CECILIA MARÍA OLMEDO LADREDA
Maestra

La muerte del canónigo Antonio Álvarez-Ladreda y Fernández-Peña, el 10 de diciembre de 1921, nos hace entender la presencia en la ciudad Imperial de la asturiana Cecilia Olmedo Ladreda. El sacerdote “muy virtuoso y estimado por sus prendas de bondad, de modestia y de celo espiritual, de las que daba continuos ejemplos… gozó de general simpatía en esta ciudad”. Falleció tras penosa enfermedad a los 63 años. Vivía con su sobrina Cecilia en el nº 8 de la Plaza del Corral de Don Diego en Toledo. Cuatro años antes, el 23 de enero de 1918, había fallecido su hermana, doña Teodora Álvarez-Ladreda, con lo que Cecilia, tras perder a su madre y ahora a su tío sacerdote, se quedaba sola en una ciudad que para ella ya no era extraña. En la necrología de Teodora se afirma que “trabajó la finada en innumerables obras de celo, singularmente en la enseñanza del Catecismo, y se distinguió por su ejemplar vida cristiana”.

Esto explica que Cecilia comenzase, como ella misma afirma, sus estudios en la “Escuela Normal Superior de Maestras” de Toledo, con más edad que el resto de alumnas. En 1921-1922 realiza su primer curso. El segundo curso lo aprueba con matrícula de honor. Durante los cursos 1923-24 y 1924-25 aparece como una de las fundadoras de la Asociación de Estudiantes Católicas de Toledo, que agrupa a las alumnas de la “Escuela Normal de Maestras” y a las alumnas del “Instituto general y Técnico”.

En marzo de 1926, en el certamen literario escolar, recibe el primer premio, como alumna del cuarto curso, con el tema “Santa Teresa de Jesús, maestra insuperable”. Dicha composición aparecerá publicada en “El Castellano”, durante los meses de noviembre de 1928 a enero de 1929.

Así comienza dicho trabajo:

«Uno de nuestros poetas contemporáneos, el barón de Hervés, ha expresado en uno de sus versos lo que yo sentí, antes de poder saber que lo sentía, diciendo así: “Más de una vez, a mis solas / he alabado y bendecido / a Dios, por haber nacido / en suelo español…”. Y estoy tan orgullosa de mi patria, porque lo ha sido también de santos, sabios, artistas, soldados y literatos y oradores… y de cientos de miles de españoles insignes, obreros de la inteligencia o de sus campos y talleres, y, lo que halaga aún más a mi corazón de mujer, porque es patria de mujeres que han asombrado al mundo con su saber y sus virtudes.

Mas, en España nació, vivió y de España voló al cielo, una mujer en cuya sima resplandecen las ciencias y las virtudes que adornaron a todas las demás; una mujer que sintetiza nuestra Historia y es viva representación de nuestro pueblo. “España hecha carne”, dijo un poeta, a los cual me atrevo yo añadir, España hecha dulzura y sabiduría, heroísmo y caridad, y poesía y… cielo: Teresa de Jesús. Sublime mujer que siendo para todos la doctora, la literata, la canonista, la fundadora, es para mí “la maestra”».

El artículo vio la luz en “El Castellano” el 5 de noviembre de 1928. Le seguirían siete entregas más. Recogemos algunos fragmentos de este trabajo de la sierva de Dios con motivo del V centenario del nacimiento de la Santa (2015).

« […] Por eso, es decir, porque el oficio de maestra a ella le conviene, especialmente, los que de Teresa de Jesús recibieron más directamente tan grandes beneficios, la llaman siempre “la Santa Madre”. Nada más puesto en razón; los que tenemos la suerte de recibirlos, así mismo, de otras mujeres también abnegadas, dignas y generosas, nos sentimos como impulsadas a darles ese mismo nombre, el más dulce que saben pronunciar los labios.

Y Teresa de Jesús fue una maestra, como tenía que serlo ella. Si poseía una inteligencia cumbre, si latía en su pecho un corazón de fuego, si tenía una voluntad firme y constante en grado sumo, y si todo lo hizo bien, tenía que hacer excelente aquello en lo cual descolló, y por eso es “maestra insuperable”.

Así hay que considerarla, puesto que reúne en sí tres condiciones que hacen que realmente lo sea el maestro que llega a poseerlas: primera, enseñar la verdad; segunda, enseñarla bien, exponiéndola con claridad y tercera, adaptarse a la persona que ha de recibir la enseñanza.

Y de manera tan perfecta y acabada, fue la Santa de Ávila, maestra de sus contemporáneos, de los religiosos de la Orden Carmelitana, y, por medio de sus obras, verdadero arsenal de Pedagogía, lo es de las generaciones posteriores a la suya.

