a su casa, metiéndonos en una habitación donde había dos camas. A pesar de haber perdido la costumbre, certifico que dormí en colchón muy ricamente. No hay palabras para alabar la valentía de tío Atanasio al meternos en su casa, la más céntrica del pueblo y la más concurrida.
El problema de mantener la incógnita no era muy fácil del todo. En la casa había cinco hijas y las tres mayores tuvieron que enterarse enseguida; a las dos pequeñas había que ocultárselo a todo trance, y para ello había que inventar muchas evasivas cuando la Mere quería entrar en la habitación a mirarse en el espejo grande.
Pasábamos el día cerrados por dentro con llave, poniendo a régimen hasta los estornudos. No se abría más que a los iniciados, y cuando salíamos a la cocina grande a desayunar o a comer, teníamos que cuidar mucho de no rozar el plato con el cubierto, porque de lo contrario, tío Pedro, que estaba invariablemente sentado debajo de la ventana de la cocina, se hubiera percatado. Por la noche cenábamos en la otra cocina que da al corral y salíamos sin luz a tomar el fresco, a charlar con tío Atanasio.

Días 18-27. Pasábamos los días en nuestra habitación, con toda suerte de consideraciones y toda suerte de comentarios con las visitas que teníamos, que se reducían a la familia, a Bautista y a Apolonio. Con frecuencia mandábamos a tío Atanasio a preguntar noticias en Alcaudete, las cuales nos consolaban. También tuvimos con frecuencia carta de mi casa, con noticias terribles sobre la crueldad de los socialistas.
En este tiempo los episodios más curiosos fueron los siguientes:
1. Una noche estábamos tomando el fresco en el patio, cuando oímos en corto intervalo cuatro disparos de escopeta. Se asomó tío Atanasio y la tía Ana le dijo que bajara, que la guardia había sido atacada y que al repeler la agresión, habían tumbado a un hombre. Salió tío Atanasio, estuvo haciendo guardia con el alcalde y el alguacil, y se percataron de que nadie había intentado agredir. Resultó muy cómico todo esto.
2. Otra noche nos dijo tío Atanasio que había llegado su hermano Cipriano, pero que de momento no quería que nos viese. En esto entra tío Cipriano en el patio donde estábamos nosotros, y al sorprendernos, don Bernardo se acercó a una de las columnas y yo me eché al suelo, pero tío Cipriano se percató y precisamente había hecho el viaje para entregarme una carta de mi hermano. Tío Cipriano se entretuvo hablando conmigo y su hermano Casimiro entró a despedirse de él, y poco faltó para que nos viese.

Día 28. Había salido por la mañana tío Atanasio a escuchar los cañonazos acompañado de Apolonio, cuando volvió corriendo a decirnos que saliéramos de la habitación y subiéramos a la hacina de leña que había en el corral, porque se acercaban al pueblo unos cuantos a caballo y desconocidos. Subimos al inverosímil escondite y allí permanecimos cinco cuartos de hora, sudando por el calor y por el apuro del momento.
Oíamos decir a las mujeres que venían buscando a dos que tenían cogidos los de Alcaudete, y en la Fresneda no había otros dos sospechosos fuera de nosotros.
A poco, una niña de la casa dijo que la camioneta que acababa de llegar al pueblo iba a coger a tío Atanasio, con lo cual nos confirmamos en que estábamos descubiertos y nos preparamos a morir. Afortunadamente, tío Atanasio supo despistar a los valientes milicianos de Torrecilla, que iban buscando una cosa que no sabían qué era y los mandó a “Los Villarejos”, volviendo a decirnos que estuviéramos tranquilos y que bajáramos de nuestro escondite.
Estábamos de nuevo en la habitación, cuando las pisadas de unos caballos delataron la presencia de los milicianos y, poco después, la voz de tío Atanasio nos sacó de dudas, diciéndonos que cerráramos la ventana porque los milicianos iban a comer en su casa, pared por medio con nosotros.
Conocí en la voz a Gerardo, mi antiguo amigo, que formaba parte de la expedición y que ellos eran unos “espartanos”. ¿Quién se lo habría enseñado? Entretanto, el Bartolo, jefe de la expedición, decía que tenía una pena muy grande en el corazón, porque había ido a La Fresneda por dos y no los había encontrado. Y con todo, y a pesar de la pena del corazón, comían, bebían y se consideraban felices.
Tío Atanasio les daba bien el paripé. Por fin, marcharon estos y después los de la camioneta del carbón con el tío Lucas, de Alcaudete, dejándonos libres después del susto número tres.
Por la noche había que trasladarnos porque el maestro tenía que venir pronto y las mujeres de la casa se disponían a blanquear la habitación. Muy cerca de las doce y media de la noche, bajó Apolonio de su era, en la que se había entretenido en limpiar grano hasta aquellas horas, y avisó a tío Atanasio que los guardias del pueblo ya se habían ido a acostar.
La travesía se hizo con toda felicidad, a pesar de la luna llena. El magnífico pajar había sufrido notables mejoras: la pajera se había llenado de paja y el boquerón se había tapado. La subida era de lo más ingeniosa, porque era menester subirse encima de una pesebrera, levantar dos tablas que estaban desclavadas y sobrepuestas, apoyarse en los travesaños y dar un salto más que regular.
Arriba quedaba un trecho como de tres metros sin paja, que era la parte donde pasábamos el día y la noche. La cama era la consabida saca de paja y el abrigo de la bien conocida y sobada manta de las mulas de Bautista. Como la luz que entraba por el boquerón estaba impedida, hubo que arrancar algunos adobes de la parte opuesta que daba al corral, con lo cual nos entraba claridad suficiente para leer. Tal era la pieza en que pasamos quince días.

