ANTONIO HERNÁNDEZ-SONSECA MORERO
Coadjutor de la parroquia de Urda (Toledo)

Nació el 13 de junio de 1905 en Yepes (Toledo). Conservamos una crónica de las fiestas de la Vera Cruz que el joven Antonio publica en “El Castellano”, con quince años, el 28 de septiembre de 1921.

«Con gran solemnidad se ha celebrado el 20 de los corrientes la festividad del Santo Cristo de la Vera Cruz. La fiesta ha sido precedida de una solemnísima novena; el día 17 por la tarde solemnes vísperas; a las ocho de la noche iluminación eléctrica y Miserere. Terminado este, en la Plaza Mayor hubo concierto por la banda municipal de esta localidad, fuegos artificiales y cine. El día 18 una alegre diana despertó a los vecinos, a las nueve y media solemne función a toda orquesta en la que ocupó la sagrada cátedra don Agustín Rodríguez, canónigo lectoral de la S.I.P., a las cuatro y media vísperas y procesión con la Sagrada Imagen; a las nueve y media de la noche tuvo lugar, lo que con tanto celo ha estado preparando el incansable director de la catequesis el Sr. Cura D. Manuel Gil».

Después extensamente narra la velada literario-cómico-musical que «los niños de la catequesis de Yepes consagran al Santo Cristo de la Vera Cruz en el día de su festividad… Todos estos trabajos tuvieron un gran éxito; el 7º [Coro de monaguillos, pieza cómica, ejecutada por ocho niños], a petición del público, fue repetido; las entradas todas fueron vendidas».

Finalmente, escribe: «El día 19, a las nueve y media de la noche, fueron repetidos todos los números de la noche anterior… Mil plácemes reciba nuestro celosísimo director de la catequesis y nuestro querido coadjutor. También las distinguidas autoridades que han asistido a todos estos actos, y finalmente todos los vecinos del pueblo de Yepes».

 

En los días de la persecución religiosa, tras la inmolación de los sacerdotes, el martirio del arte tuvo en Yepes, de un solo golpe, un episodio más de los protagonizados por el marxismo del siglo XX al que «le estaba reservado el exterminio de todo lo que significara religión, arte e historia» (Rivera Recio). Nos extendemos, pues, ahora a este respecto ya que no lo hicimos al narrar el martirio del párroco, siervo de Dios Ricardo Marín González (NM/76), ni de los coadjutores: siervos de Dios Nicasio Aparicio Ortega y Nicasio Carvajal Bugallo, este último además capellán de las Madres Carmelitas (NM/110).

Del interior del templo parroquial de San Benito de Yepes fue deshecho el coro y fueron destruidos 27 altares completos con sus imágenes. De la capilla del Santo Cristo de la Vera Cruz, desapareció el excelente templete montado sobre grandes columnas, que contenía en su interior la imagen del Cristo sobre el que el seminarista Antonio nos ofrecía su crónica de la fiesta de 1921.

En el tomo sexto del “Diccionario geográfico universal, que comprehende la descripción de las cuatro partes del mundo”, escrito por Antonio Vegas (Madrid, 1815), cuando llega al pueblo de Yepes (página 331), leemos: «Hay una sola parroquia, que es muy capaz y de excelente arquitectura; en ella se veneran con grande culto una santa reliquia de un “Santo Dubio”, y una efigie del Santisimo Cristo de la Vera Cruz, que tiene en su ámbito una suntuosa capilla».

Según cuenta la tradición, hacia 1380 un sacerdote llamado Mosén Tomás, regía la pequeña localidad de Cimballa, a orillas del río Piedra, dentro del obispado de Tarazona en la provincia de Zaragoza. Celebrando un día el Sacrificio de la Santa Misa después de la consagración admitió la duda sobre la real presencia del cuerpo de Cristo en la forma consagrada y al mismo tiempo «reventó sangre por los extremos de la Hostia, con tanta cantidad, que alrededor de ella estaba ensangrentada como un dedo pequeño, extendiéndose por algunas partes y por otras menos, quedando la Hostia blanca, sin teñirse ni ensangrentarse la parte del corporal sobre que se hallaba, estando lo demás ensangrentado».

