Párroco de Santos Justo y Pastor (Toledo)

Nació en la provincia de Ciudad Real, en el pueblo de Villahermosa, el 14 de julio de 1877. Se ordenó de sacerdote el 2 de marzo de 1901. Entre sus primeros destinos se le encargó la capellanía de las Madres Concepcionistas de Escalona (Toledo) y la coadjutoría de dicha parroquia. En 1902, es enviado como ecónomo a la parroquia de Añover de Tajo (Toledo). En 1907 fue destinado a la parroquia de La Mata (Toledo). En 1914, pasa a la provincia de Guadalajara, al pueblo de Brihuega que pertenecía a la Archidiócesis de Toledo. Dos años después ejerce en la parroquia de Santiago de Guadalajara capital. Fue párroco de La Estrella y Fuentes, en la provincia de Toledo, en 1918 y de allí pasó al año siguiente a la provincia de Albacete, a la parroquia de San Blas de Villarrobledo. Finalmente, desde 1926, ejerce en la parroquia de los Santos Justo y Pastor en la ciudad de Toledo. Ésta contaba con 5.500 feligreses, y tenía como filiales los templos de San Lorenzo, de San Miguel y de San Andrés; además de las ermitas de la Virgen del Valle y de la Virgen de la Guía.

“El Castellano” del 11 de julio de 1928 recoge la crónica de las fiestas dedicadas a los Sagrados Corazones en San Pablo de los Montes (Toledo). Una vez más los tres clérigos que participaron en dicha fiesta morirán sacrificados en los días de la persecución: el Siervo de Dios Vicente Ruiz Tapiador, que ejerce de párroco en San Pablo (morirá siendo adscrito de Orgaz); el diácono, hijo de este pueblo, don Nemesio Meregil (que en el verano de 1936 ejercerá como párroco de Sevilleja de la Jara) y nuestro protagonista, el Siervo de Dios Buenaventura Alarcón “que con elocuentes palabras y fervorosas frases, explicó en lo que consiste el culto interno y externo al Corazón de Jesús y la importancia suprema de aquel como base de la devoción verdadera a tan amantísimo Corazón".

La familia ha conservado una entrañable carta que escribe a una sobrina, Dolores Alarcón, con motivo de su primera comunión. Curiosamente firma la misiva con su otro nombre de bautismo: Aurelio. Fechada el 18 de mayo de 1935, en ella dice: “…para recibir bien a Jesucristo, nuestro Divino Salvador, debes llevar dos vestidos muy bonitos, el de la Gracia de Dios que se adquiere haciendo una buena confesión; con este vestido se pone el alma muy guapa; y el vestido del cuerpo para cuya compra te mando por giro postal 150 pesetas.
Te ruego mucho, al recibir la Sagrada Hostia, pidas al buen Jesús que dé la gloria a los abuelitos difuntos, y muchos dones nos dé a tus padres, Antoñito (hermano de la niña), al abuelo y a mí. Después de la primera Comunión toma la piadosa costumbre de comulgar todos los domingos”.

Un año y dos meses después de las letras de esta carta estalla la Guerra Civil. El Siervo de Dios fue de los primeros en sufrir el martirio. En alguna ocasión ya hemos hablado de las notas manuscritas que la Postulación conserva y que fueron escritas por don Juan Francisco Rivera, casi inmediatamente a los sucesos de los que nos referimos. Escribe así:

“D. Buenaventura Alarcón Canales, párroco, de cincuenta y nueve años. Fue asesinado por un feligrés de la parroquia el 23 de julio en la Plaza del Colegio Infantes; se le dio muerte asestándole golpes con palos en la cabeza; afirman algunos testigos que antes de sufrir el martirio, gritó “¡Viva Cristo Rey!” y santiguándose se entregó a sus verdugos. Su cadáver fue arrastrado hasta el centro de la mencionada plaza, donde estuvo tres días. Está enterrado en el Cementerio del Sagrario”.

De modo que, a los pocos días de estallar la guerra don Buenaventura será asesinado. Era el 23 de julio. A las once de la mañana, una partida de milicianos, al frente de la cual se encontraba un individuo de la parroquia, se presenta en casa del Siervo de Dios. Éste se apresura a salir por la puerta trasera y entonces disparan contra él, hiriéndole. Casi arrastrándose, consigue refugiarse en el número 12 de la plaza del Colegio Infantes, donde vive su sacristán.

Ante la alarma de los vecinos y un seguro delatador, los milicianos acuden a los gritos. Por fin se hacen con él, lo agarran y, mientras lo maltratan con fuertes golpes, lo llevan hasta la Plaza. De labios de Don Buenaventura no cesan de desprenderse vivas a Cristo Rey. Tendido a la vista de todos -esta vez no fallan- le disparan un tiro directamente a la cabeza y queda muerto en el acto. Allí mismo yace su cadáver, envuelto en una sábana que cede una vecina caritativa.

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