Días 29 agosto-12 septiembre. Se pasaron en el pajar. El reglamento era el siguiente: nos levantábamos cuando bien nos parecía. Yo, nunca muy temprano para que se hiciese el tiempo menos largo. Hacia las 8, se nos servía el desayuno con todo cuidado y cariño. Unas veces proveía Justa y otras, María. Dos calderos de agua fresca del pozo nos proporcionaban aseo y nos refrescaban. La mañana se pasaba rezando, charlando poco y bajo, paseando y, a ratos, trinando.
El peligro duraba de las 10 de la mañana a las tres de la tarde; pasada esta hora, era poco probable la llegada de milicianos forasteros. Comíamos a la una. Dormíamos siesta, cenábamos a las 8 y recibíamos las visitas poco antes o poco después de la cena. Me parece que no cabe mayor señorío en un pajar. 

Episodios

En este tiempo hubo ratos de susto y de risas. Véanse modelos:
1. Tenía Apolonio un criado que no se había enterado de que tenía vecinos en el pajar. Una noche, el día del santo de la madre de María, cenaron en aquella casa todos los de la de Apolonio, hasta el criado.
Entretanto, vino a charlar con nosotros Bautista, encendiendo el farol y no nos cuidamos de ocultar el reflejo de la luz. Vino el criado y al ver luz en el pajar, creyó que había fuego y fue corriendo a llamar a su amo. Este le convenció de que no había fuego y que era la luz del farol de Juan, el yerno de tío Cipriano que había llegado aquella noche de Torrecilla.
2. Cuando las tropas nacionales se acercaban a Talavera, visitaban el pueblo milicianos rojos, quizás porque venían huyendo. Cuando aparecían, recibíamos orden de preparar el tinglado, que consistía en poner las sacas sobre las tablas desclavadas, llenar de paja todas las rendijas y ocultar entre la paja todos los libros, la palangana, el botijo y el farol. Llegamos a ensuciar de esa forma nuestro palacete hasta dos veces, pero en ninguna de las dos ocasiones había peligro real.

Conquista de Talavera

Tenía para nosotros particular interés por razones fáciles de averiguar. Supimos que las tropas se acercaban porque el cañoneo era incesante, particularmente por las mañanas; pero después de haber sabido que estaban en Calera, llegaron unos milicianos de Alcaudete diciendo que se había destrozado la columna del ejército, y que habían perecido unos cuarenta, según unos; todos, según otra versión.
Uno de los que tales cosas estaba diciendo, se sinceró ante tío Atanasio y ante el maestro, asegurando que él era fascista, sobrino de un sacerdote y que todo aquello era falso, que la verdad era totalmente lo opuesto.
El día 3 se notó cierto trasiego de gente por aquel pueblecito, y hasta se llegó a decir que los moros estaban en las vegas de Talavera. Por la noche, el alcalde requirió la presencia de más vecinos para que hiciesen guardia con él, y entre ellos estuvieron Bautista y Apolonio.
Sobre las 10 llegó Bautista diciendo que había buenas impresiones, y bien de madrugada llegaron Apolonio y Justa, alborozados, diciendo que Talavera se había tomado y que el Comité de Alcaudete había huido.
Cuando comentábamos todo esto, oímos griterío de la gente del pueblo porque llegaba un soldado que había podido escapar de Talavera, el cual confirmó la toma de Talavera añadiendo detalles hermosos.
A partir de este día, no se tuvo gran interés en mantener la incógnita de nosotros, y se empezó a esparcir la noticia entre las gentes más allegadas, hasta que a los pocos días pasaban de veinte las personas enteradas de nuestra estancia en el pajar.
Empezamos a pensar en nuestro viaje a Talavera, pero convinimos en que había que refrenar las impaciencias de don Bernardo, esperando a que se pacificara toda la provincia, lo cual, creímos que había de ser labor de pocos, muy pocos días.
Nos equivocamos de medio a medio. A los pocos días, sería el día 9, volvió el maestro diciendo que Talavera estaba a punto de ser nuevamente tomada por los rojos, que en las barrancas había muchos miles de milicianos que tenían rodeada la ciudad por todas partes, etc. Entretanto, todos los días se oían cañonazos y nosotros veíamos la salida más difícil cada día.
Se pasó aviso de que los de Torrecilla querían registrar a Apolonio y a tío Atanasio porque habían ocultado armas, y ante el temor de un registro, tuvimos que salir el día 12, por la noche, hacia un valle.
Anduvimos más de media hora, guiados por Bautista; llegamos a un abrevadero, subimos una cuestecita y nos paramos en medio de un valle, debajo de unas coscojas, donde dormimos. Velaba nuestro sueño un bichito, que andaba cerca de nosotros meneando la cacerola donde teníamos la comida, y por no ser menos, una zorra nos saludó muy de mañana con tono bien desentonado desde la cumbre del cerro.