Una parte de ese corporal, tinto en sangre divina, prodigiosamente manifestada y conservada, es la que se veneraba con culto espléndido e incesante en la histórica villa de Yepes, desde 1602, cuando fue regalado a la villa por el monje jerónimo, Fray Diego de Yepes, obispo de Tarazona (Rivera Recio).

Quemada capilla, templete y Cristo durante los días de la persecucion religiosa, en el caso de la Santa Reliquia afirma Luis Moreno Nieto: «Pero en el año 1936 llegaron los días aciagos de la revolución marxista, en que la iglesia fue saqueada y sus sacerdotes inmolados, y la santa reliquia desapareció, sin que se haya logrado saber lo que fue de ella; por más que se indagó no se consiguió nada. Al llegar la liberación y estando al frente de la diócesis Primada el inolvidable cardenal Gomá y su auxiliar, el hoy Obispo de Barcelona (Dr. Gregorio Modrego), y merced a las gestiones de nuestras autoridades eclesiásticas y gracias también a las de Cimballa, donde actualmente se encuentra la mayor parte de los Santos Corporales, se trajo a Yepes otra vez otro pedacito del Santo Corporal» (Provincia, nº 27, julio de 1960, página 41). El nuevo trocito del Santo Misterio de Cimballa llegó a la parroquia el 26 de junio de 1940.

Duele narrar en dos breves artículos cómo, en unos pocos meses, se destruyó el patrimonio religioso que manifestaba la fe de los yeperos: con un Cristo de la Vera Cruz que llegó a Yepes el 10 de abril del año 1568 (¡368 años de oración, devoción y procesiones!) y con una reliquia, empapada en la Sangre de Cristo, desde 1602 (¡334 años de devoción eucarística!).

«En guerra también desaparecieron un cuadro de Lucas Jordán, otro del pintor Rafael y un San Francisco, de marfil, como de dos tercios de alto que era una preciosidad y de valor incalculable artísticamente por lo perfecto de su trabajo».

Finalmente, terminamos hablando del retablo mayor de la parroquia de San Benito de Yepes para cerrar este episodio del martirio del arte en la localidad donde nació nuestro protagonista.

Respecto al retablo principal en ningún sitio se encuentra fácilmente la información de lo que sucedió: ¿Cómo acabaron en plena guerra civil española los cuadros de Luis Tristán en el Museo del Prado para ser restaurados?

Precisamente en la página web del Museo del Prado al comentar el cuadro de Tristán de “María Magdalena” (que pertenecía al retablo parroquial de Yepes y que, junto con el de “Santa Mónica”, no se devolvió, y permanece en el museo madrileño) se lee:

«Pintada por Tristán en 1616, esta pintura procede del retablo de la iglesia parroquial de Yepes (Toledo), donde formaba parte de un conjunto de retratos de santos que acompañaban grandes lienzos con escenas de la vida de Cristo. Destruido parcialmente en 1936, las pinturas fueron restauradas en el Museo del Prado y se devolvieron al altar de su iglesia el 16 de septiembre de 1942, colocándose en su ubicación original».

¿Cuándo y porqué “se destruyeron parcialmente”?

Juan Carlos Ruiz Souza escribe en un artículo, dando un paso más en la información: «El retablo mayor de la parroquia toledana de San Benito Abad de Yepes también sufrió el zarpazo de la Guerra Civil Española (1936-1939) […]. Allí fueron restauradas [en el Museo del Prado], en plena guerra, por el equipo de restauradores que permaneció al pie del cañón en tales difíciles momentos… Allí fueron curadas de sus mortales navajazos las seis grandes escenas del retablo». De hecho, algún estudio explicita que se restauró «la Epifanía del Retablo de Yepes, obra de Luis Tristán, que llegó al Museo en siete pedazos».

