Madre de familia

En la madrugada del 28 al 29 de septiembre de 1936 fueron fusiladas en Campillo de la Jara (Toledo) seis mujeres: Amparo López-Oliva, de 50 años; Julia Reyes García, de 33 años; Eladia Quiroga Oliva de 52 años; Melitona Gómez Ballesteros de 55 años; Segunda Gómez Palomo, de 48 y Patrocinio Moreno Fernández, de 45. En las declaraciones los propios testigos afirman que fueron asesinadas “en represalia  porque sus respectivos maridos se habían unido a las fuerzas nacionales”. El otro delito de que se las acusa era su filiación política: pertenecían a la Acción Popular. Ambos motivos, en principio, no ayudarían en un proceso de canonización, puesto que, como siempre recordamos, junto al perdón que debe ofrecer el mártir, otra de las claves que se investiga es la intención que tiene el que asesina: que sea exclusivamente por odio a la fe. ¿Por qué, pues, tratar el caso de Amparo, si aparentemente las claves no ofrecen dudas: fue por una venganza?
Primero pasemos a conocer el testimonio de nuestra protagonista. Amparo había nacido en Campillo de la Jara (Toledo) el 21 de abril de 1886. Su padre que era el médico-cirujano de esa localidad, se llamaba Casimiro López-Oliva y su madre, Inés Martínez. Casó con Emilio López-Oliva Soria, que ejercerá también como médico, y con quien tendrá cinco hijos: Dolores, Emilio, Inés, Josefa y Amparo.
Una testigo, sobrina del párroco de El Campillo, don Justo Sánchez Jiménez -que logró salvar su vida en los días de la persecución religiosa- y que conoció a doña Amparo (desde 1924 a 1936) declara que la recuerda como “una persona ejemplar como cristiana; socorriendo siempre a la parroquia y al párroco; asistía cada día a Misa… era muy inteligente, sabia, íntegra, piadosa, espiritual, humilde, defensora de la fe, catequista”.

Al asomarnos al periódico “El Castellano”, del 2 de marzo de 1933, podemos leer como Amparo junto a otras dos mujeres ha enviado un telegrama, ni más ni menos que al Presidente del Congreso: “Asociación femenina Acción Popular, 600 asociadasCampillo de la Jara (Toledo) (en 1930 en el pueblo había 1.516 habitantes), protesta respetuosa, pero enérgicamente ante Cortes Constituyentes del proyecto Congregaciones, por atacar sentimiento religiosos mayoría pueblo español y violar derecho educación de los padres reconocido, Constitución. – María Amparo Oliva, Vicenta Mateo, Carmen Quiroga”.

Uno de los momentos de mayor confrontación entre el gobierno republicano y la Iglesia Católica fue la presentación y el debate de la “Ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas”, en los primeros meses de 1933. Así, el 25 de mayo de 1933, cuando ya había sido aprobada por las Cortes aunque faltaba la firma del presidente Alcalá-Zamora, los cardenales y obispos españoles, encabezados por el nuevo arzobispo primado Isidro Gomá (nombrado por Roma el mes anterior), hacían pública una carta episcopal que consideraba la ley “un duro ultraje a los derechos divinos de la Iglesia”, condenaba “todas las injerencias y restricciones con que esta ley de agresiva excepción pone a la Iglesia bajo el dominio del poder civil” y llamaba a la movilización de los católicos. El 3 de junio, al día siguiente de la promulgación de la ley, se hacía pública la encíclica Dilectissima Nobis  (sobre la injusta situación creada a la Iglesia Católica en España) de Pío XI en la que condenaba el “espíritu abiertamente anticristiano” de la Ley de Congregaciones, afirmando que ésta “nunca podrá ser invocada contra los derechos imprescriptibles de la Iglesia”. En la Encíclica se leía: “Ante la amenaza de daños tan enormes, recomendamos de nuevo y vivamente a todos los católicos de España, que, dejando a un lado lamentos y recriminaciones, y subordinando al bien común de la patria y de la religión todo otro ideal, se unan todos disciplinados para la defensa de la fe y para alejar los peligros que amenazan a la misma sociedad civil”.

Con el título “Los desterrados”, Amparo escribe este artículo publicado en “El Castellano”, el 21 de marzo de 1934.
“En las grandes revueltas de los mares, producidas por el temporal, suelen arrojar las olas objetos y aún cadáveres; restos de cosas o seres que fueron y que sólo son ya, cuando más, cuerpos sin alma.
El inmenso mar humano, en sus grandes sacudidas, arroja también a sus orillas seres que son cuerpos sin almas; hombres sin corazón y sin espíritu, que la sociedad expulsa de su seno.

España, nuestra España, sufrió en 1931 una de esas conmociones que todo lo alteran y en ese movimiento producido por aires de fuera, el torbellino encumbró a unos hombres a las alturas del Poder, y formaron lo que se llama el Gobierno de la nación. ¡Y qué Gobierno! ¡Qué leyes las suyas y qué disposiciones! ¿A qué recordarlas, si aún las estamos sufriendo?
Entre las muchas injusticias que se cometieron, una fue la de confinar, la de alejar de su Patria a hombres grandes, que se honran llamándose españoles y que honran a España con serlo. Otros sufren la cárcel, mientras tantos malhechores pululan por las calles y centros, envenenando con sus doctrinas y horrorizando con su conducta. Hubo muchos que sucumbieron, agobiados, rendidos por el sufrimiento, sedientos de justicia. Todos estos hombres, todos estos buenos hijos de España no cometieron otro delito que buscar el bien para ella.
Pero hay entre todos un desterrado, hay un inocente, para el cual no hay que pedir amnistía; no hay que pedir perdón, porque nunca pecó. ¿Qué quién es? Todos lo sabéis. El Crucificado desterrado de las escuelas. No hemos de pedir para Él sino justicia, porque justicia es que presida esos centros donde se educan niños cristianos; donde se educan las generaciones que empiezan a vivir. ¡Vuelve, vuelve, Cristo con tu santa doctrina, cerca de los niños!
Reina en la escuela como reinas en nuestros hogares. ¿Qué mal hace el Crucifijo en la escuela? Su presencia da ejemplo de humanidad y paciencia en la vida que empieza; su doctrina es de paz y en sus brazos abiertos, símbolo de amor, aprenderán los niños, no sólo a perdonar, sino a amar a sus enemigos”.