Día 13. Cuando amaneció, salimos de nuestro escondite para buscar otro mejor, y nos colocamos en otra coscoja más ancha, impenetrable para todos menos para nosotros, a quienes el miedo daba ánimo para superar los obstáculos. Pasamos el día tranquilos, sintiendo a las perdices que pasaban cerca de nosotros sin ser molestadas. Solamente a la caída de la tarde, se les antojó a unas urracas llegar hasta aquellos arbolitos, y armar escándalo por habernos visto. Como no servían razones y se trataba de unas cincuenta urracas, que chillaban cada una por veinticinco, nos hicieron pasar un rato de malhumor porque el graznido de aquellos animales podía delatarnos a un pastor que por allí había.
Hacia las 9 de la noche, salimos y nos dirigimos al guango de tío Pedro, cruzándonos con Bautista, que al llegar al sitio y no vernos, temió que nos hubiesen encontrado y nos hubiesen llevado.
En el guango de tío Pedro, vimos a tío Atanasio que había estado todo el día fuera de su casa. Cenamos con él y en su compañía estuvimos unas horas. Sobre las 12, cuando todas las puertas se habían cerrado y hasta los rondadores mozuelos se habían retirado de las ventanas, bajamos al pueblo dispuestos a entrar en otro pajar.
Como el maestro estaba en casa de tío Atanasio, no era posible establecernos en la habitación de antaño, sino que hubo que escoger el pajar, penetrando en él por el boquerón. Bien de mañana, el dueño clavó o cerró la puerta con el pretexto de que los chiquillos subían a jugar al pajar. Quedamos casi sin luz; así pasamos este día con la visita del simpático Eusebio, que olió enseguida que había curas, y charlando con Moisés y con los restantes de aquella familia tan apreciada. Era de vernos cenar con la palangana puesta sobre el farol para que no saliera la luz por las rendijas de la ventana. Así pasó el día 14.

Día 15. Oímos cañonazos desde por la mañana y supimos que un miliciano pasaba diciendo que tenía todo ganado y que él iba con cinco días de permiso. También muy de mañana, llegó Juan al pueblo a ver a su esposa que estaba allí, y dijo que los milicianos iban requisando los colchones de todas las casas para un hospital de sangre que habían establecido en San Bartolomé de las Abiertas. Ante el temor de perder los colchones, las mujeres de la vecindad se volvían locas buscando sitios seguros donde ocultarlos, yendo una buena familia a esconderlos debajo de nuestro pajar.
Escuchábamos nosotros los comentarios cómicos de la gente y contemplábamos los afanes, cuando una mano de chiquillo levanta una tabla de nuestro piso y asoma el rostro de un hombre. Nosotros creyéndonos ya descubiertos, corrimos por la paja desarrollando una escena que debió de ser cómica en extremo.
Por la noche llegaron a La Fresneda nuestros amigos de Torrecilla, tío Gregorio y tío Carlos con sus dos hijos, los cuales avisaron a tío Atanasio de que corría peligro. Tuvieron un concilio en una era y se convino en que había que huir a Talavera. Después de la reunión, acudió tío Atanasio a su casa, y sobre las dos de la madrugada, nos envió al valle ya nombrado a refugiarnos en las coscojas.