Sin embargo, en algún otro artículo se lee: «el retablo de Yepes fue desmontado durante la Guerra Civil», como si se tratase de trabajos de restauración.

Es cierto que, si bien al retablo mayor no se le prendió fuego, con cuerdas se le desprendió de la pared, y cayó al suelo, las pinturas se libraron de la destrucción, pero no el retablo, que pudo ser reconstruido después de la guerra gracias a la documentación gráfica existente. De modo que, se destruyeron las esculturas de santos del retablo, y aunque los lienzos fueron desgarrados pudieron repararse en el Museo del Prado, y casi todos, como queda dicho, se devolvieron en 1942.

 

Después de realizar sus estudios en el Seminario Conciliar, Antonio recibe la ordenación sacerdotal, el 3 de marzo de 1928, de manos del cardenal Pedro Segura, en la capilla del Palacio Arzobispal.

Semanas después, el 17 de marzo de 1928, “El Castellano” nos ofrece la noticia de su primera misa.

«Primera misa. En el hermoso templo, iglesia parroquial, de la muy leal y noble villa de Yepes, engalanado con sus ricas joyas, entre las que se destacaba el hermoso frontal de tisú de plata de la fábrica de Medrano, y con un gentío inmenso, que demostraba su cariño al misacantano, ha celebrado su primera misa el licenciado don Antonio Hernández Moreno.

Fue apadrinado por los presbíteros don Gregorio Martín Paramo y don Ignacio García Cabañas, asistiendo como diácono y subdiácono don Emiliano Encinas y don Anselmo Redondo. Los padrinos de honor fueron don Pedro Hernández y doña Manuela Gualda, padre y abuela del celebrante.

Le acompañaron como presbíteros asistentes los señores cura y coadjutor de Huerta de Valdecarábanos, de Dosbarrios y de Villamuelas, y los señores Muñoz Gamo, Rodríguez Carrillo, Cuerva y Carvajal; y como maestro de ceremonias el coadjutor de esta parroquia don Cecilio Talavera.

Entre la numerosa concurrencia, ocupaban preferente lugar la familia del nuevo sacerdote, así como las autoridades, entre las que recordamos al señor teniente de alcalde don José Pérez García y a los concejales señores Arce, Sáenz y Juárez.

El sermón estuvo a cargo del señor cura párroco don Ricardo Marín González, quien, con palabra fácil y persuasiva, ponderó la dignidad del sacerdote, haciéndole el mediador entre Dios y los hombres.

La capilla de la iglesia, dirigida por el inteligente maestro don Jesús López de Haro, interpretó magistralmente la misa de Solá, tocando durante el ofertorio el Largo de Haendel.

Desde la iglesia se trasladaron a la casa del nuevo sacerdote, en donde se sirvió un espléndido banquete, al que asistieron más de doscientos comensales. A los postres, los señores Hornillos, Rabadán, Aguado, Cabañas, Talavera, Martín y cura párroco, con corteses palabras brindaron por el nuevo ministro del Altísimo para que fielmente cumpla con el desempeño de su sagrado ministerio; y últimamente, el señor teniente de alcalde, don José Pérez García, brindó en nombre del pueblo, diciendo que el pueblo de Yepes se honraba con tener un nuevo sacerdote, y que pediría por él para que su labor como sacerdote fuera fructífera. Entre las muchas felicitaciones que ha recibido, cuente con la nuestra muy afectuosa. Emiliano Cuerva, 15.III.1928».

“El Castellano” del 29 de marzo de 1928 nos informa que don Antonio ha sido destinado como ecónomo de las parroquias de Alpedrete de la Sierra, Tortuero de la Sierra y Valdesotos, en la provincia de Guadalajara. Luego, mientras el párroco estaba en el servicio militar, pasará a Caspueñas y Valdeavellano (Guadalajara). Finalmente, en 1930, se le encomienda la coadjutoría de la parroquia de Urda.