La primera, la más esencial de las condiciones del maestro es, sin duda alguna, la de enseñar la verdad; de tal manera que no merecerá el nombre de maestro, aquel que voluntariamente, es decir, por perversión de su voluntad, siembre en el alma del discípulo el error, turbando así la serenidad de su espíritu; que, como la humana razón, tiende naturalmente a la Suma Verdad, rechaza, más o menos débilmente, según la mayor o menor potencia intelectiva del individuo que la pone en ejercicio, todo lo que está en pugna con esa verdad, y se entabla una lucha que hace huir la paz del alma así turbada.

[…] Porque como dice Santo Tomás, si un alma parte del punto en que se halla la Verdad y no lleva la dirección en que la Verdad camina, le sucede lo que a los lados de un ángulo, que cada vez se alejan más entre sí; en un principio media muy pequeña distancia entre el alma y la Verdad; más a medida que las dos avanzan en su ruta, se separan notablemente».

 

n el artículo publicado el 10 de diciembre afirma la sierva de Dios:

« (Santa Teresa) quiere inculcar en el alma y grabar en ella a fuego el concepto del deber, y para ello presenta ejemplos, con alto espíritu seleccionados. Oigamos cómo habla en el “Camino de perfección”: “Porque aunque en las batallas el alférez no pelea, no por eso deja de ir en gran peligro, y en el interior, debe trabajar más que todos; porque como lleva la bandera no se puede defender y, aunque le hagan pedazos, no la ha de dejar de las manos… Para eso le dan tan honroso oficio. Mire lo que hace porque si él deja la bandera, perderse ha la batalla… Los demás soldados vánse como pueden… y no les echa nadie de ver, no pierden honra; estotros llevan todos los ojos en ellos, no se pueden bullir. Así que bueno es el oficio y honra grande y merced hace el rey a quien le da, mas no se obligan a poco en tomarlo…”.

En los “Avisos”, para encarecer la necesidad que nuestra inteligencia tiene de cultivo, asegura que: “…la tierra que no es labrada, llevará abrojos y espinas, aunque sea fértil, ansí el entendimiento del hombre…”. Y dice “labrada”, palabra que expresa perfectamente, que sólo a costa de trabajo y constancia lograremos la consecución de nuestros anhelos.

Pero no deja de advertir que para alcanzar esto “las diligencias nunca son malas por ser muchas” (carta al padre Gracián) y aún le dice al primer general que tuvo la Orden de los Descalzos, con la claridad de expresión en ella peculiar: “Mire, mi padre, que todos los principios son penosos”. Porque sabe ella muy bien cuánta constancia necesita el que quiere caminar al encuentro de la sabiduría, enseña en una de sus máximas más conocidas, y en forma para todos comprensible, que “la paciencia todo lo alcanza”, y en el “Libro de su vida”, capítulo XIV, dice también de manera que todos pueden entender: “…el que no deja de andar y ir adelante, aunque tarde, llega”.

Sabe que la sublimidad de un ideal, engrandece y perfecciona nuestra vida y nuestras acciones, e infunde valor y decisión grandes en todos cuantos la oyen exclamar en el “Camino de perfección” que: “…ayuda mucho tener altos pensamientos para que nos esforcemos a que lo sean las obras” ».

Acaba la carrera apareciendo también entre las premiadas del curso 1925-1926.

La sierva de Dios, antes de su trabajo sobre Santa Teresa había ya publicado, en 1926, otra serie de artículos en “El Castellano” titulada “Acción Social Femenina”. El primer artículo es del 2 de diciembre, y la sierva de Dios escribe:

« Dice el delicado, inspirado y cristianísimo Jorge Manrique, que “…cualquier tiempo pasado, fue mejor”, y los citados versos de sus preciosas “Coplas”, resuenan estos días en mi alma continuamente y hallan un eco de absoluto asentimiento en mi corazón.