Día 16. Lo pasamos en el mismo sitio del día 13, oyendo toda la mañana y toda la tarde la explosión de bombas y el retumbar de cañones en la dirección de Talavera.
Por la tarde vino a nuestro encuentro Apolonio, quien con su laconismo característico nos dijo que habían volado diecinueve aeroplanos nuestros y que habían destrozado una columna roja, que iba sobre Talavera atacando en el puente de Alberche. A mí me pareció ocasión favorable aquella derrota de los rojos para emprender nuestra huida a Talavera, pero se quiso pedir el parecer de todos los compañeros de Torrecilla, el cual fue negativo.
Después de cenar, esperamos debajo de una higuera la llegada de Bautista con tío Cipriano, que había de ser nuestro compañero aquella noche. Cuando llegó y nos saludamos con efusión, empezamos a caminar subiendo siempre hasta el sitio llamado “Valle Collado”, donde había un chozo de pastores de tío Casimiro abandonado. En él pasamos la noche.

Día 17. Amanecimos con frío y con el botijo sin agua. Esto se solucionó bajando tío Cipriano a surtirse en el pozo que allí hay. Pero las subsistencias estaban algo escasas,  porque para tres teníamos medio pan y un melón pequeño. A pesar de eso, tuvimos para desayunar y para comer. El día lo pasamos en la sierra de las gatas, hasta las 7 de la tarde.
Hacia las 5 de la tarde, llegó Santos a decir a tío Cipriano que su esposa había llegado con el encargo de que se presentara él con 100 ptas., y que de no presentarse antes de las 5 en Torrecilla, serían todos declarados fascistas. Naturalmente se decretó por el triunvirato que no era prudente presentarse y que era urgente huir hacia Talavera. Todos los demás fugitivos, escondidos en distintos montes de las cercanías, estaban dispuestos a huir también.
Cuando anochecía, nos fuimos acercando al pueblo y nos encontramos a Apolonio vestido de majo, que iba a buscar una pistola que tenía escondida en un huerto. Más adelante nos esperaba Bautista, que había mandado a un hermano suyo a enterarse de la disposición de las guardias rojas. Acudió el hermano con noticias altamente pesimistas, diciendo que las guardias se habían reforzado y que no era posible pasar.
Con estas noticias empezamos a caminar hacia la labranza “El Rosal”, donde nos esperaban los compañeros de expedición. Antes, hubimos de sufrir la despedida de la familia de tío Atanasio, de Elisa la de tío Cipriano, cuyo padre y marido huían con tan pocas esperanzas de salvarse.
Por fin, llegamos al “Rosal” y nos encontramos con unos quince que nos esperaban con cena, dispuestos a emprender el viaje, a pesar de las noticias alarmantes que nosotros llevábamos.

