Miembro de la Adoración Nocturna de la Puebla de Almoradiel

Se había distinguido siempre por su honda piedad, por su honradez y por su laboriosidad. Cuando le detuvieron el 19 de julio de 1936, mientras dormía, dijo a sus hermanos: “Guardad todas mis estampas, yo sólo me llevo el escapulario del Carmen”. Era devotísimo del Sagrado Corazón de Jesús, y en un momento de debilidad de sus compañeros de prisión, los animó diciendo: “Confiad en el Sagrado Corazón. ¿No os acordáis de sus promesas? Necesita mártires; quizás seamos nosotros uno de ellos…”. En la checa fue bárbaramente atormentado, días antes de su asesinato, presentaba ya una gran herida en una de las mejillas. Murió asesinado el 12 de agosto de 1936, a las dos de la madrugada, en el kilómetro 70 de la carretera Madrid-Albacete.

El Martirologio de Cuenca, que lleva por subtítulo “Crónica diocesana conquense de la época roja”, fue escrito por Sebastián Cirac Estopañán (Barcelona, 1947). En él debemos buscar los datos de la parroquia de Puebla de Almoradiel, puesto que en los días de la persecución religiosa dependía de la diócesis de Cuenca.
Dicha parroquia pertenece al arciprestazgo de Quintanar de la Orden. Por entonces, contaba con nueve parroquias. Actualmente son siete las que forman el Arciprestazgo de Quintanar de la Orden (Cabezamesada, Corral de Almaguer, Miguel Esteban, La Puebla de Almoradiel, Quintanar de la Orden, El Toboso y Villanueva de Alcardete).
Cirac afirma que “el aspecto general de la vida pública de este pueblo, hasta febrero de 1936, era admirable por el orden, el trabajo y la vida austera de la mayoría de la población, profundamente religiosa y patriótica. La piedad, que se fomentaba en los hogares como parte más importante de la vida y de la educación, se exteriorizaba públicamente en la asistencia al culto divino y en el esplendor de las siguientes asociaciones muy florecientes: Jueves Eucarísticos, Marías de los Sagrarios, Apostolado de la Oración, Adoración Nocturna, Hijas de María, Cofradía del Carmen…”.
Desde las elecciones de febrero de 1936 se instauró un sistema de terror contra las organizaciones y personas católicas. Sumado a la complicidad de las autoridades republicanas de la provincia y de la nación, la concentración de la Guardia Civil en Toledo, la propaganda impía y disolvente importada de fuera “hicieron posible la más inesperada transformación de este pueblo, antes bueno y laborioso” y la perpetración de los más inimaginables desmanes, desde el asesinato en plena calle, hasta la violación de honradas mujeres”.