Porque desde que empezó el mes de octubre, parece que no tiene mi memoria otra ocupación sino la de recordar mis tiempos, cercanos aún; pero desgraciadamente pasados y, de alumna oficial de “mi” Escuela Normal toledana. De este Centro que puede y debe figurar como el primero entre los primeros de su clase, en el cual se vive una vida saturada de alegría y dignidad; de justicia y de indulgencia; de respeto y de amor; de unión verdadera, íntima, inquebrantable. Vida, en fin, empapada en la caridad cristiana; que por eso es tan hermosa, y se siente por ella la nostalgia que me invade hoy a mí, porque no la disfruto ya.
Y como yo he vivido varios años en aquella casa y disfruté del bien que débilmente dejo entrever, sé lo que allí se piensa, se dice, se proyecta, se practica, se trabaja… Porque hasta permitió Dios que yo no pensase en ingresar en escuela que tanto quiero hoy, hasta tener bastantes años más de los que cuentan al terminar su carrera casi todas las jóvenes que se dedican a cursarla, y por esa circunstancia pude yo reparar, apreciar, compenetrarme y hasta juzgar una labor en la que no suelen fijar su atención, ni fácilmente pueden saber cuánto vale y lo que representa las jóvenes, y más que jóvenes, niñas aún (casi todas ingresan a la edad de catorce años), que cursan la carrera que he terminado poco ha.
Porque en la Escuela, que es orgullo de Toledo, no se trata sólo de enseñar y de aprender las materias cuyo conocimiento exige como indispensable el vigente plan de estudios. Esto, con ser tanto, no es bastante para consumir las energías y la actividad de ese grupo de mujeres españolas como Teresa de Jesús, a quien desean imitar, que escribía y reformaba su Orden y fundaba conventos y viajaba; aconsejaba, gobernaba, enseñaba, oraba y cantaba y reprendía, y… aún tenía tiempo para tejer corporales».

El segundo artículo de la serie la “Acción Social Femenina” lo titula “La Cantina Escolar Normalista. Por la infancia de Toledo” explica que desde 1914 existe para las alumnas un comedor de casi 40 niñas para posibilitarlas su alimentación. Y escribe «no reciben allí las niñas tan sólo el pan que alimenta al cuerpo; sus almas encuentran también alimento espiritual, aprendiendo prácticamente a bendecir a Dios antes de comer, a rogar por los que con tanto cariño las atienden y a dar gracias después de haber comido, al que nos ordenó que le llamásemos “Padre nuestro” para que supiésemos pedirle con confianza de hijos el pan de cada día».

En el tercer artículo, “La Colonia Escolar: de regreso…”, recuerda que también, desde 1914, se favorece el que las niñas puedan ir al Sanatorio Marítimo Nacional de Pedrosa (Santander).

En “La Decena”, cuarto de los artículos, Olmedo nos explica que las niñas pobres y desfavorecidas son asistidas por, lo que se conoce como, La Decena. Las Decenas (cuya idea original pertenece a Concepción Arenal) estaban integradas por diez personas dispuestas a socorrer en la medida de sus posibilidades las necesidades de una familia. Sus donativos eran de carácter anónimo de forma que no tenían que conocer los socios las aportaciones económicas del resto de los integrantes. «En la Normal -dice la Sierva de Dios- se ignora quien pertenece a la misma, pero se dedican a pagar los costes de las matrículas de las que no pueden hacerlo; los costes de libros, cuadernos, lápices, telas, labores...; costes de profesores particulares; de excursiones…”.

Nos hablará en el quinto artículo del “Ropero escolar” y de cómo era preciso ayudar también a las madres de niñas tan pobres… Así surgió la idea del “Ropero escolar” para el uniforme (un par de delantales blancos)… «pero ya no se limita la atención a las niñas, aunque a estas se atienda principalmente; se dedica también a los ancianos, etc. Suelen ser las favorecidas personas a quienes las alumnas encuentran en la calle faltas del necesario abrigo, que quedan grata e inesperadamente sorprendidas cuando sin más preámbulos se les invita a apropiarse de la prenda más imperiosamente... ».

Finalmente, el 14 de diciembre de 1926, publica un interesante y extenso resumen: «He dicho cuando empecé a ocuparme de las cosas de la “Escuela  Normal de Maestras” de Toledo, que sus profesores no se conformaban en instruir a sus discípulas en lo que a la Ley les obliga a enseñarles y lo hemos visto demostrado. Otras obras de “acción social” que favorecen no sólo a muchas de sus discípulas, sino también a gran número de personas que no lo son, ocupan su atención y su tiempo ».

Como decíamos la semana pasada, el 14 de diciembre de 1926, la Sierva de Dios publica la sexta entrega de la serie sobre la “Acción Social Femenina”. En ésta nos habla de cómo «en la Escuela Normal toledana de Maestras, nació la tan simpática y para mí queridísima “Asociación (hoy ya Federación) de Estudiantes Católicas”».