Viaje a Talavera

Salimos del “Rosal” once; a saber: don José Arias, tío Carlos con sus dos hijas, tío Atanasio con Moisés, tío Cipriano, Apolonio, don Bernardo y yo, armados  con sendos garrotes para apoyarnos. Todas nuestras armas se reducían a dos pistolones que llevaban tío Atanasio y Apolonio, con seis cápsulas uno, y con catorce el otro. Las provisiones, incluidas en unas alforjas blancas, eran dos panes. La indumentaria, a placer, notando que solamente don Bernardo llevaba zapatos; los demás, sandalias o alpargatas, a excepción de don José que llevaba, para variar, una sandalia y una alpargata.
Yo vestía muy decentemente: llevaba camisa prestada, que me venía bastante corta, traje que fue nuevo el día 21 de julio a la salida del comercio, cuello desabrochado por falta de corbata, que se quedó en el pueblo junto con la gorra, y por fin, alpargatas que me habían costado tres reales y que llevaban ya varias ascensiones por los montes.
No quiero mentar la barba de nueve días y los calcetines caídos por falta de ligas, que hacían muy bien su servicio atando el pantalón, que dejaba al aire lo suficiente de la pierna para recibir las caricias de los abrojos.
El guía era tío Carlos y el plan el siguiente: habíamos de encaminarnos a la labranza llamada “Mecachón”; en ella tío Carlos llamaría al encargado, quien nos daría noticias ciertas sobre la situación de las guardias rojas. Si podíamos pasar aquella noche, lo haríamos; de lo contrario, quedaríamos ocultos todo el día en la finca. Las pistolas tenían por finalidad divertir con su detonación al guardia rojo que nos echara el alto.
Comenzamos a caminar a las ocho y media, y nuestro viaje parecía algo de película. Atravesábamos un campo lleno de abrojos, salíamos a un camino, lo dejábamos; tomábamos la derecha, torcíamos a la izquierda; subíamos un repecho que nos hacía sudar, bajábamos a un valle; parábamos en seco por la llamada de alguno de los más peritos que aseguraba que íbamos extraviados; se deliberaba, se descansaba, se desandaba lo andado, volvíamos a pisar cardos y a perder tiempo.
Pasamos rozando dos labranzas, con el consiguiente ladrido de los perros y, por fin, llegamos a camino abierto; por él habíamos de caminar hasta llegar a La Laguna. Pero cuando llevábamos como una hora en aquel camino, sentimos el reflejo de unos faros de automóvil que nos buscaban insistentemente: eran los faros que tenían los rojos a poca distancia de nosotros. Ante esta sorpresa, no hubo más remedio que correr hacia la izquierda, tumbándonos en un olivar. El plan no podía ya desarrollarse como estaba previsto, y había que buscar en otra dirección la labranza “Mecachón”. Volvimos sobre nuestros pasos, atravesamos surcos y cardos, y bajamos a un valle donde había una noria; aquel agua, bebida algo después de las doce de la noche, era un regalo delicioso y proporcionaba refrigerio y descanso de diez minutos (lo que tardamos en beber todos). Llevábamos unas cuatro horas caminando.
Continuamos nuestro camino y topamos con una labranza, que bien podía ser “Mecachón”. Una media docena de perros enormes y enormemente escandalosos nos quería cerrar el paso, pero nos dejaron avanzar aunque siguiéndonos con sus ladridos largo rato. Quisimos hablar con el pastor, pero no había tal pastor por todo aquel paraje. Avanzamos, anduvimos, subimos cuestas, pisamos agua, trepamos por un zarzal que nos obsequió con algunas de sus primorosas espinitas, y recibimos orden de formar en fila india y en silencio absoluto porque estábamos atravesando el sitio de más peligro, ya que bordeábamos un monte en cuya cima y en la falda opuesta, tenían sus posiciones los rojos.
Buscábamos la labranza de “Mecachón”, pero ni encontrábamos ni había tiempo que perder porque eran más de las dos y media de la madrugada y pronto comenzaría a alborear. Volvimos al charco que habíamos dejado antes, buscamos el cauce del arroyo, tomamos el camino que seguía la dirección del agua y nos decidimos a tomar por guía el curso del arroyo, que nos conduciría, sin saber, al río Tajo y por ende a Talavera, sin saber a dónde nos meteríamos entretanto.
Caminamos, salimos a un arenal y, por fin, dejamos atrás los montes de “Los Baldíos”. En este punto se me acerca tío Atanasio con su pistolón, que no dejaba de la mano, y me dice: “Estamos salvados”. Habíamos atravesado las guardias y dábamos vista a la labranza del “Pino”, sitio muy conocido y en término de Talavera.
Como eran las cuatro y media cuando llegamos a las vegas, se convino que esperáramos la luz del día por temor a cualquier percance desagradable con las guardias moras. Nos sentamos o medio tumbados al abrigo de una retama; se comentó el caso, se escondieron los pistolones, los fumadores, a pesar de las protestas de la mayoría, se empeñaron en echar humo, y entretanto no nos dábamos cuenta de que el frío nos entumecía y nos impedía caminar los cuatro kilómetros que nos restaban.
Muy de cerca de las 6, nos aproximamos precedidos de uno de la comitiva, que llevaba colgado su pañuelo a una vara a guisa de pendón; los demás, llevábamos el pañuelo en la mano.
Un moro nos llamó, varios se acercaron, se pasó aviso a un teniente, que acudió soñoliento, y nos mandaron al capitán.
Una vez entre los moros, todo fueron atenciones, hasta se nos invitó a desayunar. Solamente turbó nuestra felicidad la aparición de un avión rojo que descargó cerca de la gasolinera, sin más consecuencias que ser derribado poco después por uno de nuestros “cazas”.
De “El vivero” donde prestamos declaración ante el Capitán de Regulares, fuimos llevados al cuartel de la Guardia  Civil, donde nos entretuvieron hasta después de las doce. La noticia de nuestra llegada se esparció rápidamente, acudiendo mi padre, mi hermana y mi cuñado.
Mi madre no podía dejar la casa que se había llenado de gente, que iba a felicitarla.
Con la llegada a casa, acompañado de los que me habían salvado, y con las buenas noticias recibidas del Sr. Cardenal, quedé tranquilo, dando gracias a Dios por su especial providencia para con nosotros. Después, ya no he tenido que huir de los rojos toledanos.

Pamplona, 25 de noviembre de 1936