 El 9 de julio de 1930 leemos, de nuevo, en “El Castellano”:

 «En la celebración del “Día de la Prensa” puso de manifiesto este pueblo, una vez más, cuán hondamente arraigada siente la idea católica. En la ermita de “Nuestro Padre Jesús Nazareno” se celebró misa de comunión general, muy concurrida de fieles. Pronunció un bellísimo fervorín el señor coadjutor don Antonio Hernández Sonseca. En la iglesia parroquial se celebró luego una misa solemne, con Exposición, predicando el señor cura parroco don Enrique Corral Reig. Por la tarde función eucarística. La colecta también fue como se esperaba, y se han registrado treinta suscripciones a periódicos catolicos y catorce bajas en periódicos sectarios».

 El 28 de octubre de 1930 se da noticia en “El Castellano”:

 «Urda. Solemnes cultos en honor de los Sagrados Corazones. El día 24 de los corrientes tuvo lugar en esta villa el solemnísimo acto de la bendición de las Sagradas Imágenes de los Corazones de Jesús y María, que han sido adquiridos recientemente y costeados por personas piadosas de la localidad.

 En la tarde del expresado día, y con asistencia de varios señores sacerdotes forasteros, que auxiliaron muy eficazmente a los del pueblo, fueron bendecidas las referidas imágenes por don Prudencio Leblic, cura párroco y arcipreste de Madridejos, cuya ceremonia tuvo lugar en la Casa Priorato, trasladándose procesionalmente a continuación dichas efigies desde la mencionada Casa a la Iglesia parroquial, llevando las andas del Corazón de Jesús los sacerdotes don Julián Tarjuelo, don Francisco Lumbreras, don Constantino Rabadán y don Antonio Hernández, y las del Corazón de María cuatro distinguidas señoritas de la población.

 El momento que siguió al de la bendición, fue altamente conmovedor, resultando en extremo edificante el contemplar a la multitud postrada de hinojos a los pies de las recién bendecidas imágenes y rezando en alta voz el Credo y la Salve por invitación del dignísimo señor arcipreste.

 No menos edificante y consoladora resultó la entrada en el templo parroquial de las santas efigies, que se hizo a los dulces y armoniosos acordes de los cánticos entonados por jóvenes urdanas, que componían un admirable coro de voces, dirigido con gran acierto por el sacristán mayor, don Manuel Ariza, colaborador infatigable de sus dignos jefes los señores cura párroco y coadjutor de esta feligresía.

 Antes de manifestar al Santísimo, ocupó el púlpito el señor Leblic. A continuación, se dijeron las preces de ritual, y después de la reserva, dirigió la palabra al auditorio que llenaba literalmente la espaciosa nave de la iglesia, el venerable cura párroco de Consuegra, antiguo misionero, don Manuel del Campo, el que, con un fervor y una unción evangélica propios de un apóstol, expuso con sencillez y claridad las normas a que ha de ajustarse la devoción a los Sagrados Corazones.

 En la tarde del 25, segundo ejercicio, con sermón, que estuvo a cargo de don Constantino Rabadán, cura párroco de Huertas e hijo de Urda, el que estuvo elocuente en el desarrollo del tema de su discurso.

 En la misa mayor del día 26, en la que actuó como celebrante el virtuoso párroco y arcipreste de Corral de Calatrava (Ciudad Real), don Franco Nieto, ministrado por los señores Corral y Rabadán, ocupó la Sagrada Cátedra el coadjutor de esta parroquia, don Antonio Hernández, que desarrolló el tema “Venga a nos tu reino”.

 Por la tarde de dicho día 26, tuvo lugar la procesión de los Sagrados Corazones, a los que daban guardia de honor el clero y las devotas hijas de Urda, que durante la carrera no cesaron de entonar piadosos cánticos.