«Partió la idea de un hombre lleno de saber y de virtud, del reverendo fray Evaristo de la Virgen del Carmen, carmelita descalzo, que indicó a las alumnas de “mi” Escuela la conveniencia de que se congregasen para aprovecharse de la gran fuerza de la unión y recibir así más fácilmente los beneficios profesionales a que tuviesen derecho antes y aún después de terminada su carrera. Las asociaciones profesionales de estudiantes, prometen, efectivamente, grandes frutos… Algún tiempo después, la vida siempre creciente de la Asociación no pudo encerrarse ya en la Escuela Normal, y las alumnas de este Centro, compañeras de profesión de las del Instituto, quisieron que una misma bandera cobijase a las de ambos Centros, e invitaron a pertenecer a la Obra por ellas fundada a estas buenas y queridas compañeras, que inmediatamente, y por unanimidad, aceptaron la invitación… Y la Federación continúa trabajando, según las circunstancias aconsejan, y extendiendo su radio de acción. Recientemente se incorporaron a ella gran número de estudiantes toledanas que cursan, enseñanza libre, diferentes carreras.

…antes de terminar quiero repetir aquí unas frases de un antiguo profesor de la Universidad de Oviedo (se refiere a Leopoldo Alas “Clarín”), que si tuvo muchas equivocaciones, tuvo también muchos aciertos, y abrigaba sentimientos tan nobles como los que inspiraron estas palabras que escribió, recordando a los que habían sido sus maestros:

“Cuando yo hago examen de conciencia y veo mi pequeñez, mis defectos, una de las cosas menos malas que veo en mí, una de las poquísimas que me inclinan a apreciarme todavía un poco, moralmente, es el arraigo de la veneración sincera que siento y he sentido siempre respecto de los hombres ilustres a quienes debe algo mi espíritu”.

Una última providencia, será éste fray Evaristo de la Virgen del Carmen, quien en 1942, siendo Prior en Ávila, publicará el “Martirologio de los Carmelitas Descalzos de la Provincia de Nuestro Padre San Elías de Castilla en la Revolución Marxista de 1936”, sobre los mártires carmelitas de la ciudad de Toledo.

En 1929, con motivo de cumplirse el septuagésimo quinto aniversario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, se celebra en la Archidiócesis una Asamblea Mariana los días 15, 16 y 17 de diciembre. El 18 de diciembre, día de la Descensión de la Santísima Virgen (esta fiesta según la tradición recuerda que la Virgen se apareció a san Ildefonso cuando se disponía a celebrar la santa Misa) y, que con tanto fervor celebraba el cardenal Pedro Segura, tiene lugar una velada literaria brillantísima y de afirmación y devoción marianas, en honor de la Inmaculada. Entre los quince participantes aparece la sierva de Dios que «con el título “La primera cofradía de la Inmaculada Concepción” leyó la señorita Cecilia Olmedo Ladreda un erudito trabajo sobre la cofradía fundada por Cisneros en la ciudad de Toledo. Hizo breve historia de la devoción toledana al misterio desde remotos tiempos, citando a San Ildefonso y deduciendo pruebas muy interesantes con motivo de la fundación, objeto de su trabajo».

El 7 de diciembre de 1936, escribe don Juan Francisco Rivera Recio en el tomo II (Toledo, 1958 – pág. 544) de su obra La persecución religiosa en la Diócesis de Toledo (1936-1939) tuvo lugar el asesinato de Cecilia María Olmedo.

Desde su fundación había pertenecido a la Acción Católica en Toledo, donde trabajó con el más desinteresado esfuerzo. Para oponerse a la invasora corriente del laicismo, empezó a ejercer su carrera de maestra en la Escuela de niñas de Guadamur (Toledo), ganándose con suma habilidad a las alumnas, a las que enseñaba a rezar y llevaba diariamente a la Iglesia para visitar el Santísimo.

Sabemos que vivía en una casa de alquiler (cuyo dueño se llamaba Severiano Consentino Pérez), junto a una señora que se llamaba Ana, que le hacía de asistenta.

Llegada la guerra civil, los odios concitados contra ella se exacerbaron y hubo de sufrir grandes persecuciones. En medio de esta lucha intensificó su vida de entrega al Señor y la aceptación de la voluntad divina. Recluida en su casa, conocedora de la muerte de tantos sacerdotes y personas cristianas, vivía entregada a la oración.

Transcurrieron varios meses. La sangre había sido derramada por doquier. Ya los marxistas no tenían casi a nadie con quien desahogar sus ansías de exterminio. El 7 de diciembre, vísperas de la Inmaculada, se paró una camioneta ante la puerta de su casa. Momentos después Cecilia era subida en ella y llevada a las cercanías de Sonseca.

Sometida a torturas, a las tres de la madrugada, la dejaron por muerta, pero todavía como conservaba algo de vida, unos quincalleros fueron los encargados de matarla. Los testigos afirman que dijo a los milicianos:

-Me quitáis la vida, pero me dais el Cielo. Ofrezco a Dios mi vida por vosotros.

Al ser desenterrado el cadáver, se pudo observar que había sido mutilado.