Todavía hay otro enjundioso artículo, publicado el 16 de enero de 1932. No se ha cumplido el primer año de la Segunda República. Lleva por título: “No queremos frutos laicos. Un ruego a todas las madres católicas de la provincia”. “El Castellano” retitula “Lo que dicen las madres toledanas”. Amparo escribe:
“Frutos laicos” se titula un cuento que yo leí siendo muy joven y que me hizo reír grandemente, pues era la narración del cuadro que ofrecía una familia compuesta del matrimonio y cinco hijos, cinco retoños educados en una escuela laica, que más parecían fierecillas (según los presentaba el autor del cuento) que los niños que iban a la escuela.
Han transcurrido muchos años, treinta, y ahora recuerdo el cuento; pero no me causa risa, me produce pena, porque veo la posibilidad de ver el cuento convertido en realidad y presenciar en muchas casas escenas como las de aquella narración en plazo no lejano, si las madres cristianas no hacemos algo por evitarlo; mejor dicho, por pedir remedio, pues la enseñanza laica es un hecho.
¿Qué se quiere enseñar a los niños en sus años de instrucción primaria? No quieren que los niños tengan idea de Dios… Quieren que la conciencia del niño sea libre. ¿Es que al niño, rebelde por naturaleza, se le va a dejar que haga su capricho? No. Si así fuese, la labor de los maestros se reduciría, cuando enseñan las primeras letras, a instruir a los niños como se enseña a un loro o a una cotorra; pero el niño es algo más que un pájaro que habla: es un ser con alma, con un alma que hay que salvar (aunque los gobernantes quieran olvidarlo),  y a este niño hay que formarle una conciencia. Por eso la labor de los maestros no sólo ha de ser instruir, sino también educar”.

En la fotografía, Amparo, que está bordando un paño, aparece junto a estas señoras a las que instruía en su propia casa.

Una de las hijas de Amparo, religiosa de María Inmaculada, (conocidas popularmente como Hermanas del Servicio Doméstico), afirma haber oído a su madre decir: “-¡Dios mío, mi vida, la de mi marido y la de mis hijos, si es necesario!, pero que en España no se pierda la fe”.

Finalmente, según los testigos, podemos afirmar que Amparo era una “mujer de mucha caridad; daba orden de que los que trabajaban en su casa debían enterarse de qué familias pasaban necesidad (en el pueblo había 4 ó 5 viudas necesitadas) y enviaba a unas de sus hijas a llevar las cosas como si se tratase de un regalo. Si algún hombre quedaba sin trabajo, lo mandaba llamar para “levantar portillos”, y que por la tarde acudiese a la casa para cobrar, “pues no quería que nadie sufriera necesidad”. Era muy sacrificada, y cuando se veía venir la guerra, ayunaba con frecuencia y hacía ayunar a sus hijas (de 15, 17 y 19 años)”.

Al principio del verano de 1936, otra testigo recuerda que doña Amparo “siempre fue muy devota de la Virgen de Guadalupe… cuando se entera de que iban a quemar las imágenes y todos los ornamentos, armonio, casullas, vestiduras sagradas, copones y la custodia, enseguida busca al cabecilla para reprenderle por lo que se disponen a hacer… él con la “cabeza gacha” y en voz baja la contestó compungido: -Es una orden que me mandan hacer”. Otra testigo, completando lo dicho, dicen que se dirigió al alcalde socialista del pueblo y le dijo: -”Macario, vais a echar una mancha para siempre en el pueblo”.

Como relatamos en la primera entrega, la madrugada del 28 al 29 de septiembre de 1936 se trasladó a las seis mujeres a un lugar cercano al Valle de los Avernales, a unos cuatro kilómetros del pueblo del Campillo, donde se las dio muerte, para enterrarlas en la barranca pedrera de dicho valle. El que capitaneaba a los milicianos relató: “…la mujer del médico, ¡vaya valiente! ¡Cómo animaba a las otras! Yo creo que personas de ese temple no debían morir” y le dije: “-Si gritas ¡Viva el comunismo!, te perdono la vida”, y tenía intención de hacerlo, pero en vez de eso, ella contestó: “-Yo no puedo decir eso, solo ¡Viva Cristo Rey!, y cayó”.

 

Monseñor Isidro Gomá. 15 de abril de 1933, nombrado arzobispo de Toledo

Monseñor Isidro Gomá. 15 de abril de 1933, nombrado arzobispo de Toledo

Amparo López-Oliva con su familia

Amparo López-Oliva con su familia

Amparo, que está bordando un paño, aparece junto a estas señoras a las que instruía en su propia casa

Amparo, que está bordando un paño, aparece junto a estas señoras a las que instruía en su propia casa

Amparo López-Oliva, con sus hijas

Amparo López-Oliva, con sus hijas