 Con el último acto del triduo, que se verificó después de la procesión, y en el que predicó el señor cura párroco don Enrique Corral Rey, se dieron por terminados los solemnísimos y edificantes cultos, que brevemente hemos reseñado, y que tan alto han puesto el nombre de esta catolica villa.

Ha sido la pasada una jornada gloriosa, que dejará recuerdos imperecederos en los cristianos moradores de este pueblo, que seguirán proclamando, con todo el fervor de que son capaces, el reinado de Cristo Rey en la tierra».

 En una boda, cuya reseña se recoge en la prensa el 23 de octubre de 1935, se juntan tres mártires: el primo del novio, siervo de Dios Pablo Rivero Sánchez-Perdido; el párroco de Urda, siervo de Dios Enrique Corral, y su coadjutor, nuestro protagonista. La boda se celebró “en la capilla del Nazareno, patrón del pueblo, profusamente adornada con luces y sombras”.

La fiesta de 1935, antes del martirio del Cristo de Urda

San Juan Pablo II, el 25 de enero del año 2005, concedía a perpetuidad, la gracia de Año Jubilar para el santuario de Urda (Toledo) siempre que el 29 de septiembre, festividad del Santísimo Cristo de la Vera Cruz, coincida en domingo. Este año, y a pesar de los meses “robados” por la pandemia del COVID 19, se está celebrando el Jubileo, desde el pasado 15 de septiembre de 2019 y hasta el 12 de septiembre de 2020.

Llegamos, en el relato del martirio del siervo de Dios Antonio Hernández-Sonseca, a la última fiesta vivida con la imagen original del Cristo de Urda, antes de que esta también sufriera las iras de las hordas marxistas.

No solo hemos encontrado la crónica de dicha fiesta en las páginas de “El Castellano”, sino también la fotografía que acompañan estas líneas y que fue publicada en el "Ahora" [calificado como un diario de centro republicano, y que llegó a superar los 100.000 lectores de tirada a nivel nacional durante la Segunda República], el 5 de octubre de 1935.

La crónica, del 30 de septiembre de 1935, recoge que «ayer tarde, alrededor de las cinco, llegó la banda de la Academia militar de Toledo, dirigida por el maestro Martín Gil, para amenizar las fiestas en honor del Nazareno. Se la dispensó un cariñoso recibimiento. Es el tercer año que visita consecutivamente este pueblo dicha banda que goza aquí de gran simpatía. A su llegada, actuó en la ermita, y luego, en las vísperas, durante las cuales se cantó un Miserere. Por la noche hubo un concierto en la explanada y se quemó una colección de fuegos artificiales. Esta mañana la imagen del Nazareno fue trasladada, con numeroso acompañamiento, a la iglesia parroquial, donde se celebró una misa solemne, que estuvo concurridísima. En la procesión y en la fiesta hubo muchos hombres».

La crónica de la fiesta del Cristo de Urda de 1935, publicada en “El Castellano”, el 4 de octubre, explica detalladamente, en primer lugar, la procesión del día 28 y la misa mayor que preside el párroco, siervo de Dios Enrique Corral y predica, el párroco de Menasalbas e hijo del pueblo, siervo de Dios Constantino Rabadán, con el sugestivo tema: “Jesucristo es el ideal de las almas y de los corazones”.

El día de la fiesta (29 de septiembre) «en la misa mayor, ocupó la sagrada cátedra el señor magistral de la Primada, don José Rodríguez, quien, con la elocuencia y sabiduría en él bien acreditadas, nos cautivó con un discurso de tonos serenos y elevados, en el que presidió la más pura dialéctica, que dio acusado carácter a una sólida argumentación. “El amor a Jesucristo” fue el tema elegido por el señor Rodríguez, y a fe que no pudo estar más oportuno y acertado en la elección del asunto […].

El traslado de la milagrosa imagen de Jesús, desde la iglesia parroquial a su ermita, y que tuvo lugar inmediatamente después de terminada la solemne misa mayor, constituyó como siempre, un acto apoteósico, inenarrable, digno de ser presenciado por propios y extraños; algo que habla muy alto en pro de los acendrados sentimientos religiosos del pueblo de Urda y de los comarcanos, pues no sólo somos nosotros los que vitoreamos y aclamamos al Cristo de nuestros amores, es la región manchega en toda su integridad, la que en ese día acude solícita, con nutridas representaciones, a asociarse  a nuestro fervor y a prosternarse conmovida a las sagradas plantas de la efigie del Salvador del Mundo, y a prorrumpir en aclamaciones ensordecedoras que acallan y se imponen a los incesantes estampidos de centenares de voladores que sin interrupción surcan los aires, lanzados al espacio por manos piadosas…

El que no haya sido testigo de la procesión de nuestro Santo Cristo, bien puede decir que desconoce uno de los actos más solemnes y conmovedores que los católicos practicamos. El presente año tal manifestación de fe religiosa ha superado con mucho a la de los anteriores habiendo contribuido eficazmente a resultado tan consolador la mayor afluencia de forasteros venidos de los pueblos comarcanos, y que a nosotros se han asociado para que así, unidos todos, en los mismos sentimientos de fe y de devoción, poder cantar las glorias excelsas del Santo Cristo de Urda […]. - Corresponsal».

El Siglo Futuro, periódico que editaba la Comunión Tradicionalista, publicó está fotografía el 16 de octubre de 1935. También corresponde a la última procesión antes del "martirio" que el Cristo sufriría a manos de los milicianos a finales de 1936.

El “martirio” del Cristo de Urda. Así que, tras la noticia sobre la última fiesta del Cristo, en septiembre de 1935, damos un salto hasta finales de 1936. La Sagrada Imagen es derribada desde el camarín para caer al suelo. Los restos del Cristo de Urda, fueron posteriormente cargados en un vehículo y tirados a una de las canteras existentes en la villa. Acto seguido, un cantero y vecino de esta localidad recogió los restos en un saco durante la noche y en combinación con un mecánico llamado “el alemán”, por ser esa su nacionalidad, los escondieron en el falso techo de su taller, guardando el secreto durante toda la contienda. [De hecho, en la calle Eras se puede leer que está dedicada "a don Guillermo Neumeister Kollmar por custodiar los Sagrados Restos de la Imagen de nuestro Cristo en 1936"].

En el año 1939, acabada la guerra civil, las personas antes mencionadas entregaron dicho saco con los restos de la Sagrada Imagen a la Junta de la Real Archicofradía, siendo enviados éstos a un taller de Imaginería religiosa a Valencia. Al poco tiempo y una vez restaurada, quedaba la Sagrada Imagen con la misma expresión que había tenido anteriormente. El día 18 de agosto de 1939 de nuevo es colocada en su camarín, ya restaurada, donde permanece al culto hasta la fecha.

Respecto al martirio de Antonio Hernández-Sonseca

 El 23 de julio de 1936 el siervo de Dios Antonio Hernández-Sonseca, coadjutor en la parroquia de Urda (Toledo), era detenido junto a otros seglares, siendo encarcelados entre escarnios y malos tratos, que se repitieron con frecuencia. En la prisión habló y confortó a los presos con el sacramento de la penitencia.

 El 26 de julio es detenido un hijo sacerdote del pueblo, el siervo de Dios Constantino Rabadán Fernández, párroco de Menasalbas. Allí se encontraron ambos sacerdotes.

 Finalmente, el día 5 de agosto los milicianos conminaron a don Antonio a revelar lo que los otros presos le habían confesado. Él se negó de plano, a pesar de que le torturaban. Y esa misma noche, los dos sacerdotes fueron sacados de la prisión de Urda, fusilándolos inmediatamente.

 Un mes después, el 5 de septiembre, tras sufrir un cruel y penosísimo martirio, moría el Sr. Cura párroco, siervo de Dios Enrique Corral Reig.